Mayra Zepeda · 29 de junio de 2013
“Muévete, cuerpo viejo, que yo te traje pa que te divirtieras”.
Bailadores de fandango en la Costa Caribe, según el periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos.
Bailar. Ese espacio al que ella acude como fuente inagotable de felicidad porque cuando baila todo es natural: el sudor que mana de la frente y el cuello, las risas de un paso mal logrado o un pisotón, el movimiento de caderas que libera la sensualidad escondida, la feminidad que aguarda; los hombros tiesos ansiosos por aprender a soltarse, esos pies izquierdos que de pronto toman sentido y rumbo…
Bailar con alguien. Que te tomen de la cintura. Mirarse y sincronizar las sonrisas. Apartar los ojos de pronto porque aguantarle la mirada al hombre o la mujer que te gusta es imposible, porque los ojos de pronto revelan demasiado…
Fue Charles Darwin el primero en decir que bailar formaba parte de un ritual de apareamiento, íntimamente relacionado con la evolución y la supervivencia humana.
Entonces, ¿bailar para seducir? ASAP Science explica que a través del baile una persona demuestra confianza e intrepidez, y que, además, los movimientos asociados con las buenas formas de bailar son indicativos de buena salud y potencial para la reproducción.
Según los resultados de un estudio realizado por la Universidad de Northumbria, en Reino Unido, a las mujeres les atraen más los movimientos masculinos relacionados con la parte superior del cuerpo: giros, inclinaciones fluidas, diversas.
Las chicas percibieron a los malos bailarines, dice el estudio, con movimientos repetitivos, rígidos, nerviosos y sacudidos.
***
Tres mujeres con mojitos en mano. Las tres no apartan los ojos de un hombre que no rebasa los 1.60 metros de altura ni los 60 kilos de peso y que en la cabeza lleva un gorro que dice Venezuela con los colores de su bandera.
Johan se mueve con la naturalidad de alguien que seguramente comenzó a bailar desde muy pequeño. Con sus movimientos suaves y sensuales, parece que flota. En su baile no hay nada exagerado ni femenino (como en algunos buenos bailarines, por ejemplo). Las mujeres de su grupo no lo dejan descansar ni un segundo. Todas le observan la cadera, las piernas, el torso, el rostro apacible y la sonrisa. Johan les atrae sólo por cómo baila.
Se prenden las luces. Se acaba la fiesta. Ninguna de las tres rumbea con Johan, pero una de ellas siente que debe ir y decirle lo hermoso que baila.
Ella: ¡Hey, Venezuela! Qué bonito bailas.
Johan: Muchas gracias. (Sonríe y la toma del hombro) ¿Por qué no me dijiste y te sacaba a bailar?
Ella: Porque estabas ocupado todo el tiempo.
Johan: Sí, vino un grupo de venezolanos y los traje a bailar. Pero te doy mi número y…
Ella: Sí, cuando venga para acá te llamo.
Se sonríen como una promesa de que este sábado bailarán salsa hasta que amanezca.
***
Un hombre le toca el hombro y ella voltea. Es guapo, pequeño, pero guapo. La invita a bailar y ella acepta. En realidad, ella acepta bailar con cualquier hombre que la invita porque va a eso, a bailar, no a quedarse sentada bebiendo como lo hacía hace algunos años, cuando quién sabe por qué le dio por negar y esconder que le gustaba mover el cuerpecillo con la música y sudar.
“¿Sabes bailar?”, ella le pregunta y él responde muy seguro que sí. Al llegar a la pista, la verdad: el hombre no baila un carajo. ¿Saben? El problema no es que no sepan bailar, es que no tengan gracia para intentarlo o humor para aceptarlo.
Él baila frente a ella como un simio, sin quitarle los ojos de encima, de tal manera que de pronto resulta intimidante. Se mueve terriblemente, sin ritmo, creyendo que es sexy. De pronto se le acerca, la toma de la cintura con fuerza y le empieza a perrear y a pasar las manos por el cuerpo.
“Hey, hey, momento, así no me gusta”, ella le dice y él se aleja un poco. “Qué sexy te quedan esos lentes…qué bien te mueves…estás guapísima…”, esos piropos comienzan a sonar repugnantes. Le toca la cara con las dos manos, dibuja su silueta en el aire. De pronto se voltea y le embarra el trasero, moviéndolo de un lado a otro, adelante y atrás y ella se quita. Ya no quiere “bailar” con él, no lo está disfrutando, se siente incómoda. Él le arruina su salsa favorita con todas esas actitudes de macho pervertido que cree tener derechos sobre el cuerpo de una mujer sólo porque baila, mueve las caderas y le parece sensual.
Cuando ella decide voltearse y dejar de bailar con él para empezar con un amigo, el tipo le suelta una nalgada.
Así nomás.
Le cuesta unos segundos darse cuenta de lo que sucede. Cuando lo hace, voltea a verlo enfurecida. Él tiene una sonrisa en la cara, como si le pareciera divertido y sexy lo que ha hecho.
Ella se le acerca mucho, colérica, alza un dedo y le dice que en su vida la vuelva a tocar. La sonrisa se le va de la cara y dice un tímido “perdón”. No la vuelve a sacar a bailar en toda la noche.
***
¿Y ella, deliberadamente, se propone seducir cuando baila? No siempre, pero lo ha hecho. Lo curioso es que nunca seduce cuando se mueve de manera sensual (en su cabeza ella es sensual a veces, sí, porque puede y quiere y qué), sino cuando hace el ridículo y saca sus movimientos más exagerados, robóticos y monstruosos.
Tal vez seduce porque ríe, porque disfruta el ridículo, porque se divierte. Se olvida del típico juego de las miradas y sólo espera que la presa se dé cuenta que ella, así como está, sola, se la pasa bien. Entonces los hombres se acercan cuando está la “Macarena” o el “Coco jambo” o alguna porquería noventera que tanto adora.
¿Le gustó alguien? Es hora de sacar los peores pasos de su repertorio. Los peores.
***
Nos besamos bailando
En medio del lugar
La música ya va llegando al último compás…
Hasta hace unos meses, ella no conocía el poder de seducción que puede tener un hombre al momento de bailar. Nunca los mira a los ojos. Una noche los alzó y se encontró con los de ese hombre de sonrisa barbada.
¡Cómo se movía! Era natural, sensual, como si hubiera nacido con el ritmo en las caderas y las piernas, el pecho suelto y la eterna sonrisa (aunque él siempre diga que es mentira, que no baila igual de bien que sus paisanos los caleños).
Los recuerdos son claros. Ella decidió comenzar a tomarle fotografías imaginarias para asegurarse de nunca olvidar cómo había sido bailar con él.
En general, a ella no le gusta el contacto físico, no permite que vulneren su dominio, se siente incómoda con tanta cercanía. Pero con él fue distinto. Desde el primer momento que bailaron ella le dio la bienvenida a sus manos, a su cuerpo, a su boca.
¿Y eso? Porque él le inspiró confianza, porque sus manos fueron suaves, carentes de amenaza, por su sonrisa gentil.
Esa noche, después de despedirse con besos, después que él la llamó por teléfono para repetirle cuánto le gustaba y decirle que quería verla al día siguiente (y al siguiente, y al siguiente), ella se aventuró a pensar en un cliché y modificarlo.
Con toda la vergüenza del mundo, ella pensó en la existencia del “love at first sight” y la transformó al “love at first dance”. Así de impresionada quedó. Se dio permiso de ser cursi con un desconocido. ¿Y qué!
Todos los días que bailó con él fueron de felicidad. Todos. Cada noche le tomó fotografías imaginarias para recordar al hombre que la había hecho pensar en el “love at first dance”.
Él, bajo las luces rojas del karaoke, con la cabeza hacia atrás, moviéndola de un lado a otro, los hombros descuidados, el cuello, la barba…