Bad Bunny es Good Bunny

Claudia Ramos · 11 de febrero de 2026

Bad Bunny es Good Bunny

Bad Bunny convirtió el medio tiempo del Super Bowl en un acto político cuidadosamente coreografiado que dialoga con una larga tradición de gestos de resistencia y llamados a la unidad en el deporte y el espectáculo en Estados Unidos. Su mensaje resuena en un país que presume la libertad de expresión, pero que sigue atrapado en tensiones raciales y en políticas antiinmigrantes cada vez más agresivas.

En un estadio abarrotado y conectado al mundo entero, Bad Bunny eligió responder al clima de miedo alimentado por las operaciones de ICE y por amenazas públicas de que habría presencia de agentes migratorios alrededor del Super Bowl. Días antes ya se había debatido si su presencia pondría en riesgo a comunidades latinas e indocumentadas, y la propia NFL tuvo que aclarar que no habría operativos de detención vinculados al juego, reconociendo de facto que el fútbol americano se disputa hoy también en el terreno de la política migratoria. En ese contexto, el artista puertorriqueño cerró su actuación enumerando los países de todo el continente americano y rematando con un “God bless America” que, lejos de ser un guiño al nacionalismo excluyente, reivindicó la idea de América como espacio compartido, diverso y mestizo, donde los latinos no son invitados: son parte constitutiva del proyecto.

Su gesto no surge en un vacío, sino que se inscribe en una genealogía de rebeldías deportivas frente al racismo y la exclusión. Recordemos que en 1968, en los Juegos Olímpicos de México, Tommie Smith y John Carlos alzaron el puño con guante en el podio de los 200 metros planos, denunciando la violencia racial en Estados Unidos y pagando un altísimo costo, pues fueron expulsados de los Juegos y estigmatizados durante años. Décadas más tarde, en la propia NFL, Colin Kaepernick decidió arrodillarse durante el himno nacional para denunciar la brutalidad policial contra personas negras, inaugurando una ola de protestas que lo dejó sin equipo, pero lo convirtió en símbolo global de resistencia. El basquetbol y el beisbol tampoco han sido ajenos: LeBron James ha usado de forma sistemática su plataforma para hablar de racismo estructural y participación política, mientras equipos como los Phoenix Suns jugaron como “Los Suns” en rechazo a leyes migratorias discriminatorias en Arizona, y las protestas masivas tras el asesinato de George Floyd forzaron a franquicias como Washington y Cleveland a abandonar nombres y mascotas ofensivas para los pueblos originarios.

La lista es larga y atraviesa disciplinas y épocas: de Muhammad Ali negándose a ir a Vietnam, a Kareem Abdul-Jabbar y Jim Brown articulando sus carreras deportivas con causas por los derechos civiles, pasando por generaciones recientes de atletas olímpicos y profesionales que se pronuncian contra el racismo y en favor de la igualdad. Todas estas gestas comparten un hilo conductor: usan el escenario deportivo que se presenta como neutral y “apolítico“, para evidenciar que la neutralidad, en contextos de desigualdad, es una forma de complicidad. En cada caso, la reacción del poder ha sido ambivalente: castigo y censura cuando la protesta irrumpe de forma espontánea, y cooptación o administración del mensaje cuando la crítica se vuelve imposible de ignorar.

Ahí radica una de las particularidades del medio tiempo de Bad Bunny: no fue un acto aislado de insubordinación individual, sino una puesta en escena planificada y asumida por la propia NFL y por la industria del entretenimiento, plenamente conscientes del impacto de su discurso en un país gobernado por un presidente que ha respaldado políticas de endurecimiento migratorio y un discurso hostil hacia los “ilegales”. El hecho de que, tras meses de polémica y hasta amenazas de que ICE estaría “por todas partes” en el Super Bowl, la liga confirmara que no habría operativos de detención, muestra que el negocio entendió que convertir el miedo en espectáculo podía volverse en su contra y optó por asociarse a un mensaje de unidad continental que, sin nombrarlo directamente, cuestiona el uso del aparato migratorio como herramienta de intimidación política.

En un país construido por migrantes sobre territorios arrebatados a pueblos originarios, que hoy siguen movilizándose contra nombres de equipos y símbolos que perpetúan su humillación, el medio tiempo de Bad Bunny funciona como espejo incómodo. La narrativa oficial habla de Estados Unidos como baluarte de la libertad y los derechos humanos, pero, al mismo tiempo, normaliza la detención masiva de personas sin documentos, el uso excesivo de la fuerza y la producción sistemática de crímenes de odio que rara vez se reconocen como tales. Cuando un artista latino, nacido en Puerto Rico —territorio colonizado que es parte de Estados Unidos, pero cuyos habitantes viven ciudadanía de segunda— se planta en el escenario más visto de la televisión estadounidense para decirle al público que “somos humanos, somos americanos” y que no son “animales” ni “aliens”, conecta directamente con discursos previos suyos en premios como los Grammy, y desarma la retórica que deshumaniza a la migración.

En redes sociales, el eco de esa intervención no se limitó al elogio a la producción musical o al espectáculo visual: millones de usuarios retomaron la idea de una América que va de norte a sur y cuestionaron el derecho de cualquier gobierno a definir quién pertenece y quién no en un país que jamás ha resuelto su propio contrato social. La polarización quedó expuesta en tiempo real: mientras sectores conservadores insistían en que el deporte debe mantenerse “al margen de la política”, otros recordaban que fueron justamente las luchas de atletas y artistas las que abrieron espacio a debates hoy considerados básicos, desde los derechos civiles hasta el matrimonio igualitario. El medio tiempo se transformó así en un foro transnacional, donde la diáspora latina, las comunidades negras, los pueblos originarios y otros colectivos pudieron reconocerse en un mismo relato de exclusión, pero también de resistencia.

La historia demuestra que estos gestos no cambian, por sí solos, estructuras de poder ni detienen el aparato de deportación o la lógica de criminalización. Sin embargo, sí alteran el imaginario: colocan a millones de espectadores frente al recordatorio de que, en el país que se reivindica como ejemplo democrático, seguir deteniendo, humillando y violentando a personas en nombre de la ley no es un simple “exceso”, sino la expresión contemporánea de una mentalidad de superioridad racial que viene de la colonización y de la esclavitud. Al seguir la estela de Smith y Carlos, de Kaepernick, de LeBron y de tantos otros, Bad Bunny no solo consolidó su propio lugar en la historia de las gestas deportivas y culturales contra el racismo y la xenofobia, también dejó claro que, mientras existan estadios llenos, cámaras encendidas y redes sociales dispuestas a amplificar, la cancha nunca será exclusivamente de quienes mandan.

* Iliana Rodríguez Santibáñez es profesora-investigadora del Tecnológico de Monterrey, Ciudad de México.