blogeditor · 16 de mayo de 2016
Por: Kurt Hackbarth
El pasado 9 de marzo, durante el octavo debate entre los precandidatos del Partido Demócrata a la presidencia de los Estados Unidos, el senador Bernie Sanders afirmó a pregunta expresa que Estados Unidos había hecho mal en intentar derrocar los gobiernos de Cuba, Chile, Guatemala y Nicaragua. “¡A lo largo de la historia de nuestra relación con América Latina, hemos actuado bajo la llamada Doctrina Monroe, que planteaba que Estados Unidos tenía el derecho de hacer lo que quisiera en América Latina!”, vociferó el senador.
Las objeciones de Sanders tienen una larga lista de antecedentes en la historia norteamericana. En su mensaje del 7 de diciembre de 1847, el presidente James K. Polk justificó su invasión de México al afirmar que el vecino del sur había dado el primer golpe, “invadiendo el territorio del Estado de Texas… y derramando la sangre de nuestros ciudadanos en nuestro propio suelo”. Poco convencido por la afirmación presidencial, el joven diputado Abraham Lincoln exigió saber el punto en particular donde la sangre se había derramado, con tal de determinar si realmente se encontraba dentro de los Estados Unidos. Lincoln votó a favor de una resolución declarando que Polk había iniciado las hostilidades de manera “innecesaria y anticonstitucional”. Pero por mucha razón que pudiera tener, la guerra era ya cosa hecha.
El escritor y naturalista Henry David Thoreau fue aún más contundente. Dos años antes de la exigencia de Lincoln en la Cámara de Representantes, Thoreau ya había pisado brevemente la cárcel por negarse a pagar un impuesto destinado, a su parecer, a financiar la expansión de la esclavitud y la guerra contra México. Enardecido por su experiencia, Thoreau publicó en 1849 su ensayo Del deber de la desobediencia civil, en el cual declaró: “Este gobierno americano, ¿qué es sino una tradición, aunque reciente, que trata de transmitirse inalterada a la posteridad, pese a ir perdiendo a cada instante retazos de su decencia?”
A partir de la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898, Estados Unidos se embarcó en una fase de expansión territorial en ultramar, anexando a Puerto Rico, Guam, el reino independiente de Hawaii y las Filipinas, éste último después de una cruenta guerra de ocupación que mató a más de 200,000 isleños y que vio el uso de tortura, tácticas de tierra quemada y campos de concentración. El año de 1898 fue marcado por otro hito: la formación de La Liga Antiimperialista de los Estados Unidos, una agrupación que, en su cénit, llegó a contar con unos 50,000 miembros. “He visto que no tenemos la intención de liberar, sino de subyugar al pueblo de las Filipinas”, afirmó el novelista y humorista Mark Twain, vicepresidente de la Liga. “Y por eso soy antiimperialista. Estoy en contra de que el águila ponga sus garras en cualquier otra tierra”.
Desgraciadamente, tres eventos confabularon para frustrar las esperanzas de la incipiente Liga. En primer lugar, el Senado ratificó, por un solo voto, el Tratado de París, el cual consumó la anexión de los exterritorios españoles; el tratado fue posteriormente avalado por la Suprema Corte, también por un voto. Luego, en 1900, la Liga respaldó la candidatura infructuosa del populista y antiimperialista William Jennings Bryan a la presidencia. Cuando el ganador de la elección, William McKinley, fue asesinado dos años después, el nuevo presidente Theodore Roosevelt no perdió tiempo en inaugurar su política del “Gran Garrote”, separando a Panamá de Colombia y apoderándose de la Zona del Canal.
Pero el golpe de gracia fue la Primera Guerra Mundial. Con tal de convencer a un público renuente de respaldar su decisión de entrar en el conflicto, el presidente Woodrow Wilson formó el Comité de información pública para diseminar propaganda probélica y promulgó la Ley contra el Espionaje para sofocar toda inconformidad. Uno de los primeros blancos de la flamante ley fue el político socialista Eugene Debs, encarcelado por oponerse a la conscripción. Desde su celda, Debs se postuló para la presidencia en la elección de 1920, ganando poco menos de un millón de votos.
La Liga Antiimperialista cerró sus puertas ese mismo año de 1920, aunque sus ideales habrían de encontrar nueva vida en el movimiento pacifista de los años ’60 y su oposición a la Guerra en Vietnam, el movimiento antiglobalización del nuevo siglo, las protestas en contra de la Guerra en Irak en 2003 y el movimiento Ocupa Wall Street en 2011. Pero una cosa es percibir estos sentimientos en la calle y otra muy diferente resulta escucharlos desde el podio de un debate presidencial. Un viejo axioma de la política estadounidense dicta: “La política termina al borde del mar”. En teoría, quiere decir que cuando se trata de relaciones exteriores, cualquier diferendo entre los partidos debería superarse en pos de una postura unificada. En la práctica, significa que el intervencionismo goza de un cómodo consenso bipartidista. Para desafiar con éxito este legado, Bernie Sanders tiene un camino largo y difícil por delante.
* Kurt Hackbarth es narrador, dramaturgo y periodista de origen estadounidense radicado en México. Politólogo de profesión, egresado de la Universidad Fairfield.