blogeditor · 25 de marzo de 2014
Estimados senadores y diputados,
Ocurre todos los aniversarios de la expropiación petrolera. Cada año la clase política retiembla en sus centros para refrendarnos que el petróleo y PEMEX es nuestro—de los 112 millones y fracción de mexicanos, se entiende. Es una lista de propietarios larguísima y la mayor parte del tiempo pertenecer a ella es más una molestia que otra cosa: como socio minoritario y forzoso de PEMEX, uno no tiene derecho a dividendos, descuentos o siquiera un barril simbólico de petróleo; pero tiene entera libertad de escandalizarse cada vez que se revela algún nuevo escándalo en la administración de la paraestatal. Uno es dueño minúsculo, junto con los vecinos y parientes que más odia, para fines de molestarse cuando la administración de la empresa y su sindicato se revelan incompetentes y corruptos; el resto del tiempo uno es un cliente más, libre de molestarse cuando el precio de las gasolinas sube, pero sin obtener ningún beneficio por ello —los accionistas de Exxon cuando menos pueden tener la satisfacción de que las filas que se encuentra en la gasolinera contribuyen a inflar su portafolio de inversiones.
Hace tiempo hice las paces con la idea de ser un socio minúsculo y poco entusiasta del negocio de la extracción y procesamiento del petróleo. Hace tiempo hice las paces también con el hecho de que, en realidad, el negocio empeora cotidianamente: encontramos menos petróleo, cuesta más caro extraerlo —cuando de hecho podemos hacerlo— y no terminamos de encontrar la forma de procesarlo sin tropezarnos con los problemas del mercado internacional, plagado como está de socios con los que en realidad no nos entendemos y que de cuando en cuando tienen la mala costumbre de cambiar las reglas del juego mientras pasean con el perro. Es, por decirlo de alguna forma, el estado normal de cosas al que uno se viene acostumbrando conforme se va alejando de las aulas de la primaria.
Pero este año puede ser distinto. Según se lee, están ustedes a unas semanas de tener que discutir y aprobar la legislación secundaria de la reforma energética —la del diablo en los detalles, como suele decirse. Y según se lee también, es probable que el fraude de Oceanografía contra Citigroup, además de la nostalgia pura y dura, estén complicándoles mucho las cosas. No es un buen escenario y tengo para mí que más de alguno uno de ustedes está buscando ideas nuevas. Y quiero aprovechar mi doble estatus de socio minoritario y contribuyente fiscal rejego —que nadie se confunda, no hay de otros, los contribuyentes que no son rejegos se llaman en buen español evasores fiscales— para presentarles una idea:
Repitan conmigo: “la política energética es una extensión de la política fiscal por otros medios” o, si prefieren, “el petróleo debe pagar en la medida de lo posible nuestros salarios y las obras que me están pidiendo en mi distrito/estado”.
Así de sencillo. En lugar de perder el tiempo pensando en que PEMEX y los combustibles fósiles deben ocupar un lugar especial en el panteón de la Patria, o pasar noches de insomnio por el uso político de una empresa paraestatal, les propongo reconocer que el petróleo es antes que otra cosa una fuente de ingresos para sus proyectos favoritos y actuar en consecuencia. Ya lo hicieron antes, aunque quizá con demasiadas prisas, así que no debería implicarles mayor esfuerzo.
Es posible que algunos de ustedes se estén preguntando, ¿eso es todo? ¿No es obvio? Lo es y lo es. Es bastante obvio y no tiene mayor ciencia. La reforma energética debe producir mayores ingresos fiscales, si no por una mejor razón, porque si quieren seguir gastando con la soltura con que lo vienen haciendo y el dinero no sale del petróleo, tendremos que ponerlo el resto de nosotros. Es tan sencillo como eso. Excepto que no están actuando como si de verdad lo creyeran, así que me veo obligado a pensar que no lo creen o ya lo olvidaron —o peor, que en realidad creen que no están gastando aún lo suficiente y que es mejor no hablar mucho de eso.
Entre los muchos discursos sobre la gesta heroica del General Lázaro Cárdenas, no encontré ninguna declaración pública que sugiriera al menos la noción general de un plan para asegurarse de que PEMEX o inversionista extranjero —depende del bando— que explote “nuestro” petróleo produzca mayores ingresos fiscales, ya no se diga qué efecto podría tener sobre los impuestos que ya estamos pagando. Vamos, cuando se trata de otros impuestos, no se tiene ningún empacho en discutir al más nimio detalle la conveniencia de exentar o no las colegiaturas de escuelas privadas o de subir el precio a los refrescos— y celebrar entusiastamente los resultados. Pero cuando se trata del petróleo y el gas, la discusión se enfoca una y otra vez en la necesidad de producir más, de fortalecer a PEMEX e incluso de darle la vuelta al sindicato, de atraer más inversiones y crear más empleos en el sector. Todos estos son temas relevantes, sin duda, pero mientras preparo mi declaración anual de impuestos como tantos otros microdueños del petróleo mexicano, lo único que me queda en claro es que o no saben cómo obtendrán mejores rendimientos del petróleo o no quieren hablar de eso en público —la esperanza de que baje el precio de la gasolina y el gas no cuenta: como todas las ideas que suenan bien en principio, luego sobreviene el problema de tomar en cuenta que la dinámica de precios del mercado internacional es un poco más complicada.
Y esto es inaceptable. La única ventaja de ser dueño de una fracción minúscula del subsuelo mexicano y el monopolio que lo explota es que uno sólo tiene que aportar el 60% –en números redondos— de lo que gasta el gobierno y el resto, incluyendo el “extra” al que se es tan afecto, lo aporta para todos los fines prácticos “nuestra” empresa. Si la operación de nuestra empresa, o la de alguien más, amén de los impuestos que pagarán los empleados que se incorporarán entusiastamente a la industria, no garantiza que cuando menos se aporte lo mismo que viene aportando —y si no están ustedes dispuestos a recortar el gasto gubernamental, lo que descarto de entrada para evitarme la risa que les provocaría— temo que la reforma energética terminará siendo una de las peores bromas prácticas que nos hayan hecho en mucho tiempo.
Es posible que esté equivocado, por supuesto. La regla para los columnistas por estos días parece ser el evitar a toda costa adelantarse a los hechos y dar el beneficio de la duda. Y sería uno particularmente idiota en desear que la reforma energética fracase: lo único que nos quedaría entonces es un déficit que requeriría impuestos que harían que la última reforma fiscal parezca un juego de niños. Sea pues. Pero entonces déjenme proponerles otra idea:
Les cedo mi porcentaje de propiedad del petróleo a cambio de una mínima explicación de cómo esperan que la reforma energética reduzca o no mi carga fiscal.
Es un buen negocio. Estoy seguro que muchos otros “dueños” se sumarían. Y si les ayuda en alguna forma, me adelanto de una vez: declaro formalmente que el petróleo no es mío sino de quien pague más impuestos por extraerlo y procesarlo. Ahora espero su amable respuesta sobre qué pretenden hacer con el dinero que pueda obtenerse.
P.D.
Si llegaron hasta aquí es posible que se hayan dado cuenta que hasta ahora sólo he mencionado la mariguana en el título. Ya me he extendido demasiado, pero la idea es breve: ninguna de las iniciativas que con tanto bombo y platillo presentaron ante medios de comunicación recientemente discute aunque sea de paso el tema de cobrar impuestos a la mariguana que se produzca y venda legalmente. Se entiende que estamos en las primeras etapas de una discusión que probablemente no llegue a ninguna parte en el futuro cercano. Se entiende también que cobrarle impuestos a la mariguana probablemente será una pesadilla en un país en el que muchos apenas están decidiendo cómo justificar lo que pagan en sus tarjetas de crédito. Pero comprenderán también entonces que si no están dispuestos a discutir abiertamente las implicaciones fiscales de la reforma energética, y prefieren discutir la mariguana como una medicina o un vicio libres de impuestos, sienta aún menos entusiasmo por la idea de la legalización light que el que provocaba mi otrora participación minoritaria de la “empresa de todos los mexicanos”. La muerte y los impuestos son una cosa seria. Merecen al menos una discusión igual de seria.