El involuntario beneficio de la salida de los Estados Unidos del Acuerdo de París

Redacción Animal Político · 5 de febrero de 2025

Es fácil criticar todo lo que hace Trump. Yo, por otro lado, debo ser más objetivo, ya que estoy casado con una familia primordialmente republicana. Dicho esto, trabajando en el sector de energía renovable, debería subirme al tren de críticas por la salida de los Estados Unidos del Acuerdo de París. Pero analizándolo bien, planteo algo controversial: en la lucha contra el cambio climático, el resultado es positivo. Involuntario, pero positivo.

Parto del hecho de la nula efectividad del acuerdo. Aunque ambicioso en sus objetivos, no existen sanciones por incumplimiento. México no los ha cumplido, sin repercusión alguna. El Climate Action Tracker ha clasificado los compromisos y acciones de la mayoría de los países signatarios como ‘insuficientes’ o ‘altamente insuficientes’ para alcanzar los objetivos del acuerdo, también sin repercusiones. El objetivo principal era mantener el calientamiento global por debajo de los 1.5 grados a comparación de tiempos preindustriales. Justo en 2024, pasamos ese límite, mostrando que vamos en retroceso.

Más de una vez me han propuesto escribir un paper sobre la eficiencia del acuerdo. Pero mi respuesta es simple: es teoría de juego básica; una señal que no tiene costo es palabrería barata. El resultado será que no tiene impacto, pero ese marco y contribución ya están en los libros de micro-economía hace décadas. Escríbelo y si encuentras impacto, me cuentas. Por años, he esperado el paper que muestre algún impacto del acuerdo sobre la reducción de emisiones o calentamiento global. Y aún lo sigo esperando.

En segundo lugar, considero el impacto ambiental de las conferencias climáticas. Eventos anuales de la Conferencia de las Partes (COP), de donde surgió el Acuerdo de Paris en 2015, se han transformado en masivos encuentros de cabildeo que, irónicamente, contribuyen al problema que intentan resolver. Miles de asistentes, incluyendo delegados gubernamentales, representantes de organizaciones no gubernamentales, empresarios y periodistas, viajan en avión desde todos los rincones del planeta, generando una huella de carbono significativa que contradice el propósito mismo de estos encuentros. En la última COP en Arzebaiyán en noviembre 2024, la delegación estadunidense fue de 405 personas. Un viaje en avión es suficiente para generar más emisiones anuales que la mayoría del promedio de la población global.

Considerando lo anterior, si el acuerdo tiene beneficios nulos, el hecho de que la delegación estadounidense deje de asistir a estos eventos en aviones privados y/o en asientos de primera clase o “business” tiene un efecto ambiental positivo. Globalmente será marginal, pero positivo.

Reconozco dos puntos de los defensores de las COP y los que lamentan la salida de Estados Unidos. Primero, la importancia simbólica y diplomática del segundo mayor emisor global, la cual puede influir en las decisiones de otros países. Sin embargo, la evidencia descrita anteriormente muestra que este rol diplomático no se ha traducido en reducciones de emisiones. Durante el mandato de Biden, quien reincorporó al país al acuerdo después de que Trump lo retirara en su primer mandato, Estados Unidos mantuvo el rol de mayor productor de petróleo global. Segundo, los defensores argumentan que los críticos no tendrían un espacio de crítica sin las conferencias. Ahí también argumento que la intención es buena, pero el beneficio nulo. Aunque en teoría, estos encuentros deberían ser espacios para el diálogo inclusivo y la toma de decisiones colectivas, en la práctica tienden a amplificar las voces ya privilegiadas del Norte Global. Las delegaciones de países desarrollados, con mayores recursos y personal, suelen dominar las negociaciones, marginando las perspectivas de las comunidades más vulnerables al cambio climático.

Los resultados hablan por sí mismos. Los países ricos, aquellos que han contribuido más al cambio climático, incluyendo Estados Unidos, prometieron 100 mil millones de dólares al año a países en desarrollo en la COP de 2009, los cuales no se desembolsaron. En la última COP en Arzebayán, los países en desarrollo pedían billones, y se tuvieron que conformar con una promesa de 300 mil millones, muy por debajo de lo que necesitan.

Así, el acuerdo y las conferencias climáticas son un ejercicio de relaciones públicas internacionales, donde la apariencia de acción climática toma precedencia sobre los resultados reales. No obstante, los defensores argumentarán sobre la importancia y necesidad de mantener a Estados Unidos dentro del mismo. Yo trabajo con muchos de ellos. Son aquellos que viajan transatlánticamente en asientos business, con boletos pagados por el contribuyente global, a ofrecer un par de palabras (irónicas) sobre la urgencia de descarbonizar el mundo.

Cambiar el status quo, cuando los tomadores de decisiones son los beneficiados, es complicado, como se relata en el libro “Los ganadores se llevan todo: la farsa de le élite para cambiar al mundo”. Dicho eso, la retirada de Estados Unidos del acuerdo podría ser un primer paso para que dejen de vender humo, y enfocar tanto tiempo como recursos hacia resultados pragmáticos y tangibles.

En ese sentido, en México debemos enfocar esfuerzos en políticas industriales y avances tecnológicos que nos permitan desarrollar tecnologías de bajo carbono competitiva- y sustentablemente. Estrategias de industrialización sustentable, como aquellas delineadas en Plan México, de realizarse, nos permitirán contribuir en la lucha frente al cambio climático, no los compromisos internacionales no vinculantes.

* Carlos Guadarrama es experto internacional en política energética y beneficios socioeconómicos. Se especializa en el diseño y análisis de políticas para energías renovables y para transiciones energéticas justas e inclusivas. Ha enfocado su trabajo en África, Asia y Latinoamérica, desde organizaciones internacionales como el Banco Mundial y la Agencia Internacional de Energía Renovable (IRENA). Es egresado del ITAM, de Harvard y está cursando el doctorado en Oxford. Su opinión no refleja la de los organismos donde ha trabajado ni la de las instituciones donde ha estudiado.