blogeditor · 20 de enero de 2021
En medio de tantas experiencias negativas que a diario acontecen y de la facilidad con la que en nuestras relaciones aflora el conflicto, que muchas veces conduce a la violencia, el anhelo de acciones que construyan la paz y que cimienten una sociedad más justa es cada vez mayor. En esta búsqueda la Bioética juega un papel primordial como facilitador y mediador de tales procesos.
Conviene comenzar la reflexión aclarando algunas nociones que a menudo se confunden y marcan diferencias esenciales. Primero, la violencia no es lo mismo que la agresión: mientras que la segunda es de carácter natural y obedece al instinto de supervivencia (propia o de nuestros seres queridos), la violencia es un acto de voluntad; por ende, es una decisión que se mueve en el terreno de la libertad y, precisamente por ello, para erradicarla es necesaria otra decisión. Lo anterior confirma que, tal como lo reafirma el Manifiesto de Sevilla, la violencia no es identitaria en los seres humanos, y menos aún está biológicamente constituida sino que se va arraigando mediante la influencia del entorno y la identidad de las personas, se va formando en el trato con otros. De igual modo, la violencia no debe confundirse tampoco con el conflicto, que de suyo es una oportunidad para el crecimiento personal y comunitario, por recaer en el reconocimiento de lo biológicamente distinto y culturalmente diverso, y nunca debe ser usado para justificar un acto de violencia.
Ahora bien, hay que señalar que el mayor peligro de la violencia es su normalización, la cual deviene en una “cultura de la violencia” que permea con formas muy sutiles; tanto que a veces resultan imperceptibles. Cuando se comienza a normalizar una conducta que en principio no debería ser normalizada, advertimos ya una violencia cultural –establecida a partir de símbolos, lenguajes, juegos, noticias, programas de televisión, etcétera–, tan introyectada en una sociedad que pareciera no haber forma de escapar de ella.
La violencia, según Galtung, puede ser clasificada en tres niveles: directa, estructural y cultural. La violencia directa es la ejercida por parte de un individuo o grupo de individuos hacia otro. La estructural es más sutil que la directa, pues es perpetrada por instituciones (políticas, sociales y hasta educativas) que pueden privar a las personas de sus necesidades más elementales; en la mayoría de las ocasiones, provoca una respuesta igualmente violenta. Por último, la violencia cultural es la más silenciosa: se va introduciendo en prácticas comunes y estilos de vida habituales de tal manera que ya ni si quiera se percibe, sólo se imita, pues está inserta en la conciencia colectiva del día a día.
Se requieren acciones firmes pero graduales para ir erradicando estas formas culturales de la violencia y reconstruyendo la palabra perdida y el espacio robado. Acciones como las de Gandhi demuestran que es posible dar pasos, aunque sean pequeños, en la dirección de la construcción de la paz, porque ésta jamás se alimenta de más violencia, sino que la revierte con una lucha abierta a la promoción del diálogo y del encuentro. Devolver la confianza y caminar en la dirección de la construcción de la paz pasa, necesariamente, por acciones de pacificación; mas no hay que confundir ésta con la paz. La pacificación antecede a la paz, pero es frágil y corre el riesgo de avanzar y retroceder innumerables veces.
La Bioética puede ser constructora de acciones de pacificación encaminadas a la consecución de la paz en al menos tres de sus funciones:
III.- Promoviendo el diálogo y la búsqueda de soluciones conjuntas mediante el principio de respeto a la autonomía y su natural interdisciplinariedad.
Además, la Bioética, con el principio de respeto irrestricto a la dignidad de todas las personas, reconoce que la propia identidad pasa, necesariamente, por el reconocimiento de la alteridad, y que la persona siempre será un fin en sí mismo y nunca un medio.
Mediante el principio de respeto a la autonomía, la Bioética favorece que cada persona sea agente de su propia vida promocionando la transmisión de la información que permita tomar decisiones; recordemos que la paz es una decisión. También, con el principio de sociabilidad de la ética personalista y el de beneficencia, se rompe el ciclo de la violencia promoviendo el diálogo y la escucha atenta, proponiendo la amnistía y el perdón. Finalmente, a través del principio de justicia restitutiva, la Bioética permite reparar el daño cuando sea posible, o retribuir, cuando lo primero no se pueda hacer, la dignidad de las víctimas, que debe reconocerse aun cuando hayan sido despojadas del reconocimiento de su valor como personas.
Como se menciona, los principios de la Bioética juegan un papel fundamental en la generación de una cultura de la paz, pues exigen entender que ésta no puede concebirse separada de la verdad, de la justicia, de la libertad y del amor. Al promover el valor de la vida, de la integridad, de la autonomía y de la libertad, la Bioética enseña a analizar los valores involucrados en nuestras decisiones, ponderarlos y optar por los valores universales, practicándolos mediante conductas éticas orientadas al bien de la persona y de la comunidad.
Por ello, la Bioética, al ser una ciencia interdisciplinaria y de carácter profundamente humanista, es y debe fungir como mediador en los procesos de violencia y como facilitador de procesos de paz, promoviendo a cada persona en su dignidad ontológica y permitiendo el diálogo que construye caminos alternos a la violencia, sin olvidar jamás generar condiciones para el óptimo desarrollo de todos los individuos y de todos los pueblos.
* María Elizabeth de los Rios Uriarte es licenciada y doctora en Filosofía por la Universidad Iberoamericana y maestra en Bioética por la Universidad Anáhuac México, donde es profesora e investigadora del Instituto de Humanismo en Ciencias de la Salud de la Facultad de Bioética. Asimismo, es Research scholar de la Cátedra UNESCO en Bioética y Derechos Humanos.
Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.