blogeditor · 22 de agosto de 2022
Seguramente algunas de las personas que vuelan aviones comerciales son mejores que otras; seguro algunas de ellas cometen errores más o menos graves, pero los aviones no se andan cayendo. ¿Por qué? Hay muchas razones para que un avión no se caiga, pero una de las más importantes o quizá la más es que quien está al mando en la cabina del avión no puede apagar todos los controles del vuelo, aún si quiere.
Con alumnas y alumnos uso este ejemplo todo el tiempo para aprender el concepto de redundancia. Traemos la referencia de la aviación para entender que la redundancia asegura el reemplazo de un sistema si otro no funciona. Se suele referir a la redundancia como un esquema de controles sobre controles.
¿Y qué tiene que ver esto con los hechos de septiembre del 2014 en Ayotzinapa? Los aviones no se caen -o casi nunca-, en cambio, las instituciones se caen todo el tiempo. Desde la perspectiva sistémica de la rendición de cuentas la comparación aplica perfectamente, analizando cómo funcionan los sistemas de control. La pregunta es muy simple: ¿se pueden o no manipular e inutilizar los controles?
En el Instituto para la Seguridad y la Democracia (Insyde), poco después de haberlo fundado en el 2003, construimos un modelo de interpretación de la rendición de cuentas aplicado a las instituciones policiales que nos llevó a una clave de compresión de relevancia extraordinaria: las desviaciones de las personas tienen siempre un soporte institucional, ya sea porque la institución estimula las malas conductas de quienes la representan, ya sea porque no las controla. Junto con el CIDE, publicamos un libro al respecto, pionero en México.
Desde aquellos años, cada vez que miro la violación a la ley o a los derechos humanos por parte de una persona en función pública, mi interés está dirigido mucho más a la fractura institucional que a la conducta personal. Hoy no me queda duda, la repetición de los problemas de las instituciones de seguridad y justicia penal está asegurada siempre que el andamiaje institucional tenga debilitados o apagados sus controles, esté quien esté a cargo.
Por allá por los noventa el académico Miguel Sarre contaba cuántas personas habían sido formadas en cursos de la entonces Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal y habían pasado por esa institución, refiriendo que el recambio interminable de la gente al paso del tiempo no traía el cambio en los resultados de la dependencia; ya desde entonces nos aproximábamos a este enfoque sistémico de rendición de cuentas, entendiendo que el cambio de las personas no significa por sí mismo el cambio de las instituciones.
Una vez más el Estado mexicano nos ofrece ahora una versión escandalosa de su propia descomposición asociada al ataque contra los estudiantes de Ayotzinapa; si esas acusaciones se prueban, estará claro que las personas a cargo apagaron todos los controles internos, mientras los controles externos sobre esas instituciones estaban igualmente colapsados. Por lo demás, se trataría de un concierto de voluntades monumental entre operadores de instituciones federales, estatales y municipales, lo que corroboraría que la disponibilidad de las instituciones para intereses criminales atraviesa los tres órdenes de gobierno.
Pero una vez más se insistirá en las responsabilidades penales y acaso quedará al margen este otro enfoque: el de la rendición de cuentas institucional en clave sistémica. Así las cosas, nadie o casi nadie exigirá la demostración de que los sistemas de control que estaban apagados en el 2014, hoy están prendidos. Y sin poder confirmar eso, las condiciones que hacen posibles las desviaciones seguirán vigentes, dejando latentes los riesgos de la repetición.
Seguiremos insistiendo: mientras las personas a cargo puedan apagar los controles, las instituciones, a diferencia de los aviones, se seguirán cayendo.