blogeditor · 15 de junio de 2021
El nivel de violencia entre las milicias israelíes y palestinas se ha recrudecido recientemente -22 de abril de 2021-. La Franja de Gaza ha sido un lugar de confrontación en el que miles de israelíes y palestinos han muerto por los bombardeos durante décadas. Sin entrar en detalles sobre los orígenes del conflicto o la historia de cada bando, este texto analizará el papel que juega el comercio de armas en su perpetuación.
Para empezar, centrémonos en los acontecimientos recientes. El 5 de mayo algunos legisladores demócratas cuestionaron una venta de armas a Israel por valor de 735 millones de dólares. The Washington Post ha señalado que la venta comprende armas de ataque directo conjunto (JDANS) que se han comprado en el pasado. Además, los miembros del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes han declarado que no hay transparencia en los acuerdos de venta de armas aprobados (Raji, 2021), por ello un grupo de demócratas se ha manifestado en contra de la postura proisraelí diciendo que la “ayuda de EEUU no debería estar financiando esta violencia” (Pocan, M. 2021, TW). La venta de armas a Israel ha sido criticada por varias ONG que también destacan la provisión realizada por el Reino Unido. Estas protestas han ido en aumento desde que las acciones militares se intensificaron en 2014. De hecho, el exprimer ministro David Cameron anunció en 2014 que habría que revisar las licencias de exportación. Sin embargo, organizaciones como Campaign Against Arms Trade (CAAT) han afirmado que el comercio de armas del Reino Unido a Israel ha aumentado (CAAT, s.f.). Por último, Alemania e Italia son países que también se han señalado como vendedores de armas a Israel, según la CAAT el valor de las armas que Israel ha adquirido a Alemania durante 2013-2017 asciende a 1,600 millones de euros, y de Italia asciende a 476 millones de euros (Andrews, 2021).
Por otro lado, se ha sostenido que Hamás obtiene sus armas a través del comercio ilegal, por lo que a través del mundo digital de la dark web es posible comprar y vender: algunos analistas incluso afirman que el mayor exportador legal de armas del mundo (EEUU) es también el mayor exportador ilegal (Bloom, 2018). Asimismo, otros afirman que Hamás recibe armas de países como Sudán, Siria, Egipto, Líbano y, en general, apoyo del mundo árabe (Abu Amer, 2020).
Contradicción
Más allá de cuál sea el bando correcto o incorrecto, lo cierto es que el comercio de armas genera crisis humanitarias, equilibrios de poder asimétricos, intereses inherentes a las partes no implicadas directamente en el conflicto, entre otras cosas. Uno de los mayores problemas es la narrativa contradictoria que realizan los tratados y convenciones internacionales y que comienza con las grandes potencias que los componen. Si observamos el Tratado sobre el Comercio de Armas (TCA), existe una orientación y justificación basada en los derechos humanos, la moral y el humanitarismo que enmarca las exportaciones de armas realizadas por los Estados liberales, principalmente Estados Unidos y Reino Unido, lo que hace que no se sometan al escrutinio y la rendición de cuentas (Stavrianakis, 2015). En este sentido, Stavrianakis (2019) ha criticado el TCA de 2013 argumentando la presencia de un militarismo liberal. Además, los estados que venden armas justifican sus acciones bajo el argumento de -contención del enemigo- en el que utilizan el término -terroristas- frecuentemente. Este entendimiento del Otro como amenaza se puede ver claramente en el conflicto israelí-palestino, ya que el discurso principal que manejan los principales actores liberales como Estados Unidos, la Unión Europea y el Reino Unido, señala a Hamás como una organización designada como terrorista a la que hay que culpar y a la que hay que hacer la guerra (BBC, 2021) (Departamento de Estado de Estados Unidos, s.f.).
La contradicción surge cuando estos países liberales reclaman la obediencia de instrumentos como el Derecho Internacional Humanitario (DIH). Según Wilson, este sirve como instrumento político utilizado por las ONG occidentales para influir en las actividades militares de otros Estados (Wilson, 2017). En relación con esta postura e incluyendo el argumento de la contradicción, el DIH tiene como principal objetivo proteger a los civiles de los enfrentamientos hostiles; sin embargo, deja fuera lo que se conoce como -bajas accidentales de no combatientes-, estas sutiles violaciones se mantienen dentro de los marcos de la legalidad y permiten que los daños colaterales se intensifiquen (Cronin, 2013).
Si bien cabe señalar que la situación podría ser peor en ausencia del derecho internacional, pues el uso de la fuerza extrema está de alguna manera controlado. No obstante, la clave del problema está en que quienes escriben las leyes favorecen a ciertos grupos, a través de un mecanismo de discriminación.
Mecanismos de aplicación y cambio
Uno de los principales problemas que tienen los tratados internacionales en general para controlar los conflictos armados y sus consecuencias es la forma en que se construyen los mecanismos de aplicación en sus principios. En el Derecho Internacional Humanitario hay una falta de un órgano de poder específico que pueda interpretar autoritariamente el derecho (Zwanenbourg, 2013). Creemos que una solución es reescribir los tratados realizados por los principales países e incluir en su elaboración a todo tipo de actores, con el fin de analizar los diferentes intereses políticos. El nuevo documento no debería ser ambiguo sobre quién es legítimo de hacer tal o cual cosa. La legitimidad es un concepto que debe ser borrado de las discusiones ya que nadie debe tener derecho a producir la guerra.
Así pues, debería haber un proceso de descolonización respecto a la interpretación de la guerra. En este sentido, existe una limitación eurocéntrica en la guerra como concepto. Más aun, el comercio de armas no se ajusta a las distinciones convencionales que existen sobre la paz y la guerra; esto se debe a los actores externos que influyen indirectamente en el resultado (Barkawi, 2016). Creemos que la solución puede venir de una sociedad mundial informada que cuestione la narrativa impuesta por la prensa occidental y los principales actores globales; por lo tanto, la globalización expresada por el intercambio de información digital es una herramienta que puede utilizarse para iluminar a los ciudadanos del mundo y contribuir a un proceso de descolonización consciente.
El papel de los actores externos
Las organizaciones internacionales desempeñan un papel importante en el arbitraje normativo internacional: establecen lo que está permitido y lo que requiere una intervención humanitaria urgente. Sin embargo, aunque se proclamen como entidades neutrales, no podemos perder de vista su carácter político, especialmente en el conflicto estudiado en estas líneas. Desde una perspectiva constructivista, es importante identificar y delinear los intereses que están detrás de la construcción de las normas e instituciones internacionales: qué intereses se prioritizan y qué medios, o fines, se utilizarán para sustentar el poder de su aplicación. En otras palabras, su motivación y justificación (Finnemore, 1996).
Asimismo, aludiendo a las teorías de la securitización (McDonald, 2013), en esta situación existe una construcción -sobre todo procedente de Occidente- de la amenaza, los -actos de habla- (speech acts) cuando se refieren al enemigo como una organización terrorista, y el papel que juegan las grandes potencias como actores de la securitización. Es decir, asumen la responsabilidad de proporcionar seguridad en zonas de conflicto, de manera que el comercio legal de armas se justifica como una -medida extraordinaria- adoptada para proteger un determinado objeto de referencia, que en este caso es Israel.
En este sentido es controvertido cómo actores ajenos al conflicto pueden desarrollar un proceso de securitización. Este fenómeno se vincula con la discusión estudiada por Wither (2016) en relación con el concepto de guerra híbrida, donde hay intervención de actores no estatales en el patrocinio de recursos que se combina con una campaña de desinformación. Mary Kaldor lo llama -nuevas guerras- aquellas que “son guerras libradas por redes de actores estatales y no estatales, a menudo sin uniforme” (2005, pp. 492). Más profundamente, podemos argumentar que esta nueva guerra puede clasificarse dentro de los nuevos tipos de economía de guerra. El sistema en el que se inserta una economía de guerra globalizada prioriza el apoyo externo prestado a las partes en conflicto y se caracteriza por los intereses económicos y políticos que subyacen y -buscan- la continuación de la guerra. En este contexto, la ayuda humanitaria se utiliza como única solución, dejando de lado las razones fuertemente políticas que la preceden (Kaldor, 2012).
Guerras de dinero o Money Wars
Una de las consecuencias negativas de la globalización es la creciente difusión de los actores en conflicto. Existe un mercado de la violencia alimentado por la oferta y la demanda tanto de productos (armas) como de servicios (visto con las Empresas de Seguridad Privada).
Nos encontramos con una falta de control del mercado de armas que, convierte a las empresas armamentísticas en entidades independientes del interés público. Siguiendo este argumento, el problema de este tipo de mercado, a diferencia de otros, es que las armas destruyen; y la perspectiva de los gobiernos que apoyan su proliferación debería ser que las armas son fines y no medios (Wilson III, 2005). El dinero surge como el principal motor de la guerra, que parece disociarse cada vez más de las razones políticas.
Aunque la motivación económica es clave para explicar la obtención de recursos en estas nuevas guerras, de parte de los vendedores de armas no surge de objetivos políticos identitarios.
Conclusión
En suma, ambas partes del conflicto se ven beneficiadas por el comercio legal o ilegal de armas, sin embargo, el resultado desequilibrado refleja cómo -actores invisibles- tienen el poder de influir en el conflicto. Como se planteó en la introducción, creemos que algunos países se benefician realmente de la continuación del conflicto; Barkawi lo ilustra muy claramente en las siguientes líneas: “el poder imperial remodela las fuerzas locales del orden, a menudo a través de la violencia, y empodera o constituye clientes, a través de muchos territorios en formas conectadas” (2016, pp. 210). Como ejemplo de esto, el TCA discrimina entre la seguridad y la soberanía de los estados y esto se refleja en quién está justificado para comerciar con armas.
La principal consecuencia de este problema es la crisis humanitaria y el desplazamiento que sufren ahora las personas en Israel y Palestina; junto con la desintegración del Estado palestino y la marginación económica para defenderse incluso de los ataques históricos. Así, as negociaciones diplomáticas no toman en cuenta quién se beneficia del conflicto a través del comercio de armas.
No podemos ignorar a las agrupaciones políticas existentes externas al conflicto palestino-israelí, así como los fuertes intereses económicos que hay detrás de la venta de armas. Poderosos actores externos occidentales están perpetuando la violencia al financiarla, pero lo que es peor es la narrativa que se construye a favor o en contra de cualquiera de los bandos, cuando ellos son los controladores últimos del resultado. Si realmente quieren que la guerra termine, deberían empezar a asignar la responsabilidad en el lugar donde comienza.
* Alejandra Leyva (@aleleyva9) es Licenciada en Ciencia Política por el ITAM. En proceso de recibir el título de maestra en Seguridad, Creación de Paz y Diplomacia por Loughborough University London.
Referencias: