Jorge Avila · 8 de abril de 2026
Una idea que se repite constantemente cuando hablamos de movilidad social es que la educación es la gran igualadora. Sin embargo, al mirar hacia las carreras de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas (STEM), nos topamos con una realidad ineludible: la receta académica no tiene los mismos efectos para hombres y mujeres. En México, apenas tres de cada diez profesionistas en estas áreas de alta demanda y mejor remuneración son mujeres. Esta baja representación no es un reflejo de falta de capacidad, sino el síntoma de un problema sistémico y cultural mucho más profundo.
¿Por qué existen y se perpetúan estas brechas? El problema no comienza en el momento de la elección universitaria, sino desde la infancia. Los datos demuestran que en la primaria, las niñas obtienen puntajes ligeramente mejores en matemáticas que los niños; pero esta tendencia se revierte en la secundaria y se agudiza en el bachillerato. Esto ocurre por estereotipos tempranos y normas sociales que asocian falsamente las ciencias y el pensamiento sistémico con los hombres, minando la confianza de las jóvenes en sus propias capacidades y descartando actividades vinculadas a esas capacidades.
A esto se suma la ausencia de una orientación vocacional con perspectiva de género desde edades tempranas. Informes de la UNAM y la UNICEF indican que más del 70% de las y los estudiantes de Educación Media Superior y Superior no recibieron orientación vocacional. Esta deficiencia es crucial, pues una orientación temprana podría impulsar los talentos en STEM y combatir los estereotipos. Así, sin un acompañamiento adecuado, que cuestione los estereotipos y roles tradicionales, ni modelos a seguir —como el de Matilde Montoya, primera mujer médica en México, la astronauta Katya Echazarreta, la matemática Olga Medrano, la astrónoma Silvia Torres Castilleja, la biomédica Esperanza Martínez Romero, por hacer unas pocas menciones— las niñas a partir de los 12 años se desmotivan al no tener conocimiento de mujeres exitosas en estas disciplinas.
Además, nos enfrentamos a una grave falta de capacitación docente: educadores y educadoras que carecen de formación en perspectiva de género llegan a desincentivar a las alumnas, perpetuando el estigma de que “las ingenierías no son para mujeres”, o cuestionamientos como “¿por qué quieres ser neuróloga, no piensas casarte y tener hijos y una familia?”
Pero las barreras educativas son solo una parte de la ecuación, a esto hay que sumar el techo de cristal impuesto por la estructura socioeconómica. La desproporcionada carga de trabajo doméstico y de cuidados que recae sobre las mujeres limita drásticamente su tiempo y desarrollo en carreras de alta exigencia. Cuando el Estado no provee suficiente infraestructura de cuidados, las mujeres asumen el costo con trabajo no remunerado, alejándose de oportunidades laborales competitivas. E incluso cuando logran insertarse en el campo STEM, el mercado las castiga: por cada 100 pesos que gana un hombre en estas áreas, una mujer percibe solo 82, y en términos generales, los hogares con jefatura femenina tienen ingresos 24% menores. Finalmente, el factor económico es implacable, siendo la falta de recursos la principal causa de abandono escolar en las jóvenes. Haciendo una salvedad, hay un dato rescatable: las profesionistas en áreas STEM perciben un ingreso 24% mayor en comparación con las profesionistas de otras áreas.
¿Cómo superar estas brechas?
Equilibrar la balanza requerirá mucho más que buenas intenciones o acciones afirmativas aisladas. Para lograr un cambio real, propongo las siguientes recomendaciones basadas en la evidencia:
Incluir a las mujeres en las STEM no es solo una cuestión de justicia social; es transformar el paradigma mismo de la ciencia y asegurar el desarrollo económico del país. Es momento de acelerar el cambio y dejar de pensar que existen carreras que “no son para niñas”.
BIO DE LA AUTORA: Mónica Corona es directora de Inclusión y Desarrollo Sostenible en Ethos Innovación en Políticas Públicas (@EthosInnovacion).