blogeditor · 23 de septiembre de 2020
En la constante búsqueda por vivir experiencias extraordinarias, los seres humanos han ideado desplazamientos turísticos que mercantilizan el espacio y que pueden ser cuestionados éticamente. Entre los diferentes tipos de viajes, el turismo oscuro se realiza con la motivación de tener un encuentro real o simbólico con espacios de muerte. Estos “sitios oscuros”, como Auschwitz-Birkenau en Polonia o los Killing Fields en Camboya, dependen de los medios de comunicación para mantenerse vigentes en el imaginario colectivo y generar movimientos de visitantes que consuman sus recursos.
El complejo nazi de Auschwitz, construido en 1939 en Oświęcim, Polonia, operó hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. Funcionó a partir de tres subcomplejos que operaban en conjunto, cada uno con una finalidad en específico: Auschwitz I, para la concentración; Auschwitz II/Birkenau, para el exterminio; y Auschwitz III/ Monowitz, para el trabajo. Allí, los prisioneros deportados (judíos, homosexuales, gitanos, etcétera) eran la mano de obra industrial y los sujetos de exterminio. El proceso de selección se basaba en su capacidad física para trabajar, y en caso de no tenerla eran ejecutados en las cámaras de gas por medio de Zyklon B, un potente pesticida que los asfixiaba en 20 minutos. También existían otros procesos de exterminio, como el fusilamiento, la horca o la privación de la comida o el aire, para quienes transgredían las leyes de Auschwitz. Además, las paupérrimas condiciones de vida de los prisioneros funcionaban como mecanismo ejecutorio. Quienes ingresaban al campo estaban condenados a vivir sólo seis meses, pues estaban mal alimentados, carecían de servicios médicos, se los obligaba a cumplir con extensísimas jornadas laborales y se les proveía vestimenta insuficiente para sortear las condiciones atmosféricas de las latitudes medias.
Se estima que en Auschwitz murieron entre 1.1 y 1.5 millones de humanos. Al final de la guerra, el subcampo de trabajo fue dinamitado para borrar la evidencia material de lo ocurrido. Sin embargo, en 1947 se abrió la primera exhibición histórica in situ bajo el nombre de Museo Estatal de Oświęcim. En 1979, la UNESCO declaró al sitio Patrimonio de la Humanidad, generando el deseo global por visitarlo. Actualmente, recibe al año más de dos millones de visitantes internacionales con la motivación de aprender de la Historia, conmemorar los hechos ocurridos en la Segunda Guerra Mundial, o vivir el sitio de primera mano. Sus actitudes dentro de las instalaciones van desde mostrarse solemnes hasta profanar el espacio al tomarse selfies que les sirvan como evidencia de su estancia.
La mercantilización de la muerte en el turismo también se evidencia con la venta de souvenirs asociados con el campo de concentración: los visitantes pueden comprar imanes, platos, postales y llaveros con fotografías de los puntos icónicos del complejo. Así, los turistas consumen el espacio local y asocian la muerte violenta y masiva ocurrida dentro de Auschwitz-Birkenau con una experiencia recreativa y con un recurso turístico más de toda la oferta global por visitar. Esto genera una serie de cuestionamientos sobre este tipo de prácticas turísticas: ¿los sitios de muerte masiva y violenta deben ser conservados y entrar en la dinámica turística? ¿Qué clase de regulaciones se requieren en materia de interpretación para que la frontera entre el mensaje educativo y el de consumo no se difumine? ¿Es ético mercantilizar la muerte de esta forma?
La conservación de Auschwitz-Birkenau como elemento patrimonial nace por su valor histórico e identitario para la población local y por la incompatibilidad de utilizar dicho espacio con los usos de suelo rurales del sur de Polonia. Habilitarlo para el turismo surgió por la necesidad de transmitir globalmente un mensaje que se opusiera al racismo y a la violencia nazi. Ahora bien, ¿qué es exactamente lo que se conserva y se ofrece a los visitantes? ¿Se relaciona con las víctimas o con los perpetradores?
Auschwitz-Birkenau, como recurso turístico, sí representa una postura necesaria contra el nazismo y el racismo, pero es a la vez un lugar donde se ha mercantilizado el resultado de la muerte y el sufrimiento. Entonces, es necesario replantearse la validez ética de este fenómeno. Por otro lado, al ser un sitio patrimonial, se requiere cautela en las interpretaciones que se realicen del mismo, porque el mensaje podría enmarcarse en una acción de conservación de la arquitectura, ideología y métodos de los perpetradores, más que de la memoria de las víctimas.
Entonces ¿es ético que Auschwitz-Birkenau sea un producto turístico cuyo consumo proporciona algún grado de placer a los visitantes? Evidentemente no, puesto que se está profanando el valor sentimental e histórico de la muerte violenta y colectiva de millones de personas. Además… ¿la mercantilización de la muerte de tantos seres humanos fue consentida? ¿No le corresponderá a la Bioética evaluar la pertinencia de prácticas “tanato-recreativas”, y más cuando el Código de Nüremberg condenó las acciones que se realizaron al interior de los campos de concentración? ¿No se debería pedir el consentimiento informado de los sobrevivientes del lugar (o de sus familiares) para que los touroperadores manejen el espacio del campo de concentración?
Finalmente, es de notar que no hay un consenso entre los agentes sobre el valor que debiera promocionarse en Auschwitz-Birkenau. Por un lado, los operadores turísticos y las agencias de viaje lo promocionan con una mercancía más, minimizando el sitio a un espacio de recreación, esparcimiento y aprendizaje. Por otro, la visión que ofrece el propio museo está más centrada en concientizar y en conmemorar los eventos; incluso, las mismas autoridades del lugar se rehúsan a adoptar el término “turista” para quienes visitan el lugar, debido a la connotación de recreación que tiene dicho concepto. A sabiendas de estas dos posturas y de la Historia del sitio… ¿se debe centrar la responsabilidad (bio)ética sobre el uso de lugares como Auschwitz-Birkenau en los turistas, o deben ser las instituciones quienes respalden dicho valor?
* Alicia Mariana Penélope Castro es maestra en Geografía por la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL), es especialista en turismo oscuro, y tiene un diplomado en Estudios Africanos por el Programa Universitario de Estudios de Asia y África de la UNAM. Actualmente es profesora de Geografía en la escuela Villa High. Gino Jafet Quintero Venegas es doctor en Geografía por la UNAM con especialidad en Geografía del Turismo, Geografía de los Animales y con posdoctorado en Bioética. Actualmente es Investigador Asociado “C” del Instituto de Investigaciones Sociales en el área de “espacio social” con la línea de descampesinización y turismo. Además, es profesor de Zoogeografía y de Geografía y Ética en la FFyL.
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