Redacción Animal Político · 2 de julio de 2025
En un mundo donde la información es inabarcable y las tecnologías avanzadas como la inteligencia artificial (IA) redefinen nuestra relación con la salud, la ciencia y la gestión de decisiones, la bioética enfrenta un escenario sin precedentes. La disponibilidad masiva de datos, la automatización de procesos en la atención biomédica y la interconectividad global plantean nuevos dilemas éticos sobre la equidad en el acceso a la salud, la privacidad y la autonomía individual, al mismo tiempo que cuestionan los límites y la responsabilidad en la toma de decisiones. En este sentido, la bioética no sólo debe actualizar sus marcos de análisis, sino también consolidarse como una guía crítica para navegar entre los retos y oportunidades que plantea el mundo digital.
Aunque la disponibilidad de grandes cantidades de información podría sugerir un acercamiento a verdades más precisas o definitivas, no necesariamente se traduce en mayor claridad; también podría generar panoramas de mayor ambigüedad, donde diferenciar entre lo verdadero y lo falso se torna difuso. La avalancha de datos y la proliferación de desinformación complican la labor de distinguir entre lo que es evidencia científica, lo que está manipulado y lo que responde a intereses de otra naturaleza.
En este contexto, la autonomía de las personas se pone en entredicho. Si las decisiones en salud a nivel individual se basan en información incompleta, sesgada, errónea o manipulada, o si no se cuenta con suficientes herramientas críticas para analizar los datos disponibles, ¿hasta qué punto se puede considerar que las personas ejercen su autonomía? El acceso a la información es un medio para empoderar a los individuos, pero sin las habilidades adecuadas para interpretar y discernir su validez, esta autonomía se vulnera y puede favorecer que influencias externas moldeen sus decisiones, alejándolos de una libertad plena.
Por supuesto, la saturación de datos sin un marco adecuado para su interpretación no sólo dificulta la toma de decisiones personales, también plantea desafíos a mayor escala. Para la comunidad científica, el que la información se vuelva susceptible de manipulación, distorsión o interpretación errónea puede comprometer la calidad de los estudios, así como la evolución y el avance del conocimiento en diversas disciplinas.
Lo anterior plantea numerosos retos. Por un lado, incluso si los hallazgos de los estudios son imprecisos, pueden convertirse en información que llega a las masas, un fenómeno facilitado por su replicación eficiente a través de distintas plataformas de divulgación. Además, se debe tomar en cuenta que esas “evidencias” son insumos potenciales para configurar nuevo conocimiento y que, sin el escrutinio adecuado, influirá en la toma de decisiones en la práctica clínica, así como en la formulación y puesta en marcha de políticas públicas en salud. Por ello, la comunidad científica enfrenta el reto de reforzar sus mecanismos de autocorrección, validación y transparencia, promoviendo el pensamiento crítico y la alfabetización en este campo, a fin de contrarrestar la desinformación y garantizar que el conocimiento siga siendo un pilar para el desarrollo humano. De lo contrario, podría generar un ecosistema donde la solidez de la evidencia respaldada por la investigación se vea comprometida.
Por otro lado, el desarrollo de la IA ha transformado radicalmente el ámbito de la salud y la investigación biomédica, redefiniendo la manera en que se diagnostican las enfermedades, se desarrollan tratamientos y se gestiona la información médica. Los algoritmos avanzados facilitan la detección temprana de padecimientos graves a partir del análisis de imágenes especializadas con niveles de precisión que son comparables —e incluso que podrían ser superiores— a los profesionales humanos. Los modelos de IA analizan grandes volúmenes de datos para identificar patrones de enfermedad y acelerar el desarrollo de estrategias preventivas y terapéuticas personalizadas.
Además, la automatización en la síntesis de fármacos y la optimización de ensayos clínicos han reducido los tiempos y costos de la investigación biomédica. Los chatbots y asistentes virtuales son utilizados para realizar evaluaciones preliminares de síntomas, apoyar la atención primaria y brindar orientación a las personas sobre posibles afecciones. Al mismo tiempo, los dispositivos portátiles con IA monitorean en tiempo real los signos vitales, la actividad física, el sueño, los niveles de oxígeno en sangre y otros indicadores clave de salud, emitiendo alertas tempranas ante complicaciones potenciales. Esto permite un seguimiento más completo y un enfoque personalizado para la gestión de la salud; sin embargo, pese a sus beneficios, estos avances no están exentos de interrogantes bioéticas cruciales: ¿Cómo se garantiza la privacidad y la protección de los datos sensibles y, por lo tanto, de la privacidad de las personas, en un entorno digital tan interconectado? ¿Existe un riesgo de que las tecnologías de IA profundicen las desigualdades en el acceso a la salud, limitando los beneficios a ciertas poblaciones o regiones? ¿Qué sucede cuando la autonomía de las personas queda delegada, en parte, a sistemas automatizados? ¿Dónde trazamos los límites entre la asistencia técnica y la sustitución del juicio humano? Y, quizás aún más importante, ¿quién asume la responsabilidad de las decisiones basadas en IA, sobre todo si resulta en errores o causa daño a la persona?
En este escenario y de cara a los dilemas éticos que emergen con la sobrecarga informativa y el uso de tecnologías avanzadas, es imprescindible desarrollar marcos normativos que garanticen el uso responsable de estas innovaciones. Los principios básicos de autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia deben ser la base sobre la cual se estructuren las intervenciones, regulaciones y políticas en salud.
La autonomía enfrenta nuevos retos en un contexto donde la tecnología juega un papel central en la toma de decisiones médicas. A medida que los sistemas automatizados asumen roles tradicionales en la atención sanitaria, se debe asegurar que los individuos mantengan el control sobre sus opciones y el acceso a la información necesaria para tomar decisiones autónomas. Esto implica que los datos, la evidencia y los algoritmos de IA sean transparentes, comprensibles y accesibles, de modo que todas las personas participen activamente en su salud, asegurando que su capacidad de decisión no sea sustituida por la tecnología.
La beneficencia y no maleficencia son valores que requieren que las intervenciones en salud busquen el bien de la persona, sin causar daño; exigen que la sobrecarga informativa y los nuevos sistemas de IA cuenten con estándares rigurosos de gestión y evaluación, para maximizar su impacto y beneficios, minimizando al mismo tiempo los riesgos.
Por su parte, el principio de justicia demanda que los avances tecnológicos, en particular los de IA, sean accesibles a todos sin generar nuevas desigualdades en el acceso a la salud. La brecha digital, que ya afecta a muchos grupos vulnerados, no debe agravar las disparidades en el acceso a la información y la atención médica, sino que se debe promover el acceso equitativo a los beneficios de las ciencias y las tecnologías. Lo anterior requiere una infraestructura sólida y políticas públicas que garanticen que las innovaciones en salud digital lleguen a todas las comunidades.
Garantizar el acceso equitativo a los beneficios de la IA y la información en salud no es suficiente por sí solo; también es indispensable que su desarrollo y aplicación se enmarquen en una regulación ética que asegure su utilización responsable. La bioética, lejos de ser un conjunto de principios estáticos, debe evolucionar junto con la tecnología, ofreciendo criterios que orienten su adaptación sin perder de vista la justicia, la autonomía y el bienestar de las personas. Esto implica no sólo adecuar los marcos normativos, sino también fomentar una cultura de responsabilidad compartida entre quienes diseñan, implementan y utilizan estas herramientas.
A medida que la tecnología avanza, la bioética no debe quedarse atrás. Es necesario que los principios éticos se adapten a las nuevas realidades que plantea la era digital, proporcionando marcos de referencia que guíen la implementación responsable y equitativa de la IA en el campo de la salud. La regulación y la supervivencia ética deben, por lo tanto, ser prioridad, asegurando que la innovación tecnológica no sólo sea eficiente y eficaz, sino también sea justa, transparente, responsable y respetuosa de los derechos y de la dignidad de las personas.
* José Luis Benítez (@jos_eluis_) es doctor en Ciencias de la Salud, especializado en Epidemiología y miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores. Se desempeña profesionalmente en el campo de la salud mental y atención del fenómeno de las adicciones, con perspectiva internacional en salud pública y temas globales.
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