alejandrohopeeditor · 26 de octubre de 2012
Llego tarde al tema, pero bien vale la pena entrarle. Hace algunos días, William Brownfield, secretario de Estado Adjunto para Asuntos Internacionales de Narcotráfico de Estados Unidos, en una entrevista con el periódico colombiano El Tiempo, afirmó lo siguiente:
” Hace cuatro años comenzamos un esfuerzo multinacional en México, dominado por el gobierno mexicano, y ¿qué vemos hoy? En mi opinión, estamos viendo el comienzo del fin con la decapitación de los carteles [mexicanos] y la reducción de su capacidad de operación. Es lo que vimos en Colombia en los 80 y comienzos de los 90, cuando los carteles sintieron la presión de las autoridades y su respuesta fue la violencia. Lo que sabemos hoy -no lo sabíamos entonces- es que esa era la señal de una organización al borde del colapso. Mi teoría es que eso es lo que vemos en México hoy.”
Estas declaraciones han sido tratadas, salvo excepciones, con una combinación de sorna e incredulidad en México. En algo se merecen ese tratamiento (yo creía ya rebasada la idea de que la violencia es buena noticia, pero en fin…). Sin embargo, la teoría de que podríamos estar ante los estertores de los viejos cárteles no me parece absurda. Hace seis años, existían en el país cinco grandes organizaciones del narcotráfico: Sinaloa, Golfo/Zetas, Juárez, Tijuana y la Familia Michoacana (y si quieren, añadan al cartel del Milenio) ¿Qué ha pasado con esas bandas?
Consideren además lo que ha pasado en el mercado de las drogas en estos años y lo que podría venir en la siguiente década:
Entonces no, no es exagerado suponer que estamos ante “el comienzo del fin de los carteles”. A mi juicio, es una muy buena noticia: a pesar de todo, es preferible combatir a un sucesor de Daniel Arizmendi que a un émulo de Heriberto Lazcano. Con bandas más pequeñas, menos organizadas, menos ricas, se quita la excusa para la inacción de muchas autoridades municipales y estatales. Más aún, se vuelve indispensable regresar el foco de la seguridad al terreno de lo local (de donde nunca debió de haber salido).
Pero debe quedar claro que fin de los cárteles no es sinómino de fin de la violencia o eliminación de la delincuencia organizada. Bandas criminales con carácter más o menos permanente van a existir por un buen rato. Tal vez ya no tendrán la escala para amenazar la estabilidad, integridad y permanencia del Estado mexicano, pero sí el tamaño y la disposición para atentar contra la vida, libertad y patrimonio de una buena parte de la población (vean lo que ha venido sucediendo en Acapulco a últimas fechas, como ejemplo).
¿Qué tan grave será esa amenaza? Pues depende ¿De qué? De la capacidad de las autoridades (sobre todo las locales) para fijar límites a los delincuentes, actuales o potenciales. Al fin y al cabo, el narcotráfico es un síntoma, no la enfermedad. El mal que nos aqueja es la debilidad del Estado y la ausencia de ley (un amigo colombiano me dijo alguna vez que el problema de su país era que tenía “más territorio que Estado”: bien se aplica esa fórmula para México) . Si corregimos eso, todo lo demás viene por añadidura. Si no lo corregimos, nos espera una muy, pero muy mala temporada.