Ernesto Ramos · 19 de abril de 2012
Ojala y las campañas políticas se parecieran más al box. Al menos en lo que refiere a demostración de capacidades, bajo la trasparencia de las lámparas.
Esa combinación, que termina en el hígado, hace gritar a Managua entera, un intento más por evitar la distancia.
– Se lo está acabando vergazo tras vergazo –dicen desde una butaca.
– El box es de acabar – responde otra.
– Ojalá debatieran en serio, poniéndose una putiza de una vez por todas -piensa un hambriento de democracia, cansado de las ficciones.
Ese verbo “acabar” presupone uso reiterado; y la expresión “vergazo tras vergazo”, remite a falo-látigo que lastima y sin remedio desgasta, talla y carcome. El box es ablandar al ritmo de los rounds. Es capacidad, arrojo, valor, fuerza, técnica, a la vista de todos, con la contundencia que dan los hechos e independiente de promesas de campaña. Asombran los que lanzan proyectiles hasta desfondar el cuerpo, y tal vez por ello la popularidad del Peje, un fajador de los buenos. El pueblo hace ídolos a los estoicos, aunque los promotores se satisfagan con alguien a quien manipular. Asombra esa estirpe de boxeadores costal inacabable, que insisten sin amedrentarse ante los golpes de la vida, presas de una esperanza, que por propia, siempre existe. También son buenos los que se les escurre el cebo.
Sigfredo Rodríguez, boxeador lagunero, vio sus mejores tiempos en los setentas, cuando fue a la Arena Kennedy en Managua a medirse contra el mismísimo Alexis Argüello, uno de los noqueadores más brutales de la historia. Es que en el box hay dos cosas: punch y quijada. Con punch, un coscorrón apenas pone al otro groggy, a besar la lona; con quijada de cristal, es hora de olvidar los cetros. Necesitas punch y quijada. Si no tienes eso, el público de volada se da cuenta, si pusieron un bultito, si compraron a los jueces, o si todo es tomadura de pelo, la gente se da cuenta. Seguido se ven robos en Las Vegas, y cabizbajos lamentamos la corrupción de un deporte tan noble, poderoso caballero, esos promotores mueven mar y tierra.
Aunque lo importante, como decía, es la quijada de burro y saber usar la izquierda –decían los antiguos. “Saber usar la izquierda” –decían en el gallinero de Pancho Rosales, de donde salió el Púas Olivares. Eso decían entonces, cuando el cinismo no era tal, como ahora, con esta burla de elecciones. Entonces era peor, es cierto, porque ni siquiera había pelea. Pero no había el cinismo siempre de pelear entre un grupo arreglado. Al menos no tan abiertamente, el box era más de verdad. Eran otros tiempos.
Entonces se presumía el nítido estilo mexicano de boxear con la izquierda, fino, con una parsimonia de opercut filoso, y la mano derecha na’más para cobrar. Puro jab, ganchitos a la colita del hígado, así se le acalambran las patas y lo amuelas. Y después, los boxeadores, aún sudados, recibían en la trastienda sus billetes con la derecha extendida, entre los lockers entreabiertos, los Cleto Reyes ya arrumbados, descargaba el promotor uno a uno los pesos, su traje blanco inmaculado, contrastaba con sus colmillos, de los que salía una gota de sangre con condición dracukuliana, premonición sin remedio de lo que ahora estamos viendo, de que Las Vegas está comprado, y de las campañas, la competición política, toda esta burla de un grupúsculo ganón.
Cuenta Sigfredo Rodríguez, boxeador lagunero, que el primer jab que recibió de Alexis Argüello fue como un ladrillazo en la frente. Lo amorcilló junto al rugido del respetable, ya desde el primer round. De allí en adelante fue suplicio a merced del cuero, en la esquina recargado a las cuerdas, viendo las lámparas, esperando el conteo; y todo eso entre el público hostil de Managua, ciudad que no conozco, pero que en mi imaginario desvela como lugar de hombres de mirada brava acompañados de machete detrás de la zafra humeante.
-Se lo está acabando vergazo tras vergazo -repitió el colega de atrás.
Y allí estaba Argüello, repartiendo ladrillazos, y allí su bigote, que era una pieza rectangular y negra de museo. A su lado, el bigote de Freddy Mercury era juego de niños. El de Argüello era un bigote de características centroamericanas, digamos. Un bigote de verdad, como preámbulo de que jab en la frente será ladrillazo, y de allí tratarte como trapo hasta el nueve, que bien pudieron ser quince. Es que antes eran quince, tres rounds más que ahora. Dicen los viejos, que esos últimos tres episodios eran un salto al vacío, en el que veías el estómago y te partías la madre. Tres rounds de verdaderos héroes, para sacar el estómago y nacer los héroes.
Sigfredo Rodríguez, boxeador lagunero, le aguantó a Argüello hasta el nueve, y según platica, arrumbado en la esquina, con sangre en el pecho, con el pómulo roto, sin algunos dientes, lo último que escuchó fue de una sombra a su lado, un sugerente y femenino: “es usted muy valiente”.
Borroso, solitario, entre el barullo del triunfador que ya celebra, a Sigfredo se le apagaron las luces. Pasó algunas semanas en un hospital de Managua, sin recuerdos, y regresó a México con gafas, riñón adolorido y ojo fundido.
Sigfredo cuenta que, antes que se le apagaran las luces, escuchó, a su lado, una voz sugerente y femenina: “es usted muy valiente”. Pero eso fue antes. Entonces los valientes recibían su recompensa. Ahora nada más los tramposos.