Joel Aguirre · 26 de agosto de 2026
Por Luis Alfonso Munive Valencia y Omar Alejandro Olvera Muñoz*
El surgimiento formal de la bioética está asociado con una serie de eventos científicos, sociales y políticos que orientaron la disciplina hacia un marcado compromiso con las poblaciones vulneradas, apegándose a valores como la justicia, la equidad y el respeto por la diversidad. Décadas después, a partir de las movilizaciones de personas que vivían con VIH y sus exigencias por tener acceso a medicamentos seguros, información confiable y un trato digno, pasando por las exigencias de los grupos de mujeres y colectivos feministas que buscaban contar con métodos anticonceptivos y pugnaban por el derecho a una sexualidad plena y sin estigmas, la bioética se ha consolidado como un campo disciplinario enfocado en reflexionar y cuestionar las condiciones de opresión y vulnerabilidad que se manifestaban en las áreas de la salud.
No obstante y a pesar de esta herencia socialmente comprometida, la bioética no ha estado exenta de reproducir, legitimar y perpetuar componentes ideológicos que sesgan la comprensión de diversas problemáticas relacionadas con la vida de las personas. Existen múltiples críticas relacionadas con el campo de la bioética, particularmente en lo referente a las problemáticas —por ejemplo, la abstracción del agente moral, las lógicas de poder implícitas en las relaciones de género o las tensiones entre aspectos como la clase, la identidad de género, la etnia y la edad, con los grandes tópicos de la bioética, como los derechos sexuales y reproductivos— que se abordan, desde dónde se realizan y los métodos empleados para problematizar estas situaciones. Uno de estos componentes se encuentra presente en la forma como se piensa al sujeto humano, el cual se ha vinculado en muchos casos con la representación del hombre: masculino, cisgénero, heterosexual, blanco, sin discapacidad, con capacidad cognitiva plena, solvencia económica y éxito laboral.
Este sesgo no es exclusivo de la bioética, por el contrario, representa un síntoma de una forma de pensamiento históricamente conformado, socialmente promovido y culturalmente legitimado: el androcentrismo. Amparo Moreno Sardá detalla que la figura del hombre se ha construido, a lo largo del tiempo, como el parámetro moral e intelectual a partir del cual se tiende a problematizar diferentes situaciones de la realidad, convirtiendo las características, necesidades, exigencias y problemas relacionados con el hombre en el estándar sobre el que se deben construir las diferentes esferas de la realidad social. El androcentrismo convierte la figura del hombre en el centro de las reflexiones y en el parámetro de aquello que puede y debe considerarse como normal, adecuado o evolucionado.
Esta figura concentra una serie de elementos de relevancia simbólica, como prestigio, incuestionabilidad, imperturbabilidad (aquellas personas que emulan las características del hombre no serán cuestionadas o lo serán poco, no deben rendir cuentas ni justificar sus acciones), racionalidad, objetividad, heroicidad, y la normalización/naturalización de su quehacer, relegando a todas aquellas personas que no se ajusten a estas características a un plano de lo abyecto, de lo incomprensible, de lo irrelevante o de lo indigno. En este sentido, los movimientos feministas han sido centrales al elaborar críticas a este modelo ideológico que coloca en el centro al hombre, interpelando las consecuencias que puede tener en la vida de otras personas o colectivos.
El androcentrismo se puede expresar de maneras explícitas, como cuando se asevera que no es necesario un Día de la Mujer y que, si este existe, es un requisito que haya un Día del Hombre; o manifestarse de manera implícita, como cuando los parámetros e indicadores de un paro cardiaco se presentan como universales, pero son generados a partir de estudios realizados exclusivamente con la participación de los hombres; o el desarrollo de métodos y estrategias anticonceptivos casi de manera exclusiva para mujeres y personas gestantes, por considerar que la reproducción es una actividad femenina.
Uno de los componentes más importantes y al mismo tiempo invisibilizados del androcentrismo es la cisheteronorma, que se refiere al sistema que aglutina un conjunto de normas y mandatos que establece que la única forma legítima de vivir la sexualidad humana es la heterosexual, reproductiva y monógama, en la que, además, solo se contempla como válida la existencia de personas cisgénero, es decir, de las personas cuya identidad de género corresponde con el sexo que les fue asignado al nacer.
La cisheteronorma tiene implicaciones concretas en la vida de las personas y los colectivos, particularmente en lo relacionado con la atención a la salud. Como elementos ilustrativos se puede mencionar las terapias de conversión, también llamadas ECOSIG, que buscan ajustar la orientación e identidad sexual en apego a los parámetros de la heterosexualidad; mecanismos de medicalización y diagnóstico de la experiencia vital de las personas trans; procesos de patologización de prácticas sexuales no convencionales —como el chemsex, BDSM, swinger—, ejemplifican la manera como operan las lógicas cisheteronormadas al amparo de discursos o prácticas especializadas, respaldadas por la institucionalización de las diversas profesiones de la salud.
Esta vigilancia medicalizante de las experiencias vitales de las personas y colectivos de la disidencia sexual gesta una paradoja que pocas veces es identificada y problematizada dentro de los servicios de atención, una paradoja que hace que los cuerpos más vigilados, controlados y estigmatizados, con frecuencia, son los que peor atención a la salud reciben, en tiempos más dilatados y en situación que incrementan las condiciones de vulneración en las que viven.
Una implicación adicional se observa en la ausencia formativa de profesionales de la salud para el desarrollo de atenciones, culturalmente competentes, a colectivos de la disidencia sexual. Es decir, no se abordan contenidos específicos que permitan cuestionar la cisheteronormatividad en la formación en salud o reconozcan la diversidad de manifestaciones relacionadas con el campo de la sexualidad humana. Esta carencia no solo limita la creación de formas de atención libres de discriminación, violencia o rechazo social, sino que también legitima el orden social general que valida la heterosexualidad y busca erradicar, eliminar o invibizibilizar la multiplicidad de vivencias relacionadas con el género y la sexualidad. Esto sin mencionar que, además, la educación sexual que se imparte en las escuelas se centra en la reproducción y prevención de enfermedades, desde una modalidad cisheteronormada, más que en aspectos lúdicos y placenteros.
La bioética tiene una tarea que no puede delegar: cuestionar no solo las prácticas médicas aisladas, sino también los marcos epistemológicos que las hacen posibles. No se trata de añadir un módulo de diversidad a un currículo intacto, sino de interrogar quién construyó ese currículo, sobre qué cuerpos, con qué intereses y a quién dejó fuera.
Ante la emergencia de políticas y prácticas que reivindican y perpetúan las lógicas androcéntricas y cisheteronormadas en el campo de la salud y la vida pública, resulta primordial que la bioética genere espacios de discusión y debate que permitan reconocer y dignificar las implicaciones de estos sistemas en el proceso salud-enfermedad-atención-cuidados de las personas y colectivos de la disidencia sexual. En una sociedad que es incapaz de reconocer la diversidad humana, resulta imposible construir democracias reales.
La conciencia ética habilita visualizar las propias responsabilidades; en contacto con el otro, se presenta la posibilidad de descubrir insatisfacciones con los patrones morales compartidos en comunidades. Estas necesidades insatisfechas, transformadas en reclamos, fundamentan los derechos humanos y sensibilizan sobre las necesidades disidentes que conforman otro tipo de esperanza sobre las disposiciones de la ley. En este sentido, la bioética que no se interroga a sí misma sobre sus propios sesgos termina siendo parte del problema que pretende resolver.
Toda vez que la bioética aspira a orientar las reflexiones y discusiones en torno a la vida, entre otras la de las personas y colectivos más vulnerables, sus marcos reflexivos no pueden aspirar a una aparente neutralidad que en realidad reproduce los valores de una corporalidad hegemónica: masculina, blanca, cisgénero y heterosexual. En este sentido, reconocer la cisheteronorma como estructura que atraviesa los marcos teóricos de la bioética no es un ejercicio de corrección política, sino una exigencia epistémica, ya que, sin ese reconocimiento, la bioética seguirá produciendo exclusiones disfrazadas de universalidad. Queda abierta la posibilidad a más y complejas discusiones que den cuenta de la diversidad sexual, genérica y erótico-afectiva dentro del campo de la bioética.♦
*Luis Alfonso Munive Valencia es licenciado en Psicología por la Universidad Autónoma del Estado de México, maestro en Estudios Políticos y Sociales por la UNAM y candidato a doctor en bioética por el Posgrado de Ciencias Médicas, Odontológicas y de la Salud de la UNAM. Omar Alejandro Olvera Muñoz es licenciado en Psicología por la Facultad de Estudios Superiores Zaragoza, de la UNAM, maestro en Medicina Social y doctor en Ciencias en Salud Colectiva.
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