Una breve reflexión bioética sobre el desarrollo de la Biotecnología

Redacción Animal Político · 17 de mayo de 2023

Una breve reflexión bioética sobre el desarrollo de la Biotecnología

La tecnología, indudablemente, forma parte de nuestro día a día y está cada vez más presente; nos rodea en todo momento y ha determinado cambios drásticos en la forma de vivir. Su influencia ha derivado en la creación de carreras como Ingeniería en Biotecnología, cuya existencia se suele sustentar en el argumento de que genera beneficios para toda la humanidad, aunque no siempre se contemplen los impactos que tiene, por ejemplo, en otros individuos, principalmente en quienes no son humanos.

La Biotecnología está basada en la aplicación de la tecnología en procesos que utilizan sistemas biológicos y organismos vivos para la innovación en una amplia gama de industrias, como la farmacéutica, la ambiental, la alimentaria, la energética, etcétera. Así, uno de sus objetivos es la creación de organismos genéticamente modificados (OGM) que, además, están patentados. Esto quiere decir que una persona o un grupo de personas crean una especie que no existiría de manera natural, lo que, por lo tanto, les otorga su propiedad intelectual.

La noción de propiedad intelectual sirve para proteger las creaciones de la mente mediante leyes que garantizan y legitiman que alguien sea dueño de su creación. Generalmente aplica para objetos y no para organismos vivos; sin embargo, en 1940 en Estados Unidos se patentó una rosa híbrida, y a partir de ese momento se abrió el camino para patentar todo tipo de seres vivientes.

Hay fuertes implicaciones bioéticas en patentar un organismo vivo. Si el objetivo es modificar genéticamente a los seres vivos, aunque sean no sintientes (como las plantas), eso es en sí mismo problemático, porque incluye extraer y alterar información genética. Sin embargo, el problema se maximiza cuando se trata de patentar la vida de seres sintientes, que se vuelven “objetos” de experimentación. Los animales con los que se experimenta en los laboratorios científicos tienen la capacidad de sentir dolor, sufrimiento, frustración, e incluso, en algunos casos, desesperanza, por estar encerrados. Todo esto convierte su situación en un asunto éticamente cuestionable; pero lo peor es que, si la experimentación para obtener su genoma es exitosa, se terminará por crear una nueva especie de individuos con capacidad de sentir que nunca podrán ser libres, ya que tendrán un creador y estarán patentados.

Un ejemplo de lo anterior es el oncomouse: un animal transgénico creado por la Facultad de Medicina de Harvard en la década de los ochenta con la finalidad de que fuera propenso a contraer cáncer, para lo cual se le introdujo un “oncogen” que puede provocar el crecimiento de tumores. Así, se obtuvo una generación de ratones condenados a desarrollar tumores cancerígenos y padecer durante gran parte de sus vidas. Sin embargo, no hubo consideraciones éticas hacia el sufrimiento de estos individuos porque eran un producto, cuyo fin era servir como un insumo viviente para las investigaciones sobre el cáncer y, así, beneficiar a la humanidad.

Este ejemplo concreto sirve para entender por qué urge incluir la reflexión bioética en los avances biotecnológicos. Éstos suelen ser vistos con buenos ojos porque responden a intereses antropocéntricos, pero algunos de ellos perjudican a ciertas especies animales. Al parecer, lejos estamos de que se cuestione la falsa supremacía humana en el ámbito de las biociencias y biotecnologías.

Todas estas modificaciones y experimentaciones genéticas responden a un telos que cosifica al animal no humano, lo mercantiliza y lo priva de su individualidad y animalidad. De hecho, su uso obedece a la satisfacción y optimización de las necesidades humanas. Así, aunque en México las pruebas de irritación ocular o dérmica están prohibidas desde 2021, en otros países hay catálogos de animales creados para experimentar al respecto, quienes además han sido modificados para ser usados de forma más óptima, como conejillos de indias sin pelo para facilitar tratamientos dermatológicos. Desde una perspectiva zoocéntrica, es decir, una que sostiene que todos los animales sintientes son dignos de consideración moral, es improcedente que se creen nuevos animales destinados sólo a servirle al ser humano, sin que se contemple en ningún momento su bienestar, y cuyo valor se base únicamente en su funcionalidad.

Por todo lo anterior, urge que los biotecnólogos se sensibilicen sobre las implicaciones éticas de sus acciones y el posible sufrimiento que generarán sobre los animales no humanos al experimentar con ellos. Entonces, surgen reflexiones como la siguiente: ¿Qué tan ético es poseer un derecho legal sobre la vida de un ser con capacidad de sentir, aunque no haya existido por procesos naturales? Si de por sí ha sido difícil integrar a los animales no humanos a la consideración moral contemporánea y velar por sus intereses primarios, el avance de la biotecnología generará un sufrimiento mayor a sus creaciones, que quedarán más desprotegidas debido a su finalidad asignada.

De hecho, estos organismos genéticamente modificados nunca van a poder ser liberados por dos motivos: la preocupación por los efectos de su liberación en la naturaleza, y el que la ley dicte que no son dueños de sus vidas, pues deben su existencia a la creación humana. No se contempla ni ética ni legalmente su sufrimiento, porque su uso se justifica por los beneficios hacia nuestra especie.

* Luana Wolf Carbajal es estudiante del sexto semestre de la Licenciatura en Geografía por la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL). Se especializa en Biogeografía y Geografía Ambiental. Sus temas de interés son el medioambiente, la Bioética y la Geografía. Gino Jafet Quintero Venegas (@jafquven) es doctor en Geografía por la UNAM, con posdoctorado en Bioética. Actualmente es Investigador Asociado “C” del Instituto de Investigaciones Sociales en el área de “espacio social” y profesor de Geografía y Ética y Elementos para la Gestión del Patrimonio Biocultural en la FFyL.

 

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