Joel Aguirre · 10 de agosto de 2026
Por Carlos Alejandro Vélez Echagaray*
Imaginemos por un momento una escuela primaria en cualquier país de América Latina durante la década de 1970. Suena el timbre del recreo y el patio se llena de niñas y niños. Encontrarse ahí con una hermana o un hermano era bastante común: las familias tenían, en promedio, entre cuatro y cinco hijas e hijos. Había suficientes personas para formar equipos de futbol, organizar juegos o hacer la tarea en grupo.
Aquella escena también respondía a su momento demográfico. Durante buena parte del siglo XX, distintos países latinoamericanos promovieron el crecimiento de su población. México no fue la excepción: después de la Revolución, la política demográfica estuvo orientada a incrementar la población y favorecer el poblamiento de distintas regiones del país.
En los años 1970 esa política comenzó a cambiar. En México, la frase “La familia pequeña vive mejor” sintetizó una nueva etapa. Cinco décadas después, los patios escolares lucen distintos. De acuerdo con la CEPAL, las familias latinoamericanas tienen actualmente, en promedio, 1.8 hijas e hijos, menos de la mitad que hace 50 años. Completar un equipo de futbol requiere más esfuerzo y cada vez es más común que niñas y niños crezcan más solitarios sin compartir el hogar con otras hermanas o hermanos.
Este cambio forma parte de una transformación demográfica más amplia, caracterizada por la disminución de la fecundidad y el aumento de la esperanza de vida. No es un fenómeno exclusivo de nuestra región. Japón, uno de los países con las tasas de fecundidad más bajas del mundo —alrededor de 1.2 hijas e hijos por mujer—, ofrece una imagen de algunas de sus posibles consecuencias: el Ministerio de Educación estimó que entre 2002 y 2020 cerraron, en promedio, 450 escuelas públicas por año debido a la disminución del número de estudiantes.
América Latina avanza también en esa dirección. Las proyecciones de Naciones Unidas indican que hacia 2050 todos los países de la región tendrán niveles de fecundidad inferiores al reemplazo generacional, es decir, menos de dos hijas o hijos por mujer. El artículo El impacto de la caída de la natalidad en los sistemas educativos de América Latina, de la revista Notas de Población, de la CEPAL, publicó un estudio recientemente en donde se estima que para ese año la demanda potencial de educación (desde el nivel inicial hasta la secundaria) podría reducirse alrededor de 20 %. Hablamos de aproximadamente 38 millones menos de estudiantes.
En los últimos años, distintos países han comenzado a adaptar sus instituciones a una realidad en la que las personas tienen menos hijas e hijos. En lugar de pensar exclusivamente en cómo revertir la caída de la fecundidad, el desafío consiste también en prepararse para sus efectos y aprovechar las oportunidades que puede generar.
La educación es uno de los ámbitos donde esta transformación resulta más evidente. Como lo describe el artículo de la CEPAL, los países de América Latina destinan entre 4 y 6 por ciento de su producto interno bruto a este sector. Si la matrícula disminuye y se mantiene el esfuerzo presupuestario, podría aumentar de manera importante la inversión disponible por estudiante.
Esto adquiere especial relevancia si consideramos que actualmente la inversión por estudiante en la región equivale apenas al 32 por ciento del promedio de los países de la OCDE. Un mayor margen de recursos podría destinarse a mejorar infraestructura, fortalecer la formación del profesorado, actualizar materiales, incorporar tecnologías educativas y atender desigualdades que siguen presentes dentro de los sistemas escolares.
Por supuesto, tener menos estudiantes no producirá automáticamente una mejor educación. El cambio demográfico abre posibilidades; aprovecharlas dependerá de las decisiones presupuestarias y de políticas públicas que se adopten en los próximos años.
Una de esas posibilidades es avanzar en una deuda histórica de la región: garantizar el acceso efectivo a la educación. Según la UNESCO, alrededor de 34 millones de niñas, niños y adolescentes de entre 3 y 18 años permanecen fuera de programas educativos en América Latina. La disminución del tamaño de las generaciones futuras puede generar mejores condiciones para concentrar esfuerzos y recursos en quienes todavía están fuera del sistema.
Esto forma parte, además, de una obligación asumida por los Estados. El artículo 28 de la Convención sobre los Derechos del Niño reconoce el derecho a la educación y establece compromisos para garantizar la enseñanza primaria obligatoria y gratuita, ampliar el acceso a la secundaria y la educación superior, y reducir la deserción escolar.
La transición demográfica puede convertirse, así, en una oportunidad para acercarnos al cumplimiento efectivo de ese derecho.
La transformación, sin embargo, va más allá del presupuesto. Menos niñas y niños en las aulas también modificará la forma en que las nuevas generaciones sociabilizan y construyen a la comunidad.
Con familias más pequeñas, para muchas infancias la escuela tendrá un peso todavía mayor como espacio de convivencia con sus pares. Allí aprenderán a compartir, resolver conflictos, construir vínculos y desarrollar habilidades socioemocionales. La escuela seguirá siendo un lugar para adquirir conocimientos, pero su función como espacio de encuentro y construcción de ciudadanía puede adquirir una relevancia aún mayor.
Por eso, prepararnos para una sociedad con menos nacimientos implica pensar también qué escuelas necesitarán esas nuevas generaciones.
Durante décadas, distintos gobiernos del mundo han recurrido a incentivos económicos para intentar elevar la fecundidad. Sin embargo, las decisiones sobre tener hijas o hijos responden a transformaciones sociales, económicas y culturales profundas, y las tendencias demográficas muestran que las familias pequeñas serán cada vez más frecuentes.
Quizás, entonces, la pregunta más útil no sea cómo volver a los niveles de fecundidad del pasado, sino cómo adaptar nuestras instituciones a la sociedad que estamos construyendo.
Una región con menos nacimientos no tiene por qué significar una región con menos oportunidades. Si la transición demográfica permite invertir más y mejor por estudiante, ampliar la cobertura y fortalecer la calidad educativa, América Latina tendrá frente a sí una oportunidad poco frecuente: aprovechar un cambio poblacional que ya está ocurriendo para garantizar mejores condiciones educativas a las nuevas generaciones.
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*Carlos Alejandro Vélez Echagaray es economista y demógrafo especializado en temas de mercado laboral, seguridad social y envejecimiento. Cuenta con una maestría en economía en la Universidad de Guanajuato y doctor en Estudios de la Población por el Colegio de México.