Lady Mossad · 6 de febrero de 2012
…De militancia fingida
El verano pasado en medio de un lío de alcoba, bueno, casi un lío de alcoba, me comprometí a asistir a la gira de precampaña de cierto precandidato; tanto era -y es- mi aburrimiento que pensé: vale, siempre hay una primera vez hasta para la militancia fingida.
El asunto no cuajó; ni el de alcoba y al parecer ni el del precandidato; y la gira nunca llegó o pensé que no llegaría a la ciudad, hasta que hace una semana me llegó un mensaje que decía: el próximo sábado vamos para Tijuana…
Ya ni me acordaba del numerito, pero de nuevo pensé que la experiencia en sí sería divertida y no me venía mal un bañito de pueblo; les confieso que sólo una vez en mi vida había asistido a un acto de militancia política. Lo recuerdo bien porque fue al cierre de campaña de Diego Fernández de Cevallos, era una puberta haciendo bola en los pick ups que llevaban al contingente hasta a pocas calles de mi casa y por eso me dejaron meterme entre el gentío.
Pero esta vez no fui a bailar descalza a media calle al ritmo del acordeón y el bajo sexto, fui deliberadamente a ver un acto de militancia con los ojos críticos de una adulta que se siente completamente frustrada y decepcionada de las opciones de gobiernos y candidatos que están por ofrecernos; fui con los brazos cruzados, la ceja hasta el techo y la mirada de astucia; eso en realidad es una metáfora porque por fuera sonreí, repartí abrazos y besos, agradecí y casi que hasta me lo quise creer. No soy una mujer que se precie de ser “políticamente correcta”, pero puedo soportar ser hipócrita unas tres horas a lo sumo.
Todo empezó el sábado a las 14:00 cuando se daría la rueda de prensa en el comité municipal del partido; en mi miserable vida había pisado la sede de un partido, pero casi por deducción pensé: si me voy a colar a una rueda de prensa y un mitin, lo mejor es que me ponga uniforme del partido para confundir a la gente del comité, a los organizadores y la prensa. Así que ahí me fui uniformadita y todo, con la metáfora por convicción y la sonrisa de accesorio para que le hiciera juego.
Para llegar a la sede me perdí, pero eso es normal, en Tijuana siempre me pierdo, soy una de tantas viejas tijuanenses que no saben que hay más allá de cómo llegar a la línea fronteriza y a mí me queda muy cerca. Aunque llegué puntualita como criada en país sajón, tomé asiento estratégicamente atrás y una señora me preguntó: ¿a qué hora llega el resto de la gente de DF?. Le respondí que no sabía, que venían en otro carro.
Entre la gente de prensa nadie notó mi presencia y yo hacía como que tomaba notas. No faltó la “suspicaz” que se me paró por un lado y me preguntó: ¿tienes algún problema?, ¿vienes de DF?, le respondí que no y sonreí; a juzgar por el atuendo y “el modito” sospeché que era la coordinadora de comunicación social de la sede; y como a mí nadie me habla al tiro sin que yo no le responda como buen agente del Mossad; las dejé a ella y su pantalón atrancado con calzador con un palmo de nariz y sin sacarla de la duda de quién era y qué hacía ahí sonriendo.
La rueda de prensa pasó tranquila, no dijo demasiado, mucho menos nada sorprendente; justo cuando terminó el contacto que me guió por entre la gente – obviamente tenía un as bajo la t… manga- , me pidió que le llevara al lugar donde sería el “convivio”, lugar que resultó ser un restaurante chino que confundí y lo traje dando vueltas por entre las principales arterias de la ciudad; pero yo qué culpa tengo que la comida china en la ciudad sea el fast food por excelencia, aquí si algo sobra son deportados y restaurantes de comida china.
Finalmente llegamos, el contacto bajó volado del carro y de pronto lo perdí; y por ahí se fue la Lady abriéndose paso entre el gentío, ubicando rutas despejadas para poder colarme hasta la mesa de honor, porque si me había tomado la molestia de pasar mi tarde con ellos, no iba a mirar los toros desde la barrera.
Entonces con todo y mi uniforme partidista, me colé despacito entre la gente, pedí un té de limón y seguí abriendo la ruta hasta llegar justo a colocarme al lado de los coordinadores y acompañantes del precandidato, les sonreí y me preguntaron que si qué era ésto y aquello, me dieron sus impresiones sobre la rueda de prensa, del ambiente en la sede del partido y el ambiente dentro del restaurante, yo sólo decía: sí, claro, por supuesto o no sé, desconozco el dato pero si gusta se lo investigo…
Cuando finalmente el precandidato llegó a la mesa de honor y se hicieron las presentaciones, me moví de cuadro para irme a la parte de atrás a escuchar todas las alabanzas por parte de sus allegados, los gritos de la militancia, los abucheos a algunos de los incluidos en aquella mesa; distinguir entre los que llevaban línea y los simpatizantes y militantes reales; caer en cuenta que los discursos del diputado federal de mi estado estaba plagado de errores gramaticales y de pocas certezas, vaya, ese grandísimo cabrón ni hablar sabe pero está ahí.
Y luego otro, y otro, y otro más… Más de nada y de lo mismo.
Entre tanto el olor al lunch #1 de todas las cartas de restaurante de comida china de la ciudad empezó a flotar en el aire, estando yo parada a algunos metros de distancia de la barra de bebidas miraba como los meseros acarrerados, y de paso acarreados, salían con platos y platos de pollo cantonés que saturaba los olfatos hasta el punto de ser hostigante.
Me quedé absorta viendo a la gente recibir la comida, ese momento onírico que rayó en lo surrealista, la militancia se abalanzó sobre los platones y dejó de gritonear porras y consignas, entonces los discursos empezaron a subir los tonos, las peticiones de un voto libre y sin línea que se repetía una y otra vez como en un trance hipnótico. Creo que ese trance hipnótico sólo lo había vivido en los ‘teibols’ con las chicas que cuelgan de los aros y el del micrófono incitando a ponerles más dólares.
En algún punto de mi absorto análisis un mesero pasó a mi lado y le sonreí mientras movía mi vaso de té vacío; el mesero interrumpió el ir y venir de charolas por traerme otro té; de momento no entendí, por qué dejar el ajetreo solamente por traerme un té, le agradecí pero luego comprendí que entre la confusión del “uniforme” le pareció que yo era parte del numerito y ese servilismo casi codificado genéticamente del mexicano le hizo suponer, también, que le estaba pidiendo otro té con la pura mirada, sin emitir una sola palabra.
Me sentí avergonzada, pero en un solo acto comprendí tantas cosas de las disparidades del poder y el servilismo; me sentí más avergonzada por lo que estaba haciendo durante la jornada, pero quería escuchar al precandidato así que ya había llegado hasta ahí y no pensaba dejar los discursos a la mitad; me encaminé hasta la parte proyector y tomé asiento. La gente de nuevo, amabilísima conmigo me decía: sí, señorita, siéntese aquí adelante.
Empezó entonces el discurso del precandidato y por un momento suspendieron el letargo hipnótico del pollo cantonés para “saludarlo”, él abrió con un: primero que nada, buen provecho… Teniendo plena conciencia que en este país cuando come, no conoce.
Su discurso fue más de lo mismo, no cambiaba en nada sobre lo dicho en la rueda de prensa, sólo más largo y con mayor énfasis en algunas frases, en algún momento hablando sobre seguridad se atrevió a mencionar sobre el humanismo que pregona el partido y la defensa de la vida desde que inicia hasta que culmina; yo sentí en ese justo momento que las tripas me iban a hacer devolver el olor del pollo cantonés que no probé; me dije: ¡ese tema en mi presencia no se toca, por muy precandidato que sea! Y contra todo pronóstico ni brinque, ni parpadeé.
En conclusión: un discurso anodino salpicado de anécdotas y carente de propuestas. Casi al terminar y en una de esas anécdotas donde hablaba de su real convicción con los ideales del partido, de su linaje familiar dentro de la militancia y su trato personal con los fundadores del partido, comentó que le había hecho una pregunta a Gómez Morín cuando era un “chamaco”: ¿Sr. por qué le puso PAN al PAN?, y el señor Morín le dio una respuesta que no entendió, dándose cuenta Gómez Morín le dice: ¿No me entendiste nada, verdad?, pues te lo voy a explicar más sencillo, le pusimos PAN al PAN porque México tiene hambre… y yo pensé para mis adentros: ¿de pollo cantonés?.
Terminó el discurso y luego de la panza llena vino el corazón contento, así que los comensales se levantaron y el tumulto se abalanzó a seguir saludando, pedir la foto del recuerdo, al pásele por aquí y haga espacio para la señora de avanzada edad que viene con andadera, firmas de camisetas, dónde quedó el diputado, cuál es la esposa del señor… ¿y finalmente, quién dicen que es ese señor…?
Me pasaron otras cosas muy chuscas a causa de mi blusa azul con pantalón kaki, la gente me siguió confundiendo y una señora quería tomarse una foto conmigo; yo a ese punto ya no sabía si reir o llorar por la pendejada que estaba haciendo; debo confesar que no me fui sin que me presentaran al precandidato, ya lo dije, no soy mujer que tiré la toalla a la mitad, con todo y el circo llegué hasta que terminó la función; mi camioneta salió justo atrás de las dos camionetas de la comitiva y luego me detuve en alguna parte de la avenida a reflexionar sobre todo lo que había visto, escuchado, sentido, olido y probado.
Le agradezco profundamente al joven que tan amable me avisó y me ayudó sin saber mi plan a colarme para vivir esta experiencia con todos los sentidos, aunque mi agradecimiento no implica que esté de acuerdo o manifieste alguna simpatía por todo lo aprendido. Aunque la mayor parte de las cosas en la vida se aprenden aunque no nos gusten.
Luego de todo, mi escepticismo fue mayor, me sentí más asqueada y más confundida con respecto al proceso electoral que está en puerta. Sé que la política no es un juego de señoritas, pero ver con los ojos bien abiertos cómo es un acto proselitista y las impresiones desde ambas sillas te da una perspectiva casi cínica de desencanto. Sé también que hay otras opciones, me lastima darme cuenta que entre todas no se hace una y lo único que queda es jugarse la ruleta rusa hasta el final, cerrar los ojos y emitir un voto por: el o la menos peor…
PD. Con respecto a la nota anterior publicada en este blog, se comunicaron de parte de la empresa que hace las evaluaciones para el premio de Mejor Empresa para Trabajar y me indican que nunca se lo han otorgado a Telvista; entonces ya no me respondieron por qué Telvista lo publicita en su página de internet como si lo hubiera ganado por varios años consecutivos…