Redacción Animal Político · 16 de enero de 2023
Aurelia García Cruceño, joven indígena del estado de Guerrero que estuvo presa por el delito de homicidio en razón de parentesco, fue liberada el pasado 20 de diciembre de 2022, convirtiéndose en la primera mujer en obtener su libertad después de que se despenalizara el aborto en esa entidad. Desde GIRE compartimos su historia con un texto escrito por una de las integrantes de la Red Guerrerense por los Derechos de las Mujeres.
Quiero comenzar diciendo que cuando conocimos a Aurelia su cuerpo nos hablaba del dolor, la tristeza, la inseguridad y la tortura de las que seguía siendo víctima estando privada de su libertad por un delito que no había cometido.
Aurelia García Cruceño es una joven indígena de las 180,628 personas hablantes de la lengua náhuatl en Guerrero. Se estima que de cada 100 personas que hablan alguna lengua originaria, 12 no hablan español (INEGI, 2020) y quienes lo hablan no siempre alcanzan un entendimiento total del español a su lengua materna, lo que genera muchas dificultades para comunicarse.
A los 19 años García Cruceño tuvo que salir huyendo de su comunidad debido a las múltiples violaciones sexuales que sufrió por parte de un hombre veinticinco años mayor que ella, que en ese momento era autoridad comunitaria de Xochicalco, comunidad de Chilapa de Álvarez. Sin saber que estaba embarazada emigró a la ciudad de Iguala de la Independencia, donde vivía con su tía, a quien apoyaba con actividades del hogar.
Un día como cualquiera, mientras se encontraba en el cuarto que le habían prestado para quedarse, tuvo un aborto fortuito; tras perder mucha sangre sufrió un shock hipovolémico que la puso al borde de la muerte, por lo que fue trasladada al Hospital General. A partir de ese momento la vida le cambió cruelmente: fue detenida en la cama del hospital cuando recién se recuperaba del doloroso proceso de un parto fortuito, resultado de una agresión sexual; nunca tuvo derecho a un o una intérprete náhuatl; tampoco se preocuparon por su salud física y emocional; nadie le preguntó si sabía lo que le había pasado, cómo se sentía, qué necesitaba. Evidentemente, la salud de las mujeres no es importante y menos cuando se trata de forzarlas a ser madres, aunque eso signifique parir hijos o hijas de sus violadores, incluso si son abortos espontáneos.
Ante todo este panorama de violaciones a sus derechos, decidimos acompañar a Aurelia y la visitamos en el penal, que por cierto se encuentra en pésimas condiciones. Le preguntábamos cómo era su vida ahí dentro y nos dijo que trabajaba vendiendo aguas frescas, que compartía celda con una chica que tenía un hijo y con una señora. Por las tardes, después de su jornada laboral, veían un programa de televisión y su pasatiempo favorito era escuchar música en una pequeña radio que le habían regalado. Mientras la charla se hacía más amena, Aurelia se sentía en confianza. Entre risas y algunas veces con voz seria nos contaba fragmentos de su vida, lo difícil que era no ver a su mamá y a su papá, a quienes extrañaba mucho y se encontraban lejos de jornaleros, pero que no podía deprimirse por eso. Ella sola se daba ánimos porque, si no, nadie más lo iba a hacer.
Entre las cosas que platicamos le pregunté: ¿qué te gustaría estudiar cuando salgas de aquí? A lo que respondió que le gustaría ser maestra, ver a su familia, ayudar a su papá y a su mamá, trabajar y construirles una casa. Cuando llegó el momento de la despedida, pensaba en las otras mujeres a las que no podemos acompañar y que no sabemos dónde y cómo están.
El caso de Aurelia no es aislado, sucede en Guerrero y todo el país. A las mujeres se les criminaliza y priva de su libertad por “homicidio en razón de parentesco”, jurídicamente distinto al delito de aborto (que actualmente ya no debería ser un delito). Cuando las mujeres enfrentan procesos penales relacionados con embarazos y partos, son acusadas por el personal médico y otras instituciones como la fiscalía, que fue la parte acusatoria de García Cruceño, incluso la Comisión de Víctimas, entre otras que deberían defender sus derechos.
La liberación de Aurelia es un hecho histórico que debe abrir brecha para otras mujeres que se encuentran en prisión. Su vida será distinta, en un mundo nuevo, con muchos retos porque no podrá regresar a su comunidad y tendrá que reintegrarse socialmente a luchar contra el estigma social de ser una exconvicta porque es inocente, por eso está en libertad. Los casi cuatro años que pasó en prisión no le serán devueltos. Quiere olvidar todo lo que pasó estando presa para dar paso a sus sueños, trabajar pronto, estudiar y vivir una nueva vida. Gracias a sus abogadas, y a la incidencia política y mediática realizada, ha recuperado su libertad y podrá continuar con su proyecto de vida.
En un Estado impune, machista y opresor, donde se estigmatiza a los pueblos y se violenta a las mujeres por ser indígenas, afromexicanas, pobres, por no hablar español y por el simple hecho de nacer mujer, cualquiera de nosotras puede ser Aurelia.
* Ana Grabiela Candela Garzón (@GRabielaCandela) es coordinadora de la Red Guerrerense por los Derechos de las Mujeres (@RedMujeresGro).