Redacción Animal Político · 25 de diciembre de 2025
Junto a la organización Idheas Litigio Estratégico en Derechos Humanos, A. C., participamos en un diálogo de la región Mesoamericana para hablar de los impactos transgeneracionales de las violaciones a derechos humanos. Defensoras y defensores de México, Guatemala y Honduras compartimos los hallazgos, en nuestro territorio, sobre las afectaciones en la salud física y mental de las familias que tienen a un familiar desaparecido. Para enmarcar, dejamos las preguntas detonadoras del diálogo compartido.
Cuando un familiar desaparece, hay fracturas por varios frentes: hay una alta incidencia en la aparición o agravamiento de padecimientos de hipertensión, diabetes, y afecciones crónicas a nivel músculo esquelético o neurodegenerativas en las mujeres buscadoras cuidadoras. Así como diagnósticos de ansiedad y depresión con tratamientos psiquiátricos de larga data por parte de las instituciones de salud estatales. En mujeres jóvenes y adolescentes existen varios casos con diagnóstico y tratamiento por trastorno de ansiedad y depresión; se ha brindado contención en algunos eventos de crisis de pánico.
Si bien no existe reporte de diagnóstico psiquiátrico en niñas y niños, en los espacios de apoyo individual y familiar que hemos desarrollado se han abordado problemáticas vinculadas a estados de tristeza que en los casos específicos de hijas e hijos se relaciona hasta en cierta medida con la ausencia del padre o la madre desaparecida. Sin embargo, estos estados de tristeza en su mayoría tiene que ver más con la ausencia emocional del progenitor que se queda a cargo de la búsqueda y el trabajo de cuidados, especialmente en el caso de las madres.
En el caso de niñas y niños que no tienen relación parental con la persona desaparecida (por ejemplo hermanos, primos, sobrinos o nietos), una vez transcurridos los primeros meses posteriores a la desaparición también tiende a cobrar más relevancia la ausencia emocional de las personas adultas de su entorno que están directamente relacionadas con la persona desaparecida.
En ambos tipos de casos se ha encontrado que la desconexión que experimentan niñas y niños es un generador importante de angustia que va afectando algunas áreas del desarrollo y la socialización, especialmente al encontrarse ante otras situaciones complicadas o riesgosas que no tuvieron que ver directamente con la desaparición, pero demandaron en su momento una atención inmediata y ocuparon un lugar secundario en las prioridades familiares. O bien, en caso de haber recibido una atención inmediata, sucedió de forma parcial, tendiente a dar soluciones rápidas para continuar enfocándose en las labores de búsqueda, pues sus personas cuidadoras no estaban en condiciones de realizar demostraciones de afecto o tratar de dar explicaciones adecuadas a la edad de niñas y niñas debido a los estados de saturación y embotamiento en que se encontraban por la situación de desaparición.
En todas las edades, los estados de afectación de salud mental sufren una agudización de los síntomas cuando hay novedades desfavorables en las investigaciones (es decir, falta de avances, diligencias sin resultados, negativa a solicitudes ante autoridades, negación de evidencias o líneas de análisis, entre otros).
La revisión de los expedientes por parte de mujeres jóvenes que comienzan a involucrarse en los procesos de búsqueda o investigación se ha identificado como un detonante importante de síntomas vinculados a la re-experimentación de eventos potencialmente traumáticos alrededor de la desaparición.
El acceso y adherencia a los tratamientos siempre sufre mayores limitaciones cuanto más bajo es el nivel socioeconómico, cuando existen condiciones de dependencia económica en las personas adultas que ejercen labores de cuidados y cuando quienes proveen los ingresos no cuentan con derechos laborales.
¿Cuál ha sido el impacto a nivel personal, familiar y comunitario en mujeres, niñas, niños y adolescentes con un miembro desaparecido?
El impacto a nivel personal en adultas inicia con el desconcierto inicial y la saturación de información al comenzar a involucrarse en los distintos procesos que implican tanto la búsqueda como la investigación: hay una generación de estados permanentes de confusión. A la par, aquellas personas que no tienen acceso al proceso de investigación atraviesan largos periodos de incertidumbre, donde el imaginar a su familiar en escenarios violentos es el mayor generador de daños a nivel cognitivo.
En los casos en donde la persona desaparecida era la principal proveedora, los cambios de las condiciones de vida de las familias son variables; sin embargo, las más graves tienen que ver con la precarización extrema y la necesidad de trasladarse a viviendas de las familias de origen o extensas por no poder sostener los pagos de renta, teniendo así que instalarse en condiciones de hacinamiento, adaptarse a reglas, dinámicas y costumbres que les son ajenas y en muchos casos injustas o discriminatorias.
Cuando existen hostigamientos o amenazas directas contra la vida o integridad de las personas que buscan o indirectas hacia otros miembros de su familia, el miedo y el estado de hiper alerta sostenido en el tiempo provocan, no sólo un deterioro cognitivo a la larga, sino que en periodos más cortos, limitan o dificultan la capacidad y habilidades a la hora de tomar decisiones asertivas.
La búsqueda de empleo para muchas mujeres buscadoras que además ejercen labores de cuidados es prácticamente inviable, pues existe un doble obstáculo para cumplir con los horarios de jornada laboral: por un lado, al no contar con personas en quiénes delegar permanentemente la labor de cuidados y, en segundo lugar, lograr resolver el punto anterior al necesitar ausentarse de sus puestos de trabajo para atender y asistir a las diversas diligencias para el seguimiento de la búsqueda, pues en tanto no se apersonen en las mismas, corren un gran riesgo de que se cierren las investigaciones.
En el caso de mujeres jóvenes, además de suplir el lugar de la cuidadora principal cuando debe trabajar o atender diligencias, las jornadas laborales suelen verse interrumpidas para acudir a atender los asuntos de hermanos, sobrinos u otras infancias y adolescencias en edad escolar, ya sea por cuestiones académicas, conductuales, médicas o para gestionar diversas necesidades como traslados, alimentación, entre otros. En caso de no poder aportar a estas labores de cuidado, estas mismas mujeres suelen experimentar profundos sentimientos de culpa o atravesar conflictos severos ya sea con las cuidadoras principales o con las infancias cuyos cuidados quedan descubiertos.
En el caso de hombres buscadores, en diversos casos deben someterse a las condiciones de la persona en que delegan las labores de cuidado así como a las condiciones de empleadores que ejercen dinámicas laborales abusivas, eliminando casi por completo el tiempo disponible que podrían dedicar al cuidado de sis niñas, niños y adolescentes, cuando están dispuestos a involucrarse en el mismo.
En el acceso a educación, se han encontrado casos de abandono escolar donde especialmente los niños (varones) son requeridos para integrarse a un trabajo remunerado, a través del cual deben cubrir o completar los ingresos familiares, especialmente cuando las personas cuidadoras son personas de edad avanzada que ya no cuentan con las condiciones de salud o resistencia para cumplir con jornadas extensas o simplemente son rechazadas de los empleos a los que buscan acceder, tanto por la edad, como por el tiempo que necesitan para dar seguimiento a los procesos de búsqueda.
Además de la estigmatización en el salón de clases, también hay una dinámica de señalamiento en los entornos familiares o vecinales. La inseguridad prevalente en el estado ha generado ambientes de desconfianza generalizada, por lo que las relaciones comunitarias son complejas y a menudo vividas de forma negativa. En infancias con dificultades de aprendizaje o adaptación escolar asociadas o no a la desaparición, el acceso a servicios especializados para tratar problemas de neurodesarrollo se ve limitado no sólo por el factor económico que dificulta la atención privada, sino también por la falta de especialistas actualizados en la región.
¿Cuáles son los retos para los colectivos de familiares al reclamar al Estado el reconocimiento y la reparación del daño por los impactos sufridos en la salud física y mental?
Los retos son muchos. En el caso de México, la reparación del daño está ligada al acceso a la justicia y, desafortunadamente, el acceso a la justicia en México está en un proceso de desaparición. Ante este reto, como en muchas otros, los colectivos de familiares hemos emprendido varias iniciativas que nos han permitido colocar algo de reparación en torno a la continuidad de nuestro proyecto de vida. En esta área, hemos colocado con las autoridades que no podemos seguir con la precariedad económica y el Estado ha respondido con apoyos a emprendimientos económicos.
Hemos formado a profesionales de la salud mental junto al apoyo técnico del Comité Internacional de la Cruz Roja. Estamos en vinculación con la Comisión de Víctimas de nuestro estado para que sus psicólogas y psicólogos reciban nuestra capacitación con enfoque psicosocial para atender a más familias de forma asertiva.
Hemos hecho muchas alianzas para la asesoría jurídica con varias organizaciones para llevar nuestros casos e incidir en las autoridades ministeriales y de atención a las víctimas y construir jurisprudencia en torno a la reparación del daño, donde las familias estemos al centro, donde nosotras determinemos qué elementos nos significan como reparación del daño y el derecho a la verdad.
No hay justicia sin verdad, no hay verdad sin justicia y no hay reparación sin que los proyectos de vida sigan floreciendo.
¿Qué experiencias o buenas prácticas han implementado para sanar, abordar las afectaciones y los daños frente a la ausencia de protección del Estado?
A partir de los diagnósticos de impactos psicosociales en niñas, niños, adolescentes y personas cuidadoras con un familiar desaparecido, estamos ahora mismo desarrollando tres programas fundamentales de apoyo.
El primero tiene que ver con la implementación de plenarias comunitarias por grupos de edad que ha favorecido que niñas, niños y adolescentes tengan espacios de encuentro con pares que también atraviesan la desaparición de un ser querido. Estos espacios, además de permitir y fomentar que hablen libremente de sus vivencias alrededor de la desaparición, procura realizar un abordaje focalizado de problemáticas que se repiten en la mayoría de los casos, como la violencia entre pares, el ejercicio de roles que corresponden a los adultos, los problemas para comunicarse y ser escuchados, o los riesgos que atraviesan en sus respectivos contextos y grupos etarios.
El segundo es un programa de apoyo psicosocial individual y familiar a distancia y presencial, donde cinco profesionales brindan espacios de escucha a quienes tienen una demanda para abordar asuntos problemáticos que no logran tocarse en las plenarias comunitarias, a fin de que las personas adultas a cargo de los cuidados puedan consultar aspectos que son de su preocupación en los procesos de crianza, así como otros de interés y trabajo más personal; las infancias y adolescencias puedan validar su experiencia, su sentir y pensar, fortaleciendo aquellas áreas que requieren apuntalar durante los difíciles procesos que en cada familia, con sus especificidades, están atravesando.
El tercer programa es el espacio para la formación de profesionales de salud mental con un enfoque psicosocial. Este programa es apoyado técnicamente por el Comité Internacional de la Cruz Roja en México y Latinoamérica.
Y se suman a los programas las actividades editorales, lúdicas y de aprendizaje como el Recetario para la memoria; el libro de poesías y cartas Mi grito y mi silencio; talleres de teatro, de cuentos, dibujo, cartonería, mural y fotografía para infancias y adolescencias. En estos talleres se aprenden herramientas de comunicación que permiten volver a re construir los lazos de confianza al interior de las familias.
¿Cómo se siente la ausencia en fechas como la Navidad?
La ausencia está presente de forma constante, no importa la fecha. La silla vacía en la mesa nos señala la presencia de esa ausencia. Brindar buenos deseos y estar felices nos cuesta mucho. Dudamos si debemos estar ahí riéndonos, comiendo, bebiendo, mientras que nuestros familiares siguen desaparecidos. Sin embargo, y con el apoyo psicosocial mencionado en los programas, hemos adquirido herramientas de afrontamiento; reconocemos que la obligación es de las instituciones; conocemos nuestros derechos y hemos aprendido a no rendirnos para exigir que siga la búsqueda y la investigación. Y sobre todo: nos hemos enfocado en nuestros y en los proyectos de vida de nuestras niñas, niños y adolescentes para seguir adelante.
* Alejandra Díaz es integrante del Colectivo Buscadoras Guanajuato. Por 18 meses estuvo buscando a su hermano Felipe desaparecido en Guanajuato. Actualmente acompaña a más familias en su búsqueda a través de la vinculación y gestión proyectos para la incidencia política, cultural y de acción ciudadana. NG es profesional de Salud Mental y solicitó no acreditada en esta colaboración.