Buena praxis y evidencia: ¿en qué creer?

blogeditor · 2 de junio de 2021

Buena praxis y evidencia: ¿en qué creer?

La Epistemología suele intervenir en las discusiones científicas en tanto que es capaz de juzgar la validez del conocimiento que ofrece una teoría. También es posible, aunque menos común, hallarla en campos aparentemente más distantes, como la Ética. Desde esta perspectiva es posible analizar cómo lo que tomamos por cierto determina nuestra forma de actuar.

La Epistemología establece una diferencia entre creer y saber. En la concepción clásica, llamada Concepción Tripartita del Conocimiento, que adoptamos del “Teetetes”(1) de Platón, conocer (saber) implica poder justificar toda proposición afirmada. Aunque dicha concepción presenta ciertos problemas, es válida para muchos de los fines que la Ciencia persigue.

En la Medicina hay un particular interés por esta concepción clásica: imagine que está convencido de que tiene diabetes, pues leyó en Internet que los pacientes presentan, como usted, sed, hambre y orina frecuente. Pero aunque usted toma como verdadera su creencia, está aún al nivel de la opinión. Para saber si tiene de verdad diabetes, su médico tendrá que probarlo con un estudio de laboratorio. Actualmente existen diversos criterios para establecer el diagnóstico y es probable que se tenga que hacer más de una prueba para corroborarlo.

Por otra parte, ¿los análisis de laboratorio ofrecen certeza absoluta sobre el diagnóstico? Lamentablemente no. La mayoría de ellos son sólo probabilísticos. De hecho, una de las grandes dificultades que atraviesan los expertos en todas las ramas médicas es la de superar la aparente arbitrariedad con la que se han establecido los criterios diagnósticos de las enfermedades. Entonces ¿por qué creerles? Una de las grandes virtudes de la Ciencia es que se encuentra en mejoramiento continuo. Por ejemplo, los criterios diagnósticos de las enfermedades se van modificando y cambiando por otros que ofrecen un mayor nivel de evidencia, es decir, que aportan una mayor probabilidad de certeza, por estar sometidos a elementos de prueba más refinados.

Esta pandemia también ha aportado mucho sobre la importancia de validar lo que uno toma por cierto: muchas personas dudan acerca de la conveniencia de aplicarse la vacuna contra la COVID-19 porque en las redes han circulado posiciones muy diversas acerca del tema, provocando una ola de desconfianza en la población. En tal disyuntiva ¿en cuál creer? No existe una respuesta única, pues cada quien es libre de pensar en lo que crea verídico. Sin embargo, existen algunas consideraciones que se deben tomar en cuenta. Le propongo dos:

a) Una proposición, cualquiera que sea, será más confiable en la medida en que pueda ser justificada: es decir, comprobada. En cuanto a las vacunas, todas son sometidas a cuatro fases de investigación, en las que se verifican (prueban) tanto su efectividad como su nivel de seguridad, además de descartarse errores en el diseño de investigación. Por su parte, la mayoría de los argumentos pseudocientíficos son más bien obscuros, arbitrarios, y poseen un bajísimo nivel de evidencia.

b) A menudo los seres humanos actuamos movidos por una idea en la que confiamos y que asumimos como verdadera. Y esto tiene una gran relevancia ética, pues cada acto humano implica responsabilidad. Entonces, dar por cierta una afirmación implica asumir la responsabilidad del acto que emane de dicha creencia.

Pero ¿qué pasa cuando una supuesta verdad circula en una sociedad poco acostumbrada a probar aquello en lo que cree? Los resultados pueden ser desastrosos: muchos médicos (y farmacias de medicamentos genéricos), han prescrito medicamentos como Azitromicina o Hidroxicloroquina por la sola mención de su posible eficacia contra el SARS-CoV-2, pero sin evidencia científica: a esto se le llama “Falacia del Argumento Condicionado” (dar por cierto lo que sólo podría ser cierto); el sarampión ha reaparecido de forma importante en el mundo, y una parte de los brotes pudo haberse evitado si los padres fieles al “antivacunacionismo” hubieran vacunado a sus hijos; la propagación descontrolada del SARS-CoV-2 ha sido producto, en buena medida, de creencias incorrectas acerca de la enfermedad, lo que ha incrementado el número de casos y de defunciones.

Finalmente, recuerde usted los lamentables sucesos del 1 de mayo del año pasado, cuando familiares de pacientes hospitalizados con diagnóstico de COVID-19 en el Hospital General “Las Américas” en Ecatepec irrumpieron violentamente en las instalaciones tras horas de espera sin recibir información. Sin embargo, la falta de informes por parte del personal médico no fue el principal motivo de la agresión: se propagó una “noticia”, a la que se adhirieron con facilidad miles de personas, acerca de una “inyección letal” aplicada a los pacientes con cuadro de resfriado para fortalecer la idea de la existencia de la COVID-19 (que, según los defensores de esta teoría, es una invención de los gobiernos). ¿Quién será responsable de los efectos de propagar estas ideas como verdaderas?

Cada idea, cada sistema de creencias, cada enunciado, permeará en el sujeto en la medida en que éste los asuma como verdaderos. Por desgracia, en nuestra sociedad (global, hay que decirlo), el nivel de evidencia exigido a casi cualquier argumento es muy bajo. Es cierto que en la cotidianeidad basta con precisar que “sé” dónde se localiza cierto comercio, o que “sé” a qué hora transmiten mi programa favorito. La vida sería demasiado complicada de lo contrario. Pero hay circunstancias que exigen incrementar el grado de certeza de lo que se afirma. Piénsese, otra vez, en disciplinas como el Derecho o la Medicina. En realidad con cualquier otra ocurre lo mismo. Ciertas ideas no justificadas de forma rigurosa entrañan la posibilidad de poner en riesgo la salud, la integridad o la libertad del sujeto.

Por ello, la buena praxis exige conducirse según la evidencia, misma que inexorablemente nos constriñe a guiarnos por la bibliografía científica aprobada. Por supuesto que ello no nos exime de incurrir en sesgos, pero si la “verdad” es una aproximación estadística, la buena praxis, por lo menos, nos aporta elementos para incrementar la probabilidad de éxito, ya sea en el tratamiento de una enfermedad, ya sea construyendo un puente.

* César Suárez Álvarez es médico cirujano y egresado de la Licenciatura en Filosofía, ambas cursadas en la UNAM, institución en la que se desempeña como Profesor de Asignatura “B” Definitivo. Cuenta con una Maestría en Docencia y Educación por la Universidad Tecnológica Latinoamericana en Línea.

 

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Referencias

Platón (2007). “Teeteto”. En Diálogos VIII. Barcelona: Gredos.