Redacción Animal Político · 17 de enero de 2025
Maestro difusor de sueños y pesadillas, constructor disciplinado de una realidad que, apegada en todo momento a la esencia narrativa del cine y su lenguaje, consiguió crear un universo siempre convincente pese a la apabullante extrañeza que reflejaba, David Lynch -acaso el director más inquietante de su generación- se fue de este plano dejando un enorme hueco en la industria dentro de la cual supo contar como nadie historias que se quedan ya para el registro de los niveles que alcanzó el arte cinematográfico durante el siglo XX, período durante el cual, a partir de los cada vez más lejanos años setenta, aportaría un porcentaje respetable de las hasta hoy consideradas sus mejores y más emblemáticas películas.
En suma, se fue David Lynch (78 años de edad y prácticamente el mismo número de trabajos dirigidos para cine, televisión y el medio publicitario, más allá de sus múltiples apariciones como actor), pero se quedan para la memoria del mundo los desiertos del planeta Arrakis de Dune, cruzados en su interior arenoso por aquellos gusanos gigantescos que le diseñó para la cinta Carlo Rambaldi, ese genio de los efectos especiales (artífice por cierto de otra suerte de criatura alienígena: ET) y también la solitaria oreja humana tirada sobre el pasto de Blue Velvet; la atmósfera enrarecida que persigue a los personajes de Twin Peaks y la enigmática llave azul de Mulholland Drive. Ha muerto el cineasta creador de un universo surrealista impecable y a la vez ha surgido un referente indiscutible para los directores de reciente cuño que, nacidos en este siglo donde “lo de hoy” es el preciosismo, busquen algún día enfrentarse a los convencionalismos para atreverse a hacer cine como un genuino vehículo de expresión personal.
“¡No soy un animal, soy un ser humano!”, se escuchaba gritar en los spots de la radio mexicana de principios de los ochenta a Joseph Merrick, personaje central de El hombre elefante, película de Lynch explotada de forma masiva que narraba la historia de aquel ciudadano inglés que, afectado por graves deformaciones que le cruzaban todo el cuerpo, nunca perdió su sensibilidad y hacia el final de su vida fue reconocido entre la sociedad de su tiempo (siglo XIX) como un hombre excepcional, mucho más allá de su aspecto físico. Al respecto del personaje y la fascinación que ejerció en él, David Lynch declaró que el día que su agente Stuart Cornfeld le mostró el guión, este llevaba bajo el brazo tres proyectos más, pero al escuchar el título The elephant man algo chispeó en su subconsciente indicándole que aquella era la cinta en la que quería trabajar. “Era como si lo supiera de algún lugar del pasado profundo. Ese era absolutamente el guión indicado y nunca escuché lo que eran los otros tres y no quería saber” (tomado de Room to dream, memorias del autor).
Si ese momento (que bien podría parecer tomado de alguno de sus films) no se hubiera dado, es posible elucubrar, en los más lyncheanos términos, que Dune jamás habría llegado a nuestras pantallas de la manera en que llegó, los fans de Twin Peaks andarían por el mundo algo desprovistos de estética y el azul que puebla los sueños de muchos quizá sería un azul muy, muy distinto.