Aunque no lo crean, de veras nos quieren

blogeditor · 10 de mayo de 2017

Aunque no lo crean, de veras nos quieren

Por: Alejandra González (@LaLore04)

Desde el cinismo que me inunda el alma –eww el 14 de febrero, día de la secretaria, la tierra… la marmota o la nutella– alguna vez llegue a pensar: “Neta, qué manera de hacernos gastar. El día de la madre. Duh… todos tenemos una” (bueno, menos los políticos, Javier Duarte, su esposa y así….).

Pero usar el vínculo más fuerte e importante de básicamente cualquier mamífero para generar un día donde es obligatorio –so pena de jugar el papel de malísima persona– comprar regalos, llevar a comer, comprar flores…. Se me hacía de plano golpe bajo a la economía mundial galáctica de México.

Pero tranquilos, que eso lo pensaba así tipo la Mars…. Cuanto tenía como 14…

Conforme fue pasando el tiempo, el 10 de mayo para mí era el día de hacer tregua en esa lucha que fue por muchos años la relación con mi madre. “OK… es 10 de mayo. Vamos a enfocarnos en lo bueno. Al final o sea, sí le debes la vida a tu mamá y así. Además, o sea, sí te critica todo el tiempo y no, nunca vas a ser tan bueno como tu hermana…nastra mayor… pero neta, relájate, tu mamá es linda y… anda, compra flores, llévala a Guanajuato o San Miguel con la Margarita Agralia (provincia, perdón)”.

Y ya. 10 de mayo era el día del año donde yo –así tan magnánima– *aplausos* tomaba mi tiempo para agradecerle a mi madre así nada más como darme la vida, a pesar de TODOS SUS errores y defectos.

Ya, díganlo: Lorenza, eres una pésima hija. Me gustaría decir que no, que he sido mejor que eso… pero no… desafortunadamente nadie nacemos sabiendo ser hijos o padres o hermanos o nada.

La tasa de natalidad en México bajó de 19.10 % a 18.3 % según el INEGI. Cosa que no me sorprende para nada. O sea, quién va a querer tener hijos para escuchar frases como: “No empieces mamá”, “Ya te dije que no puedo ir a verte en tu cumpleaños, tengo mil de trabajo”, “No mamá, no es mi novio formal, andamos viendo qué onda, o sea…. ¿cuál es tu obsesión con que me case?”.

Hoy en día las mujeres tenemos el lujo de cuestionarnos si queremos ser madres o no. Si tenemos tiempo en la ocupada agenda de convertirnos en rock stars para cuidar un bulto que llora sin descanso 24/7 que además, cuando crezca nos va a decir que básicamente lo asfixiamos con el amor maternal que emana de nuestros corazones como fuente inagotable, producto tal vez de albergarnos por 9 largos e incómodos meses o de las incontables noches haciendo tarea, escondiendo los juguetes de Santa, bajando fiebres, leyendo cuentos, consolando un llanto, esperando una llegada del antro, tejiendo a escondidas aquel chaleco de manualidades de tercero de primaria para que no pensáramos que nunca tendríamos futuro como artistas manuales. Cada día ponemos más atención al arduísimo trabajo que implica ser madre. Cada día lo reconocemos más ¡ALELUYA..! Pero también lo tememos más. Nos cuestionamos más si vale la pena. Si podemos con el reto. Si estamos dispuestas a dejar nuestro fabuloso –o al menos la construcción del mismo– estilo de vida por ser madre. Una decisión tan permanente, tan irreversible, tan…. enorme… Y me resulta inevitable preguntarme si alguna vez mi madre también se cuestionó si valía la pena. Porque los tortuosos años de mi adolescencia, estoy segura que mi madre muchas veces deseó que yo me esfumara así tipo Silvio: “un algo que te borre de pronto”.

Este 10 de mayo quiero agradecerle a mi madre y en ella a todas las mujeres que cruzaron el puente de los miedos y los cuestionamientos. A esas madres generosas que nos adoptan como propios a los amigos y amigas de sus hijos a veces sin recibir ni las gracias. A las que día a día cruzan el doloroso puente de la reproducción asistida. Esas mujeres que ya son madres en el corazón, pero que la naturaleza se empeña en ponerles retos, gracias por su valentía, por su templanza, por su fe. A las mujeres que ante la adversidad ajena se entregan como madres a huérfanos, refugiados, sobrinos, primos… a las que tienen perrhijos… gracias, gracias por dar testimonio y ejemplo del amor. Gracias por amarnos valientemente, aunque nos tardemos en llegar, aunque lleguemos en otro vientre, aunque seamos los peores hijos… gracias porque todos los sabemos, aunque a veces nos dejemos llevar por nimiedades que ustedes amorosamente hacen –estás muy gorda, baja los brazos, párate derecha, usa contorno de ojos, no me gusta ese muchacho para ti–, que nuestras madres son nuestros más grandes fans y nuestro equipo en la esquina del cuadrilátero, curando las lesiones, untando vaselina y empujándonos de nuevo a esa ese ring que a veces puede ser la vida. Gracias, porque les juro que sin importar cuántas veces sus hijos e hijas las hemos herido, cuando la vida se pone fea la idea “quiero a mi mamá” nos cruza la mente.

Hoy es un buen día para pensar, besar, consentir, llamar a nuestra madre. Y también para hacer propósitos. Creo que la relación con nuestra madre rige muchas de nuestras relaciones con el mundo. Seguro hay miles de historias hermosas e idílicas de madre a hijos. La mía es promedio. Llena de episodios lindos y otros no tan lindos. A mis 31 años sanar mi relación con mi madre ha sido lo más valioso que he hecho por mí misma. Si ustedes tienen una historia compleja igual que yo, sépanlo: su madre los ama, aunque les diga cosas feas, aunque parezca querer más a los hijos del vecino, aunque nunca esté disponible cuando la llaman. Y un día, si sueltan poquis las expectativas, sentirán ese amor. Y serán más felices. Mucho más felices.

Y así.. sin mucho más qué decir, se despide de ustedes una mala hija.