Redacción Animal Político · 3 de marzo de 2025
Era el mundo previo a la pandemia. Decidí practicar el desapego y ejercer mis derechos sexuales sin vínculo afectivo, pero el condón se rompió. Me tomé una postday. Ese día me había puesto unos calzones verdes: para coger, celebrar el año viejo y también para manifestar un año nuevo lleno de aborto legal. Terminaron las vacaciones, regresamos a clases y yo tenía algunas semanas de retraso; pensaba que podía ser un desbalance hormonal por la pastilla. Esperé una semana más y seguía “sin bajarme”.
Días después quedamos de vernos en la Biblioteca Central y él llevaría la prueba de embarazo. Había leído sobre los falsos positivos y negativos. Suena cliché, pero debo confesar que no me quedaba claro lo de una raya o dos. Luego de hacer pipí, tenía la prueba de embarazo en una mano y el instructivo en la otra. Salió positiva. Un amigo me mandó una foto de un gancho. Yo recordaba cómo días antes de hacerme la prueba me había tomado varias aspirinas para que me bajara. Había leído en internet que era un remedio infalible. No pasó nada.
Si hubiera tenido acceso a una Educación Integral en Sexualidad (EIS), no centrada únicamente en prevenir el embarazo con la abstinencia, nunca me habría pasado por la cabeza tomar todas esas aspirinas; hubiera sabido cómo leer una prueba de embarazo y hasta a dónde ir en caso de querer abortar. Porque la EIS es un derecho humano que nos prepara para afrontar la vida y la toma de decisiones sobre nuestros cuerpos, de forma autónoma, asertiva, placentera y libre. Según el ABC de EIS, la mayoría de las personas jóvenes elegimos no preguntar nuestras dudas sobre sexualidad por miedo, así como por los mitos y la falta de información adecuada.
Salí del baño y mientras lavaba mis manos pensaba que quería abortar. Guardé la prueba de embarazo para enseñársela porque tenía miedo de que no me creyera. Cuando era pequeña, me enseñaron el video de “épale, épale, mi piernita”. Varios años después, cuando iba en la preparatoria, me enteré de que existía algo llamado feminismo y descubrí que el mito de las gafas moradas era real; se abrió una nueva forma de ver el mundo ante mí. Estaba segura de que quería abortar, pero aun así sentía miedo. No sabía qué hacer, a dónde ir, cómo funcionaba, no sabía nada.
Llegué a mi casa llena de dudas y sintiendo mucha culpa. Sabía que el aborto era legal en la Ciudad de México, pero nada más. Llamé a Locatel, necesitaba hablar con alguien. Nunca me respondieron. Opté por buscar en internet. Encontré mil testimonios y me enteré también de que las clínicas donde proporcionaban el servicio gratuitamente empezaban a dar fichas desde las tres o cuatro de la mañana. No podía salir a esa hora de mi casa, ni siquiera había transporte ni me darían permiso. Busqué clínicas privadas que proporcionaran el servicio, pero no me alcanzaba. Empezamos a ahorrar de nuestras becas y dinero para pasajes. El acceso al aborto no debería depender del número de fichas que se entreguen en la madrugada ni de la capacidad económica de las personas.
A la semana ocho hice la cita. Estaba nerviosa. En internet solo encontraba experiencias que hacían que me sintiera cada vez más alerta. Una noche antes leí el Manual de aborto de la OMS de ese entonces; quería tener una idea de qué pasaría. Aprendí que el aborto es un derecho, que forma parte del derecho a la salud sexual reproductiva y (no) reproductiva. Podemos disfrutar nuestra sexualidad sin estigmas y sin fines reproductivos, y abortar también reivindica nuestra decisión legítima de embarazarnos o no, viviendo nuestra sexualidad de forma plena, libre y sin culpas.
Llegamos al lugar. Me obligaron a escribir por qué no quería pagar más para “tener un aborto sin dolor” ni decirle a mi acompañante que pasara a la consejería. Durante la revisión previa, me hicieron un ultrasonido. Alcé la cadera porque estaba frío el aparato y la enfermera me dijo: “Pero cuando abriste las piernas no te quitaste, ¿y así quieres aguantar un aborto?”. Me enojé, pero no dije nada. Tenía más miedo que enojo. Ahora sé que abortar no debe ser una experiencia medicalizada y violenta, que esto es violencia obstétrica y que también puede vivirse en el aborto.
Al subir a piso me iban explicando lo que pasaba, mientras una enfermera me tomaba la mano y me preguntaba cosas sobre mí. Me sentía platicando con una amiga a la que no veía hace tiempo. Pasaron diez minutos, me dijeron que ya había terminado todo. Pasé a una salita donde me dieron té, galletas, una mantita, una bolsa de calor para mi vientre y algunas indicaciones e instrucciones de cuidados extras. Ahora sé que abortar también se puede vivir desde los cuidados, como espacios afectivos, cálidos y libres de violencias. Antes de irme pregunté en recepción si era todo y si podía comer helado. Me dijeron que sí, así que fuimos por un helado. El mío era de menta con chocolate. Abortar también se puede vivir con tranquilidad, alivio y helado.
Desde GIRE compartimos talleres donde mientras bordamos hablamos del aborto, nuestras preocupaciones, mitos y preguntas. Bordar en juntanza es conspirar en cada puntada, coloreando con hilos mundos más libres. Una vez reflexionábamos sobre cómo serían nuestros abortos ideales. Una participante dijo que imaginaba una pijamada con amigues, películas y palomitas. Los abortos también son un tema de cuidados y afectos colectivos, porque si tenemos acceso a la información, podemos acompañarnos y cuidarnos. Para hablar de lo vivido, también tenemos que imaginar.
Camino al 8M, no dejemos de lado la potencia de reapropiarnos de la esperanza como horizonte político ante un panorama antiderechos. Hablemos más de nuestros abortos como una práctica feminista de cuidados, para que cuando alguien busque información en internet encuentre que abortar también es bienestar, autonomía y cuidado colectivo. Contar experiencias positivas también es un acto político ante una narrativa dominante que criminaliza legal y socialmente a quienes abortamos. Como lo son las colectivas que acompañan de forma amorosa y autónoma los abortos, generando espacios de escucha y cuidados, compartiendo información clara y libre de prejuicios. Esto no es un llamado a olvidar las violencias institucionales y la falta de acceso a derechos, sino a resistir desde la colectividad y el acompañamiento. Bordemos juntes la historia de nuestras decisiones, del derecho a vivirnos libres y felices.
* Diana Catalina Méndez García es Investigadora Auxiliar en @GIRE_mx.