Axolowashing: el axolote lavador de conciencias

Claudia Ramos · 28 de enero de 2026

Axolowashing: el axolote lavador de conciencias

Una de las actividades más nocivas para el futuro de la humanidad, pero que pasa desapercibida, es el Greenwashing (lavado verde). Una definición del Greenwashing recurrente es la de “estrategias publicitarias que las compañías usan para presentarse como respetuosas con el medioambiente, cuando no lo son”. Pero es más grave que un simple engaño que da gato por liebre. Una analogía de lo peligrosa que puede ser es la del charlatán que le vende placebo inocuo a un paciente afectado por una enfermedad grave. Además de robarle dinero, está evitando que el paciente busque una solución real a su enfermedad. Así, frente a la crisis ambiental que pone en riesgo el futuro de la humanidad, el Greenwashing de empresas y gobiernos que publicitan que “hacen como que hacen” por el medio ambiente, pero en realidad lo están destruyendo, evitan que la sociedad exija acciones sobre este tema.

Existen muchos ejemplos del famoso “Greenwashing”, pero en la Ciudad de México, el mejor ejemplo es la utilización del axolote como estrategia publicitaria. Esta estrategia va más allá del engaño por el respeto al ambiente, también afecta la historia y la cultura mexicana, el “Axolowashing”.

El axolote ganó popularidad en la última década. Nadie daba un céntimo por él en el siglo pasado, que fue la época del “México moderno”, cuando se buscaba verter concreto en cada colonia para demostrar el desarrollo, mientras que el concepto de conservación se limitaba a los grandes mamíferos que habitan en otras regiones del globo terráqueo. Pero por diversas razones, algunas de ellas comerciales, se redescubrió al axolote como especie popular e interesante para el público, en particular el infantil. Y dio la casualidad de que este anfibio habita en los humedales de la Ciudad de México.

A simple vista esta popularidad sería buena para la conservación. A nivel internacional se ha visto que una especie carismática, como esta salamandra, entra dentro del concepto de “especie bandera”. Este concepto asume que hay especies que son muy útiles para mover conciencias para la conservación de los ecosistemas, el requisito es que estas especies deben de ser carismáticas. En mi laboratorio utilizamos este principio con dos objetivos, conseguir fondos para el rescate de la especie, y generar educación ambiental donde la sociedad relacione la conservación de una especie con la conservación de todo el hábitat.

Pero aunque nos consideremos muy modernos, en la Ciudad de México no hemos variado las premisas del siglo pasado sobre ese México moderno, seguimos apostando por el concreto y el asfalto con la esperanza de llegar al primer mundo. Por ejemplo, la administración pasada construyó un puente en plena Área Natural Protegida, con el argumento de que traía desarrollo. También sigue pensando que la conservación de la naturaleza es un problema de otras partes del país y del mundo. Con estas premisas, no tenemos la necesidad de conservar nuestros bosques y humedales. Por ello, la política para la protección del Suelo de Conservación en el sur de la Ciudad de México es tan laxa que en los planes de ordenamiento territorial siempre se busca utilizarlos para actividades económicas de urbanización potencial. Vemos a los humedales urbanos como molestas áreas que alguna vez fueron la gloria de la civilización, pero que ahora se podrían urbanizar para hacer espacio a la vivienda o a un aeropuerto como el NAIM o, en su defecto, ser el atractivo turístico y llenarlos de bares, mariachis y campos de fútbol, como es el caso de Xochimilco. Sobre todo, ahora que viene el mundial.

De nuevo, el atractivo turístico de Xochimilco sería muy bueno porque se pensaría que atraer al turismo con las imágenes sería para mantener y restaurar el hábitat del axolote. Este lugar es Área Natural Protegida, humedal reconocido por la convención Ramsar, Patrimonio de la Humanidad reconocido por la UNESCO y Patrimonio agrícola reconocido por la FAO. Todos esos reconocimientos se deben al humedal y la actividad chinampera tradicional, única en el mundo.

Pero no.

Nuestro atavismo con el México moderno del siglo pasado explica por qué el aparente financiamiento que ha habido para Ciudad de México se ha utilizado en infraestructura muy importante para los cinco partidos que tendrá el Estadio Azteca. Se usa la imagen de las chinampas no para presumir nuestra cultura, sino para atraer el turismo masivo. Un turismo que basa su lógica en “entre más, mejor”, que busca que se consuma mucho, no importa si hace ruido y contamina y pone en peligro la razón misma de existir de ese lugar. A los chinamperos les ha llegado muy poco, o nada, de ese financiamiento, pero los mercados y los embarcaderos se han “reconstruido” para atraer turistas que en su mayoría están interesados en vivir la experiencia de alzar una cerveza en una trajinera con un mariachi cantando “Cielito Lindo”, mientras la suben a un reel de Instagram.

No me estoy quejando de nuestra cultura fiestera que se refleja en el tipo de turismo que atraemos. Pero hay lugares para todo.

Las actividades turísticas en Garibaldi son iguales a las de Xochimilco, pero cada lugar requiere de un tipo de actividad. Un Área Natural Protegida que puede dar alimento a una buena parte de la ciudad —sobre todo en estos momentos de crisis alimentaria en donde estamos importando cerca de 50 millones de toneladas de maíz al año— requiere de otro tipo de visitas, pues el turismo masivo afecta a la flora, la fauna y a la actividad chinampera. Este otro tipo de visitas ya comienza a existir (kayaks para ver el amanecer, por ejemplo), pero se siguen rigiendo bajo la lógica de “entre más, mejor” y ya también están haciendo estragos en la naturaleza por la cantidad de personas que van y ahuyentan a las aves, como los pelícanos migrantes desde Canadá.

Como dije, la queja no es por la cultura, sino por la distorsión que tenemos de que a todo se le puede sacar provecho económico inmediato. No importa la ideología con la cual se administra la ciudad o el país, los gobernantes de todos los partidos buscan sacarle el provecho a cualquier fenómeno o especie que se vuelva popular, no para conservarlo sino para beneficio propio.

Tal es el caso del axolote.

En los tiempos actuales, donde ya nos acabamos los recursos naturales, utilizar una especie para generar identidad es terreno fangoso, pues su imagen también retrata cómo la hemos tratado. Estamos transitando ese terreno con vehículos del siglo pasado. Desde que es famoso, el gobierno convirtió al axolote en billete y lo puso en todos los logos de la Ciudad de México. Con todo eso, no ha dado un peso o ha generado políticas públicas para evitar su inminente extinción.

Pero no es el único problema. Al incluirlo como símbolo en absolutamente todo, se desvía la popularidad que puede ser utilizada para su conservación como especie bandera, para convertirlo en un símbolo de cualquier actividad urbana de la ciudad. Incluso se ponen imágenes de axolote en actividades contrarias al ambiente, como en los camiones de basura o en los comprobantes de emisiones de los autos.

En lugar de ser especie bandera, el Axolowashing ha banalizado a tal grado la imagen de esta especie, que dentro del marco de infraestructura pública para el mundial de futbol mencionado arriba destaca el “Proyecto Ajolote” que, según lo describe Peniley Ramirez en un artículo, se basa en un fideicomiso público-privado de 4 mil millones. Además de lo poco transparente de este proyecto, nada de ese fondo se utilizará para la conservación del axolote o la restauración de su hábitat, uno de los últimos humedales que quedan en la ciudad. El nombre del axolote es usado en un fideicomiso opaco para beneficiar proyectos que seguirán promoviendo la urbanización desmedida, que ha sido la que está llevando a la extinción a los axolotes y a otras especies.

Así, aun cuando avanzamos con respecto al México moderno del siglo pasado en darnos cuenta de que existen especies de importancia en el mismo valle de México, no las vemos como una responsabilidad para la conservación en su hábitat. Preferimos el axolote del billete, del logo gubernamental, de la playera con lentejuelas, del peluche en el puesto. Evitamos ver al axolote original, al que está agonizando en el sur de la Ciudad. En algún momento tendremos el respeto necesario para tener acciones para conservar a estas especies, las mismas que nos dieron la cultura y que nos hacen ser como somos: fiesteros, coloridos y orgullosos de nuestra tierra y nuestras especies. Espero que no sea demasiado tarde cuando eso pase.

* Luis Zambrano (@ZambranoAxolote) es ecólogo, investigador del Instituto de Biología de la UNAM. Trabaja con ecosistemas urbanos y lacustres.