Barcelona, día 5

blogeditor · 18 de marzo de 2020

Barcelona, día 5

La noche del viernes 13 de marzo el jefe de Gobierno español, Pedro Sánchez, decretó el estado de alarma en el país ante la inminente crisis sanitaria resultado de la pandemia provocada por el COVID-19. A cinco días del anuncio, la vida en el país europeo -que registra cerca de 11 mil contagiados y más de 500 muertos- se ha transmutado, convirtiendo sus ciudades en silentes y mudos testigos de un futuro incierto y lejano. Esta es una crónica de la Barcelona del coronavirus.

BARCELONA, España.- “Eeeeiiiiiii, eeeiiiiii”, los gritos infantiles, ensordecedoramente cercanos y un tanto macabros, terminan por echarme de la cama y provocan que poco a poco se agolpen en mi cabeza imágenes de la noche previa. Aún no discierno si son parte del entresueño o si provienen del exterior.

Pepe, mi avejentado Jack Rusell, tuvo un ataque epiléptico en la madrugada y no logró estabilizarse antes de las cuatro de la mañana. Un par de veces me levanté, antes y después del ataque, con unas absurdas ganas de orinar. No terminé de ver la película sobre el escape a Occidente de una familia de alemanes orientales en los años setenta, por la necesidad, casi obsesiva, de refrescar en todo momento el feed de mi tuiter. El solomillo que Julio preparó me cayó pesado y bebí demasiado mezcal. Ahora la reserva casera está a menos de la mitad. Sudé como marrano, gritando entredormido; angustiado, en el sueño más profundo, por no lograr salir de España camino del Distrito Federal, mientras mi mamá, a sus setenta y muchos años, presentaba claros signos de coronavirus y no había manera de que la sanidad, ni pública ni privada, de México le tratasen. Una noche trágica en todo sentido, que me apremia terminar.

“Eeeeei, eeeeiiii, eeeiiiii…”, los gritos se repiten, una y otra vez. Queda claro que son los niños de los vecinos, corriendo en la azotea del edificio. Pobres, pensé en un inicio; hoy, quizá ya no tanto. Cuando intento concentrarme en mi pequeño despacho casero para terminar algún texto no cesan de chillar, a veces haciendo coro con los niños de los vecinos del tercero, del segundo y del primero. Las clases en todas las escuelas catalanas fueron suspendidas el lunes pasado, cuatro días antes de la declaración del estado de emergencia nacional. En un principio no fue grave, a los niños les dejaban en casa de alguien más o se los llevaba al parque algún canguro (término utilizado en España para denominar a los cuidadores de niños). Cuando limitaron la movilidad al cien por ciento, este domingo, y cerraron los parques, el sábado, la casa se convirtió, como para el resto de nosotros, en su único espacio vital. Incluyendo la azotea, en nuestro caso.

“Eeeeiiii, eeeiiii, eeeiiii…”, el ronroneo acompañado de pisadas aceleradas no cesa. Miro el reloj, las 9:30 pasadas. He dormido un poco demás, para compensar la falta de sueño seguida de las pesadillas. Calculo que mientras desayuno, ese jugo de naranja recién exprimido para reforzar los anticuerpos, el café espresso y algún cruasán; me ducho y hago la cama; los hijos de los vecinos habrán terminado el ejercicio mañanero. Pobres, me vuelvo a compadecer. Son una joven pareja belga-catalana que apenas se mudó al departamento de al lado hace 15 días, ni siquiera lograron que les instalasen internet en casa, justo terminaron de desempacar y fue tiempo de empacarse. Hoy nos han vuelto a pedir colgarse de nuestra red, a lo que accedimos, no sin previa discusión marital; son tiempos de solidaridad, concluimos. No se sabe cuándo se reestablecerán ese tipo de servicios, ni cuándo habremos de volver a salir de casa sin ser hostigados por las patrullas de los mossos d’esquadra, que vigilan constantemente que nadie esté en la calle sin motivo de por medio, ni por nuestros temores de contagio. Qué errático, aleatorio e impredecible es el tiempo, la vida, el devenir.

Hace nueve días estábamos disfrutando de los 30 grados de Valencia, comiendo una paella de alcachofas y sepias para chuparse los dedos, bebiendo cazalla (un anís local) en demasía, gritando enfurecidos con cada anotación del equipo contrario durante el partido de pelota valenciana y abrazándonos y besándonos con el grupo de quince amigos que se juntó para pasar la agradable tarde de sábado. Claro, ya habían más de 200 reportes de contagio, pero aquello era en Madrid, en la Rioja y en el País Vasco, aquí estábamos en el Mediterráneo, era fin de semana y hacía buen tiempo. ¿Cómo pasamos de esa jornada tan idílica a estos días tan indolentes de confinamiento?

El domingo, ya de vuelta en Barcelona, escuchábamos durante la comida, incrédulos y con cierto recelo, el anuncio del gobierno italiano sobre el cierre del país, las restricciones de movimiento y el estado general de emergencia. Un breve escalofrío recorrió mi columna vertebral, pero nada aún, pensaba iluso, de qué alarmarse; aquello pasaba del otro lado del mar, teníamos a Francia de por medio. Luego llegó el lunes, y el anuncio del aumento de contagios en Cataluña, el martes y la declaratoria del cierre tímido pero contundente de Madrid, el miércoles y mi recorrido infructuoso por dos docenas de farmacias de la ciudad condal buscando alcohol del 96, mascarillas y gel anti-bacterial. Imposible sentirse tranquilo ese día por la noche al agarrar el metro de vuelta a casa saliendo de mis clases en la Universidad de Barcelona. Las conversaciones, todas, giraban en torno a la recién declarada pandemia. Ahí, en ese momento, lo que nunca antes en la cacofonía sonora de esta la segunda urbe más grande de España, todo estornudo y todo tosido se volvieron tan ruidosos que resultaron insoportables.

Llegó por fin el jueves y la ordenanza de la Generalitat de Cataluña de que se instaurase el trabajo desde casa en todo lugar donde fuese posible; la nuestra, un pequeño departamento de dos recámaras en el corazón del Ensanche, de repente se hizo mucho más chiquita, casi asfixiante. Ese día, por la noche, previendo quizá lo inevitable, salimos a comer pizzas a nuestro lugar favorito del barrio. Las terrazas de bares y restaurantes estaban a reventar. No sé si en una especie de negacionismo colectivo o en un intento desesperado por aferrarse a los últimos instantes de normalidad. Yo, de manera quizá involuntaria, empecé ahí a implementar el distanciamiento social. “Qué inconscientes”, me decía mientras veía a grupos de veinteañeros haciendo botellón, con ganas locas de desproveerme de mis cuarenta y pocos y unírmeles en el festín callejero.

El viernes fue el primer día de los cinco que llevo confinado en casa que no salí. Ese día, los diarios y la televisión lo anunciaron desde primera hora, habría una junta de ministros en la que se tomarían decisiones que habrían de “afectar decididamente” la realidad española. El futuro, de repente nos alcanzó. No era Wuhan, ni Seúl, ni Teherán ni Milán, era Barcelona, en viernes 13. En la tarde, se veía gente correr por las aceras. “Eeeiiii” gritó la vecina catalana a sus niños hispano-belgas bajando del ascensor. “Perdona, vengo volviendo del Corte Inglés, he ido a comprar varias cosas de ropa para los niños, no sé cuándo volverá a abrir”, dijo a manera de disculpa. Palabras salomónicas. A la hora de la comida, la Generalitat anunciaba el cierre, en inicio por quince días, de todo comercio que no fuera de alimentación o de primera necesidad (en el caso catalán y español los estancos, donde se vende tabaco, caen en esta categoría). Cuando Pedro Sánchez hizo su aparición en las pantallas unas horas después decretando el estado de alarma ya todo quedaba claro.

Los 200 contagios se habían convertido en más de cinco mil; hoy, superan los 11 mil y al ritmo actual, de no cesar, podrían doblarse en los próximos días. El sistema sanitario está colapsado y el temor es que se alcance el punto en el que se encuentra Italia, en donde los médicos deciden a quien salvar y a quien dejar morir por la falta de ventiladores pulmonares, equipo e infraestructura. Por lo general eligen a los jóvenes sobre los viejos; porque con este virus todos, independientemente de nuestra edad, condición física o estado de salud, podemos caer. Eso ahora, finalmente, me queda claro.

Barcelona, ciudad industrial, plataforma cultural y meca turística, flota en un limbo de silencios solo roto por el constante paso de ambulancias y patrullas. Las avenidas, las banquetas, las playas, las ramblas y los parques son espacios vacíos y, podría decirse, muertos. Cines, el Camp Nou, gimnasios, bibliotecas, teatros, museos, centros cívicos, oficinas de gobierno, fábricas, peluquerías, tiendas departamentales, librerías, vinotecas, bares, restaurantes, prostíbulos, asociaciones cannábicas, hoteles, sastrerías y un interminable etcétera permanecen cerrados, hasta nuevo aviso. Las fronteras terrestres del país han sido cerradas y por lo que todo parece indicar, los aeropuertos dejarán de operar pronto. Sólo ciudadanos españoles, diplomáticos y residentes en el país pueden entrar, nadie, por cierto, quiere salir.

El Rey Felipe VI dirigirá un mensaje a la nación en las próximas horas. Un mensaje que se suma a los que han dado políticos de todos los colores y filiaciones nacionales en los últimos días, un número no menor de ellos, por cierto, contagiado por el COVID-19 y encuarentenado. Un mensaje que hará un llamamiento a lo que ya estamos haciendo, quedarnos en casa. Porque por ahora, no hay nada allá afuera. La vida, si ha de preservarse, está aquí, adentro.

“Eeeeiiiii”, los gritos de los pueriles vecinos pierden fuerza, son pasadas las siete de la tarde y ha llegado la hora de cenar. Casi puedo adivinar lo que habrán de servirles hoy, las ventanas contiguas al patio interior del edificio dejan escapar todo tipo de olores, no siempre agradables en este confinamiento sin fin. Ahora es turno del concierto de aplausos que puntualmente salimos a dar al balcón a las ocho; aplausos que a veces se prolongan por más de diez minutos, un sentido homenaje a los miles de médicos, enfermeros y personal sanitario que están en la trinchera de esta guerra contra el virus de los tantos nombres. Sin duda héroes que, como tantos otros, podrían morir en el campo de batalla. El aplauso conjunto se ha convertido en cita obligada, levanta los ánimos y nos hace sentirnos parte de algo más grande. Luego vendrá la cena, a ver qué cocinamos nosotros hoy, la película de rigor, el mezcalito de buenas noches y alguna velada de angustias más. Por lo pronto, la búsqueda obsesiva de noticias en redes sociales ha cesado. No se lleva bien con el confinamiento. “Eeeiiii”, me digo a mí mismo, una de cal por las que van de arena.

* Diego Gómez Pickering (@gomezpickering) es periodista, escritor y diplomático. Su libro más reciente es Diario de Londres (Taurus, 2019).