blogeditor · 4 de junio de 2021
“Y entonces resolví asistir al estadio. Como era un encuentro más sonado que todos los anteriores, tuve que irme temprano. Confieso que nunca en mi vida he llegado tan temprano a ninguna parte y que de ninguna tampoco he salido tan agotado”.
“El juramento”. Gabriel García Márquez
La ciudad vuelve a poblarse de automóviles. Gradualmente y conforme el plan de vacunación avanza a pasos diarios, el colosal monstruo urbano dentro del cual vivimos los chilangos vuelve a la vida y con él vuelven también todos los signos que, escandalosamente, ratifican su vitalidad. Uno de ellos es el tráfico, que de plano ha vuelto a inundar las calles que durante meses palidecieron, prácticamente mudas a falta de uso cotidiano. La ciudad viene de regreso en momentos en que el ambiente aquí dentro está crispado, como en el resto del país en que las cosas se encuentran igualmente enrarecidas.
Pero vuelvo al tráfico citadino, que avanza pesado en medio de los días previos a la madre de todas las batallas electorales y he aquí que el actor central de esta historia que cuento ya se desplaza a ciertos asuntos, como muchos que, comenzando a entrenar para la realidad híbrida que se avecina, agendan ya algunas juntas y reuniones presenciales, destinadas todas a hinchar el tráfico de esta ciudad, que poco a poco va mutando a un mood postpandémico.
Este personaje de la historia que narro no es precisamente un aficionado al futbol ni a ningún deporte. Por años, el único vínculo que ha mantenido con el ritual de estadio más popular del planeta ha sido el recuerdo que cualquier partido le despierta instantáneamente, llevándolo a imaginar a sus hermanos —ellos sí, hinchas de corazón encendido— llorando de pura emoción en las gradas mientras su equipo favorito, el dueño absoluto de su subconsciente futbolero, anota un gol o gana algún juego. Así es, con todo su peso: el estelar de este cuento que cuento no puedo haber sido yo, pues tengo muchos años, y años (y años) sin haber asistido a ningún encuentro y la emoción que muchos sienten cuando triunfa su equipo sencillamente no la entiendo.
Si el protagonista de este relato no soy yo, entonces no comprendo por qué, después del cerrón que un auto le dio a otro mientras tratábamos de avanzar, se asomó por la ventanilla para gritar, al igual que otros espontáneos solidarios, exactamente lo mismo que, ante el conato de bronca que se armó luego del cerronazo, uno de los dos conductores enfrentados tuvo a bien gritar mientras hacía sonar su claxon rítmicamente, como lo hace uno cuando en lugar de salir de un embotellamiento en realidad lo que quiere es festejar y acompaña los bocinazos rítmicos gritando encendidamente el nombre de su más cercano recuerdo futbolero: “¡Azul, azul!”, apagando entre risas el enfrentamiento, luego de resolver con la fuerza de un campeonato el evento.
La ciudad vuelve a poblarse de automóviles y ayer la tarde nublada, por unos instantes, se pintó de repentino festejo. Fue un alivio constatar que luego de casi una semana, el futbol haya servido para paliar así fuera un solo, pequeñísimo enfrentamiento.
Viva La Máquina, que fuera de tiempo nos regaló a varios ese azulado momento.