Autoritarismo, abuso y jerarquía en la profesión médica

blogeditor · 21 de abril de 2020

Autoritarismo, abuso y jerarquía en la profesión médica

Algunos dicen que el médico es el producto de una peculiar combinación de narcisismo, humanismo y cientificismoen proporciones distintas, como la diversidad natural lo dicta. La cultura hospitalaria, desde sus albores, ha rendido cierto homenaje al autoritarismo y a la imposición como rasgos conductuales idóneos para el ejercicio clínico -entre los agremiados y para sus pacientes, sin distinción, véanse los estereotipos televisivos y cinematográficos.

¿Resulta entonces increíble que en medio de una crisis sanitaria la hostilidad entre médicos aumente?, ¿son inoportunas e irracionales las declaraciones de secretarios de salud y directivos hospitalarios calificando de “frágiles y sin vocación” a los alumnos de medicina retirados por sus universidades ante la precariedad de sus instituciones?

El Dr. Roberto Castro, estudioso de sociología médica, en su artículo Violencia en la práctica médica en México: un caso de ambivalencia sociológica, expone un análisis de las particularidades comportamentales de los profesionales de la salud durante su formación. La ambivalencia sociológicafenómeno al que todo médico debe asistir, desde la facultad y hasta donde sus ambiciones académicas y laborales lo lleven- explica cómo el galeno puede adoptar una postura crítica ante la violencia externa (social), incluso podrá emitir juicios sobre sus consecuencias negativas en la calidad de vida del paciente, y por otro, naturaliza o acepta como parte de la profesión la violencia hegemónica (gremial) entre las relaciones de poder que mantiene. El campo médico se mantiene de esta forma en una constante de relación de poder jerárquico: el profesor y el alumno, amo y esclavo.

Las generaciones se constituyen por personas que comparten experiencias vivenciales en común (situación histórica, contexto y unidad). Partiendo de este concepto, no parece anómalo que la visibilización de la violencia hospitalaria en la literatura científica haya incrementado en los últimos diez años. Retomando el trabajo del Dr. Roberto Castro, la explicación sociológica de esta repentina sensibilizaciónde las nuevas generaciones puede situarse desde hace doce años, en el marco de la guerra contra el narcotráfico, los movimientos pro-feministas y la denominada criminalización del acto médico.

La explosión mediática en relación a los aspectos socioculturales de la violencia proveyó a la población de una perspectiva más nítida y atenta, receptiva y consciente, de cualquier forma de agresión. De ahí el aumento de denuncias ante instituciones gubernamentales y no gubernamentales de violencia psicológica y física. No es que el maltrato y el hostigamiento nunca haya existido en los hospitales: lo que no existía era un lenguaje ni la sensibilidad suficiente para denominarlos como tal.

Un estudio publicado en la Revista Médica del Instituto Mexicano del Seguro Social (Sepúlveda-Vildósola, 2017), se reportó que hasta un 83 % de los médicos residentes es receptor de algún tipo de maltrato, con una estrecha relación entre abuso y jerarquía (usos y costumbres hospitalarias, y falta de supervisión de las autoridades). Aunque es aplastante la documentación de la sistemática violación de los derechos humanos de los médicos en formación, hasta el momento, nadie ha hecho nada para proscribirla.

Esta violencia normalizada, histórica, formativa y perpetuada, responde a los cuestionamientos que hicimos inicialmente: la hostilidad será mayor, porque siempre ha existido, y más aún ante una crisis sanitaria que pone en riesgo la integridad física y emocional del personal sanitario, terreno fértil para la frustración y el miedo; los discursos negacionistas de las autoridades -médicos antiquísimos modelados por el maltrato y el autoritarismo- se van a dirigir precisamente a herir el ego y la autopercepción de los médicos más jóvenes (frágiles, cobardes y sin vocación), con tal de retenerlos como fuerza laboral barata -el pelotón de primera línea.

Ante una crisis que supera nuestras capacidades organizacionales y resolutivas como sociedad, no hay otro camino que el de la resiliencia y la reflexión: ¿qué decisiones nos han llevado a este descarnado estado de vulnerabilidad? Los médicos jóvenes, los que creemos y exigimos una dignificación de nuestro servicio, tenemos la categórica tarea de reconstruir un sistema de salud desde sus cimientos, empezando por erradicar las viejas y malas costumbres del médico lobo.

* Carlos Armando Herrera Huerta es residente de 3er año en la especialidad en psiquiatría y miembro del Comité Interinstitucional y Mediático de la Asamblea Nacional de Médicos Residentes.