Joel Aguirre · 6 de octubre de 2026
Las elecciones presidenciales de Brasil se convirtieron en la última de las izquierdas y los proyectos progresistas en América Latina. Luis Inácio Lula da Silva quedó en segundo lugar, y habrá una segunda vuelta entre Flávio Bolsonaro (hijo del expresidente Jair Bolsonaro, preso por intentar un golpe de Estado) y él. El escenario no es prometedor y las probabilidades de que gane en segunda vuelta son marginales. Sin importar ese resultado, el bolsonarismo se hizo del Poder Legislativo en Brasil, así como de gobiernos regionales en todo el país, por lo que incluso una victoria no garantiza un escenario a favor de Lula.
Difícilmente podemos argumentar que la jornada electoral fuera tersa o imparcial. En el marco internacional, Estados Unidos presionó al sistema político brasileño al suspender los servicios consulares, bajo una supuesta amenaza a su seguridad, acción que replicó el gobierno australiano. Al mismo tiempo, Meta restringió la cuenta de Lula en sus plataformas (Facebook e Instagram) para acceder a la publicidad, un episodio más de la relación de los grandes corporativos de redes sociales con el gobierno brasileño. En el marco interno, la prohibición de las apuestas en Brasil promulgada por Lula enfrentó una férrea oposición de los equipos de futbol, principales beneficiarios de ese negocio.
Flávio Bolsonario fue claro en su campaña: su parecido físico no es la única cosa que lo convierte en una extensión de su padre, lleva el mismo programa político que él. En materia internacional propone una mayor cercanía con Estados Unidos, Israel y la Argentina de Milei. No solo es una oposición diametral a la política enarbolada por Lula y el Partido de los Trabajadores, es la adopción plena de los programas políticos que han implementado gobiernos de las derechas reaccionarias en la región. Bolsonaro se uniría así a la cohorte de presidentas y presidentes sudamericanos, beneficiados por la nueva “Doctrina Donroe”.
Tampoco podemos obviar la transparencia estadounidense sobre su injerencia, cuando no intervención abierta en la política interior de nuestra región. Como apunté a principios de año, la operación ilegal para secuestrar a Nicolás Maduro solo era el inicio de una nueva política exterior agresiva por parte del trumpismo, que necesita cerrar el continente a la influencia china y asegurarse no solo de una esfera de influencia homologada, sino de la disposición de sus recursos. Desde entonces, las señales han sido claras: Argentina, Venezuela, Cuba, Colombia, Perú, Ecuador y Bolivia han sido escenarios de acciones directas encabezadas por Marco Rubio.
También es importante discutir la quinta columna del intervencionismo estadounidense: la proliferación del evangelismo en América Latina. Aunque ha sido un programa de largo aliento que inició en los años 70, sus resultados más tangibles ocurrieron los últimos años. Su teología política —que fomenta el individualismo extremo, una visión catastrofista del juicio final y el momento de la redención— es acompañada por la profesión de fe al American way of life como modelo de éxito. Pero es importante no caer en falsos determinismos, ni respaldar una lectura equivocada de la tesis weberiana: el evangelismo no es la causa del auge de los gobiernos reaccionarios en América Latina.
Junto a estos elementos coyunturales, también es importante voltear la mirada hacia las izquierdas latinoamericanas, a la luz del caso brasileño. La derrota electoral del pasado domingo es un recordatorio y una recurrencia de la experiencia histórica de las izquierdas progresistas. El primer punto es el más obvio, como señaló Camilo Ruiz Tassinari: postular de nuevo a Lula, más allá de su liderazgo y popularidad, refleja la ausencia de renovaciones y liderazgos más jóvenes en el seno de las izquierdas. La marea rosa de principios del siglo XXI no supo construir liderazgos y sucesiones generacionales que sirvieran de abrevadero para mantenerse en el poder.
Esto responde a dos problemas concretos: que la principal preocupación de los gobiernos progresistas fue consolidarse en el poder, antes que redistribuirlo entre el pueblo que presumen representar. No solo se trata de hacerse de posiciones en la política local, sino de construir canales de largo plazo para que la militancia y el apoyo se traduzcan en posiciones de liderazgo al interior de sus partidos y sus gobiernos. Sin esos canales, no es posible identificar nuevos perfiles que sirvan para dar representación, en primer lugar, a los sectores sociales agrupados bajo sus partidos y, en segundo lugar, que puedan asumir liderazgos nacionales apoyados en esas bases.
La segunda barrera es la desatención a los problemas sociales nuevos y recurrentes. A pesar de que el discurso evangélico, o la presión mediática estadounidense mediante sus recursos culturales o diplomáticos, lo cierto es que las necesidades materiales preceden a las luchas discursivas o simbólicas. Así como es necesario redistribuir el poder para que su consolidación no sea solo una ficción, también es importante redistribuir la riqueza para que el combate a la desigualdad sea más efectivo. Y si en Brasil, un país cuya política social es reconocida a nivel mundial, no es suficiente, significa que son necesarios otros cambios.
Ambos problemas tienen más peso para explicar los fracasos de las izquierdas que la injerencia extranjera mediante la religión o la política exterior. Son factores por considerar, pero no las únicas causas. Si no responsabilizamos a las izquierdas de la región de sus propias deficiencias en la redistribución de los recursos y del poder político entre el pueblo, no será posible frenar el intervencionismo estadounidense y la destrucción de la cohesión social que sostiene su proyecto imperialista en la región. Antes que buscar chivos expiatorios, toca a la izquierda resolver estas preguntas permanentes para darle al pueblo una salida progresista.♦