Aprendizajes del Programa de Apoyo Psicosocial del Colectivo Buscadoras Guanajuato

Jorge Avila · 9 de mayo de 2026

Aprendizajes del Programa de Apoyo Psicosocial del Colectivo Buscadoras Guanajuato

Joyce Natalia Parra Rosas / Colectivo Buscadoras Guanajuato
X: @Buscadoras_Gto

La desaparición de un ser querido tiene un impacto devastador, es una herida abierta que trasciende lo emocional. En fechas como el 10 de mayo, mientras el país se vuelca en celebraciones, para miles de madres en México no hay nada que festejar. Ante la ausencia de sus hijos y la persistente inacción de las autoridades, el Día de las Madres se ha transformado en una jornada de protesta y exigencia de justicia. Para acompañarlas, necesitamos comprender de manera sistémica la complejidad de la “pérdida ambigua” —esa ausencia sin respuesta ni cierre— y reconocer cómo el acompañamiento psicosocial y el apoyo colectivo se han vuelto herramientas vitales para ayudarlas a navegar en un mar de incertidumbre institucional.

“Estoy muerta en vida” es la primera expresión que me dijo una familiar en su primera sesión de apoyo psicológico. Esta expresión cruda, pero frecuente en las familias de personas desaparecidas, da cuenta no sólo de su malestar emocional, sino de las consecuencias de la desaparición en otros ámbitos de su vida: en su salud física, en su mermada capacidad económica, en su desgaste ante la revictimización de las instituciones de justicia y en su insatisfecha necesidad de saber. Esta enunciación de su dolor muestra la complejidad de su sufrimiento y esboza una problemática de múltiples aristas que no puede ser analizada desde una sola disciplina, enfoque o paradigma.

La ambigüedad de la desaparición se despliega en cualquier intervención de salud mental o acompañamiento psicosocial, sea en un consultorio, en una búsqueda de campo, en una videollamada o en encuentros grupales y colectivos. En cualquier escenario, la ambigüedad desafía nuestra poca o mucha experiencia en el apoyo a víctimas de violencia y nos lleva a cuestionarnos si la ayuda que proporcionamos va en una dirección adecuada. De lidiar con la ambigüedad y trabajar en el terreno de lo incierto, lo confuso y lo ominoso, viene nuestro compromiso de afirmarnos en la acción sin daño, el principio al que todos quienes acompañamos debiéramos adherirnos para evitar dañar, aun cuando tengamos buenas intenciones de ayudar.

La falta de certeza sobre la suerte y paradero de un ser querido desaparecido acarrea consecuencias en la vida individual, familiar y social-comunitaria de las personas. Esto implica hacer mayores esfuerzos e involucrar a diversas disciplinas en su atención: pasa por el abordaje del trabajo social, la asesoría jurídica, la asistencia institucional, el apoyo psicológico, el acompañamiento psicosocial, la atención en salud y educación, la orientación de la antropología forense, por mencionar algunas. Las y los profesionales involucrados en la cadena de atención a menudo enfrentamos la sensación de quedarnos cortos en el apoyo que brindamos; sin embargo, la interlocución, el trabajo en equipo y el análisis multidisciplinario son herramientas que nos ayudan a navegar junto con las familias en el mar de su incertidumbre.

Desde el ámbito de la salud mental, hay varias preguntas fundamentales que plantearnos al acompañar o acercarnos a las familias de personas desaparecidas, sean madres, hermanas, hijos, padres o incluso la familia psicológica, como amistades entrañables: ¿todas las familias viven un trauma?, ¿están viviendo un duelo?, ¿en qué consiste acompañarlas?, ¿el apoyo que les brindamos les causará algún daño no intencional? Para responder a estas preguntas, requerimos partir de una mirada sistémica, más que individual, de las consecuencias de la desaparición, es decir, comprender que:

Los seres queridos de una persona desaparecida viven una permanente incertidumbre angustiosa. Esta vivencia desgasta su aparato psíquico y es una manifestación de la dificultad para procesar psicológicamente una ausencia que no tiene explicación —o, en todo caso, la explicación es el horror de la violencia extrema— ni certeza. Este sufrimiento es en relación con la ruptura abrupta de un vínculo con la persona desaparecida, dejando a la persona inerme ante este hueco de sentido. La incertidumbre explica por qué las familias necesitan evocar constantemente a su ser querido y su alternancia entre la esperanza y la desesperación. No se trata de una debilidad personal, sino de una vivencia normal ante la anormalidad de la desaparición.

Todo el núcleo familiar vive el impacto de la ausencia y se convierte en un sufrimiento compartido, pero con dificultades para nombrarlo o darle un lugar dentro de la estructura familiar. De este modo, las madres, pero también otros miembros, presentan dificultades para comunicarse, viven conflictos diferenciados (como las parejas, esposos o esposas), cambian de roles o responsabilidades, sufren en silencio (especialmente los hermanos o hermanas) y se abre una enorme brecha en la historia de la familia. A nivel individual, pero también familiar, las personas experimentan vivencias de vacío, desamparo y desvalimiento, especialmente cuando no cuentan con un soporte social e institucional.

Los individuos y las familias sufren en el marco de lo social y, por ello, la violencia por desaparición es un problema de orden relacional, del vínculo con los otros. Las familias están permanentemente en la búsqueda de un reconocimiento colectivo y comunitario de su situación porque, a menudo, son estigmatizadas, se aíslan y no cuentan con rituales específicos para la desaparición como los hay para la muerte constatada de una persona. Especialmente en México, la lucha contra el olvido de las personas tiene una dimensión colectiva y política. Esto se hace dolorosamente evidente cada 10 de mayo, una fecha que para las familias de personas desaparecidas ha perdido su carácter festivo. Para ellas, el regalo no es un objeto, sino la verdad sobre la suerte y paradero de sus hijos. La festividad se convierte en un recordatorio de la parálisis institucional, transformando un día de alegría familiar en un grito de “¿Dónde están?” que resuena en las plazas públicas de todo el país.

Los niños, niñas, adolescentes y personas cuidadoras están invisibilizados familiar y socialmente, quedando relegados en sus necesidades específicas y heredando, en algunos casos, la carga de la búsqueda a través de generaciones. A la ausencia de sus seres queridos se suma la ausencia de acompañamiento, asistencia y apoyo integral en prácticamente todos los ámbitos, especialmente en la escuela, el trabajo y el hogar.

En la experiencia del Programa de Acompañamiento Psicosocial del Colectivo Buscadoras Guanajuato —activo desde 2023—, las familias se acercan con la expectativa de encontrar alivio a la vivencia de la pérdida ambigua, que, de acuerdo con Pauline Boss, terapeuta sistémica, es la pérdida que no tiene verificación ni posibilidad de cierre. Al recibirlas, las psicólogas y acompañantes estamos conscientes de que todo espacio terapéutico y/o de acompañamiento es sumamente necesario, especialmente cuando han estado lidiando con su dolor en aislamiento. En el acompañamiento que les brindamos no sólo construyen una narrativa sobre su vivencia singular, sino que también fortalecen los recursos con los que han sobrellevado la falta de respuestas y de justicia. De este modo, se hace necesario para los profesionales de salud mental desarrollar una capacidad de escucha que contenga ante las vivencias de desamparo y desvalimiento de las familias, pero que también reconozca en ellas su fortaleza, resiliencia, recursos de afrontamiento y capacidad de decisión. En estos años de experiencia, el Programa ha desarrollado aprendizajes importantes para el acompañamiento de las familias:

  • Antes de cualquier apoyo o intervención, es fundamental acercarnos a escuchar las necesidades reales y sentidas de las familias, desde su propia voz.
  • Ayudar a la recuperación de sus proyectos de vida implica reconocer la potencia de los grupos y colectivos, es decir, de la comunidad. Esto significa que, cuando una madre, hermano o hijo se acoge a la colectividad, su salud mental mejora no porque el dolor desaparezca, sino porque su sufrimiento adquiere un sentido social en el compartir con los otros.
  • Ante la incertidumbre, los acompañantes también pueden acuerparse de manera colectiva. Esto es a través de la constante formación, la supervisión del trabajo y la atención terapéutica personal o grupal.
  • El apoyo psicológico no es la única forma de aliviar el dolor de las familias. Su participación en espacios de diálogo e interacción entre ellas mismas y con la sociedad puede resultar un bálsamo, pero, sobre todo, su salud mental se sostiene en encontrar verdad y justicia.

El recorrido de este Programa y sus aprendizajes se han construido desde el acompañamiento, impulso y apoyo de diversos organismos que han contribuido de diversas formas con las iniciativas de apoyo psicosocial emprendidas desde el sentir de las familias que conforman a Buscadoras Guanajuato y otros colectivos y familias no colectivizadas del estado. El Fondo Semillas, la organización Cultivo, el Comité Internacional de la Cruz Roja, el Grupo de Investigaciones en Antropología Social y Forense y la Universidad Iberoamericana León, por mencionar algunos, se han sensibilizado y solidarizado genuinamente con la causa de estas familias y han aportado diversos saberes en espacios colectivos, familiares e individuales que potencian el alivio y reconstruyen, en buena medida, la ruptura del tejido social. De este modo, el Programa está permanentemente construyendo herramientas para la recuperación del proyecto de vida de las familias —en actividades comunitarias, foros, cine-debates, talleres, emprendimientos y otras— acercándose así a una estrategia de reparación del daño.

Este apoyo y caminar recorrido en conjunto para trabajar en la salud mental de las familias demuestra que cualquier esfuerzo parte del colectivo, más que de voluntades individuales. En este sentido, hacemos un llamado a las instituciones del Estado a acercarse, conocer y aprender de nuestra experiencia y perspectiva de la atención de familiares de personas desaparecidas y víctimas de la violencia armada, a fin de cumplir con su obligación permanente de orientarse, capacitarse y fortalecerse para realizar acciones genuinamente reparadoras y encaminarse a la reconstrucción de la confianza en su quehacer.

Finalmente, invitamos a las y los profesionales de instituciones e independientes a reflexionar que la salud mental de quienes buscan a las personas desaparecidas no es solamente un asunto de consultorio a puerta cerrada: es el termómetro de nuestra empatía como sociedad. Es, también, comprender por qué este 10 de mayo les resulta reparador y necesario para su salud integral participar en marchas y expresiones colectivas en las que desplieguen abiertamente su lucha por la verdad. Escucharlas sin juzgar y reconocer su lucha es el primer paso para devolverles un poco del sentido que la violencia les ha arrebatado.

1 Joyce Parra es psicóloga con experiencia en la atención de víctimas de la violencia armada en México. Actualmente coordina el Programa de Acompañamiento Psicosocial del Colectivo Buscadoras Guanajuato y, junto con el equipo, fortalece a profesionales de distintas disciplinas en la atención a familiares de personas desaparecidas.

2 https://www.revistamentalizacion.info/ultimonumero/abril2016/benyakar_lezica.pdf

3 https://www.ambiguousloss.com/