Bad Bunny o el conejo de Troya de la “nueva” masculinidad latina

Claudia Ramos · 13 de febrero de 2026

Bad Bunny o el conejo de Troya de la “nueva” masculinidad latina

“Ahora todos quieren ser latino, pero les falta sazón, batería y reguetón”, recitaba Bad Bunny, trepado en un simulado poste con cables de alta tensión entre la maleza que representaba los pastizales puertorriqueños, en medio del estadio. Un estadio abarrotado que albergaba el Súper Tazón, el evento de deporte-entretenimiento anual más importante en la televisión estadounidense y que, por extensión, era seguido por millones de personas alrededor del mundo. Lo hacía, además, en castellano, como haría el espectáculo de medio tiempo casi en su totalidad; la primera vez que algo así ocurría en la ya algo longeva tradición del evento, este año en su edición número 60.

La ultraderecha estadounidense había dado su veredicto desde hacía meses, cuando se anunció la participación del artista en el evento: se trataba de una afrenta a la quintaesencia estadounidense (o sea, la blanquitud protestante). Donald Trump calificó el espectáculo como “atroz” y lo mismo hicieron centenares de voces afines a su postura política-ideológica. Por otro lado, muchos más medios, comentaristas y personas opinadoras comúnmente descritas como “liberales” —opositoras, por definición de lo MAGA 1— se rindieron ante el puertorriqueño, calificando su actuación como lo más alegre y festivo que habían visto nunca en ese espacio, una celebración de lo latino y del multiculturalismo que, desde su perspectiva, es lo que hace maravilloso a los Estados Unidos.

La audiencia mexicana no fue inmune al encanto de la isla estilizado por Benito Antonio Martínez Ocasio (el nombre de pila del cantante); las redes sociodigitales se colmaron de halagos y comentarios celebrando su representación de la latinidad y su recordatorio de que América es también el nombre del continente que se extiende más allá de las fronteras de Estados Unidos, e incluye a las naciones del caribe. Incluso, el comentarista de la cadena ESPN en español, John Sutcliffe, autodefinido como mexicoamericano, confesó haberse emocionado hasta las lágrimas con el show, mientras soltaba frente a cámara un: “viva Bad Bunny”.

Ante esta sensación de triunfo simbólico, lamento aparecer como un aguafiestas. Pero esta me parece una ocasión oportuna para hablar de algunas de los claroscuros de la actuación y el propio personaje de Bad Bunny. Parafraseando el popular y picaresco meme: muy (Puerto) Rico y todo, pero… ¿qué hay de los aspectos problemáticos (porque los hay, siempre los hay) de la figura del joven y exitoso boricua?

Martínez Ocasio saltó a la fama a finales de la década pasada. Irrumpió con fuerza en el género musical llamado “urbano” que, también desde entonces, domina los registros de popularidad en América Latina y, más recientemente, a nivel mundial. Esa etiqueta designa a una serie de variantes musicales producidas principalmente por artistas de origen caribeño, centro y sudamericano. Entre ellas reina, indiscutida, el reguetón, que tiene una profunda raigambre popular y de los estratos más oprimidos en esa geografía; un ritmo contagioso y altamente festivo, que invita al goce corporal. Hasta ahí, todo bien. Pero, como muchas otras expresiones musicales, es problemático en la medida en la que reproduce y/o enaltece una serie de estereotipos, actitudes, creencias y mandatos de género que algunas personas describirían como “tóxicos”.

Más allá de consideraciones moralinas de buenas conciencias agraviadas por lo explícito de las letras de Bad Bunny, y de la mayoría de las canciones de reguetón, hay un problema más profundo con la música, la estética y la práctica simbólica de Benito. La imagen de Bad Bunny es la de un varón a tono con los tiempos, sensible a una serie de problemáticas sociales, desafiante de normas y convenciones en torno al género y la sexualidad; lo mismo puede aparecer en un video caracterizado como mujer, usar faldas o vestidos en apariciones públicas, que desdeñar el matrimonio como una institución opresora (tanto para mujeres como para hombres) en sus canciones. Todo ello desafía el orden de género “tradicional” cis-heteronormativo que aún impera en la región latinoamericana. Pero sus letras y su obra entrañan conceptos naturalizados sobre qué son y cómo actúan los hombres, que forman parte parte del modelo normativo de masculinidad que sostiene —precisamente— ese orden de género desigual contra el que, en apariencia, se revela.

La imagen alternativa y disidente de Benito tiene que ver, sobre todo, con la estética y la apariencia varonil tradicional, y la posibilidad de subvertirla de manera individual. Pero mientras da la apariencia de novedad, como un conejo de Troya, en el interior permanecen —invisibles— aspectos de la masculinidad como proyecto hegemónico que sigue articulando la opresión de múltiples grupos y la jerarquización de formas diversas de ser varón. Y que siguen naturalizando el sustrato sexista, machista y misógino —a veces más y a veces menos aparente— en los discursos y las prácticas del género urbano en particular, y de la industria del entretenimiento en general. La literatura especializada se ha referido a este tipo de masculinidad como “híbrida” (Bridges y Pascoe, 2014) 2, una forma de representar la masculinidad tomando prestados elementos estéticos de colectivos históricamente oprimidos por la masculinidad hegemónica (caracterizados como femeninos, afeminados, etc.), para distanciarse discursivamente de la hegemonía sin romper de fondo con ella ni desarticularla.

Un par de ejemplos pueden ayudar a ilustrar lo anterior. La hipersexualidad ha sido y sigue siendo uno de los elementos fundantes de la masculinidad más hegemónica. Desde muy jóvenes los varones sexualizamos nuestra convivencia, por medio del lenguaje, el juego, y la competencia. Se trata de una sexualidad predominantemente heterosexual, que sigue teniendo la apariencia de naturalidad biológica. Por eso Benito tiene novias desde el kínder, y repartidas por toda Hispanoamérica. Y no es que elija no relacionarse con ellas a través del modelo tradicional de amor (monógamo y heterosexual), sino que, simplemente, “no puede” enamorarse. Por otro lado, la competitividad y el control siguen al centro en esta performance de masculinidad “urbana”. El boricua reconoce y valida en su música el deseo sexual de las mujeres, favoreciendo su emancipación. Pero nos deja claro que sabe bien lo que ellas quieren: un “bicho cabrón” como el suyo. El valor en la jerarquía del intercambio (hetero)sexual reside en el falo, y el desempeño sexual de los hombres es en realidad el protagonista. Por eso, el más “cabrón” se queda con las mujeres, mientras los demás están naturalmente destinados a una posición subalterna; si no son atractivos y no tienen un desempeño sexual arrollador, quedarán debajo en la jerarquía masculina (tal vez, incluso, como INCEL 3).

Finalmente, no está de más decir que si bien la representación cultural es relevante, tiene sus límites. Mientras Bad Bunny ponía a perrear a millones de personas, muchas otras permanecían en centros de detención en Estados Unidos debido a su estatus migratorio, miles han sido deportadas, y otras tantas continúan siendo explotadas por la maquinaria al servicio del capital. Ni que decir del “sazón” latinoamericano que sigue colocando a la región como la más peligrosa para las mujeres según CEPAL, y también para muchos hombres.

Como dijo Benito, “seguimos aquí”, dando la batalla por el reconocimiento y el respeto de los pueblos latinoamericanos. Y también por visibilizar las múltiples formas en la que tenemos que seguir desmontando la visión machista, sexista y misógina con la que se nos ha construido como varones. Seguiremos

* Alí Siles (@AliSilesB) es investigador en el Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG) de la UNAM (@CIEGUNAMy especialista en masculinidades.

 

1 Las siglas del eslogan político Make America Great Again que se utilizan para referirse a todo lo relacionado al trumpismo, y a sus seguidores y adeptos.

2 Bridges, T. y Pascoe C.J. (2014). Hybrid Masculinities: New Directions in the Sociology of Men and Masculinities. Sociology Compass 8(3). 246-258.

3 El término derivado de la expresión en inglés Involuntary Celibate (célibes involuntarios) que varios hombres enojados con mujeres y hombres atractivos reivindican, y ha llevado a algunos a cometer actos de violencia.