Redacción Animal Político · 11 de julio de 2025
Abedallh El Borbar (32 años) y su familia llevan una semana “retando a la suerte”. Suerte que los ha acompañado los últimos 21 meses en que sobreviven al genocidio en la franja de Gaza. El pasado 30 de junio llegó la orden de las fuerzas israelíes de dejar la zona donde habitan y desplazarse hacia al sur, hacia Al-Mawasi, por la carretera Al-Rashid. Pero han decidido quedarse, o más bien, asumen con resignación que no pueden irse.
Lejos queda aquel 11 de septiembre de 2023, cuando recibían las llaves del apartamento 202 del edificio Abu Al-Hussain, en Al-Fajula, en el norte de Gaza y junto a la ciudad de Jabalía. Abedallh y su esposa, Maha Wasen (29 años), lo habían comprado pensando en criar ahí a los pequeños Massa y Wassen, de entonces 3 años y 11 meses, respectivamente. “Todo era nuevo, una vida completa”, rememora este informático que de joven jugó en el Club Al-Ahly, cuando soñaba con ser futbolista profesional.

El 17 de octubre, antes de cerrar la puerta y salir con lo puesto, miró por última vez su hogar con la esperanza de regresar cuando todo fuera, al menos, relativamente seguro. “Al inicio de la guerra no hubo ninguna advertencia a la gente. Solo bombardeos por todas partes. Por familiares que trabajan en organismos internacionales supimos que solo avisaron a esas instituciones, dejando al resto de la población morir”.
“Milagro” es la palabra que más repite Abedallh al enumerar los desplazamientos que llevan a cuestas. Los primeros días estuvieron en la casa de su hermano Mahmoud, hasta que bombardearon la casa de al lado. Se refugiaron tres meses en el hospital Al-Shifa. “Veíamos cuerpos mutilados, cabezas, personas calcinadas, niños mujeres y hombres destrozados, todos los días. Salimos cuando los tanques se acercaron y los proyectiles caían sobre el hospital. Escapamos caminando, sin saber a dónde ir. Dormíamos en las calles.”
Se refugiaron un mes en casa de otra de sus hermanas, luego en la de Abu Shadi Arafat, tío materno de Maha. “Es un hombre muy amable. Perdió a su hijo, tenía solo 18 años. Lo mató un dron mientras defendía su casa”.
La familia partió más al sur, a Rafah, donde se encontraron con los padres de Abedallh: Suhail e Ilham, de 72 y 68 años. Desde entonces, permanecen los seis juntos. Permanecieron ahí seis meses. Cuando el ejército israelí entró en Rafah, se desplazaron hacia Khan Younis, zona de Al-Zawaida, entre la ciudad de Nuseirat y Deir Al-Balah.
A mediados de enero de 2025 —cuando se anunció la tregua de alto al fuego para un primer intercambio de rehenes entre Israel y Hamás, tregua que sería rota por Israel en marzo—, partieron al norte con la esperanza de regresar a su hogar. Solo hallaron escombros. Misma suerte corrió el cercano edificio Watan, donde estaba la sede de “Afkar”, la agencia de marketing que Abdallah emprendió, y el taller de Maha, quien estudió diseño de modas en el centro de formación profesional de la UNRWA y estaba a dos años de terminar sus estudios de filología inglesa. Desde entonces pernoctan en una tienda de madera y telas, cuyos materiales le costaron 900 euros.

“Cada día vemos la muerte. Veo a mi esposa y a mis hijos y se me rompe el corazón. Ella ha soportado muchísimo”, se sincera en una entrevista que se logra completar en días por la pobre señal del internet. Pero aun con esa intermitencia de conectividad, conservar su smartphone es lo que les ha permitido sobrevivir. Como muchas otras familias gazatíes que gozan de alfabetización digital, lanzaron una campaña de GoFundMe, que promueve en su cuenta personal de Instagram para pedir donaciones a quienes presenciamos el conflicto desde el exterior. En sus feeds se constata el quiebre entre una vida “normal” y el giro distópico de sus publicaciones posteriores al 7 de octubre de 2023, que -según el Informe 302-Gaza Strip de la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA)– ha dejado hasta el 2 de julio, cuando menos, 57,012 palestinas y palestinos asesinados. Según el mismo reporte, más de 714.000 personas —un tercio de la población de Gaza—, se han visto desplazadas en los últimos tres meses.
Así es como Sandra G., portuguesa radicada en Madrid y hoy férrea activista propalestina, los conoció en mayo de 2024. De un reel que el algoritmo le mostró, a ser el principal soporte emocional de la familia El Borbar-Wasen. “Es que son también mis niños. Los he visto crecer. Ya soy la tía Sandra”. Así se refiere a Massa y Waseen.
“Pero ¿cómo eres del Barça si vives en Madrid?”. Entre sus conversaciones se cuelan anécdotas casuales que les permiten olvidar, por instantes, la disparidad de sus entornos; como el día en que descubrieron que Abedallh y Sandra comparten fuerte afición culé desde los tiempos dorados de Guardiola y Messi.
Cuando notó que su capacidad de atraer donaciones entre su círculo cercano decayó, Sandra envió a Abedallh fondos para que adquiriera una laptop, y así pudiese diseñar las ilustraciones de las camisetas solidarias que se ofrecen en “Roots of Palestine”, la web que promueve en todo el tiempo libre que saca después de su trabajo como agente en una agencia turística. Once euros es lo que se consigue por cada una. ¿En qué logran convertirse en una economía de guerra?
30 % es la comisión que se quedan las casas de cambio aun en pie de las que obtiene efectivo para comprar en los escasos puestos callejeros. Desde el 7 de mayo, cuando el ejército israelí consolidó el bloqueo de ayuda humanitaria independiente e iniciada en marzo, los precios se han disparado: 1 kilo de harina, 50 euros; 1 kg de papas, 50 euros; madera para cocinar, 30 euros. Waseen ha dejado de usar pañales, lo que ha quitado algo de presión económica: proveérselos costaba 50 euros semanales.
Ya camina y juega con su hermana. “Él no entiende nada aún, pero es inteligente. Se asusta con el sonido de las bombas. Cuando se ve en videos de cuando vivíamos en casa, se sorprende y se alegra. Massa recuerda su bicicleta roja y su cama”, relata su padre.

Hasta el momento, la familia El Borbar-Wasen ha podido evitar acercarse a los centros de distribución de la cuestionada Gaza Humanitarian Foundation (GHF) —organización privada estadounidense avalada por Israel para operar en Gaza. El 17 de junio, Mohamed Wasen, el hermano menor de Maha, fue asesinado con cinco tiros cuando intentó obtener víveres en uno de ellos. Según el más reciente informe de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OACDH), al menos 613 personas habían sido asesinadas en Gaza mientras buscaban ayuda humanitaria.
Aún así, deben escoger entre malcomer o atender sus enfermedades crónicas. La exposición continua a escombros, moho, y humo de explosiones ha convertido el aire en una amenaza silenciosa. Massa ha desarrollado sinusitis. “Mientras duerme, se siente asfixiada. Necesita una operación de senos paranasales urgente. Mi padre tiene úlceras e hipertensión; mi madre problemas cardíacos y colon irritable. Ambos tienen hernia discal”, explica Abedallh.
La precariedad de su salud, más los costos de desplazarse (300 euros de transporte y 900 euros de materiales para una nueva tienda de campaña) es lo que los frena a aventurarse a regresar al sur, donde Israel pretende hacinar a 600 mil gazatíes, en lo que su ministro de Defensa, Israel Katz, ha denominado “una ciudad humanitaria”, como eufemismo de un evidente campo de concentración.
“Los desplazamientos han sido los días más duros. Solo dábamos agua a los niños. Hubo días sin una gota. Está contaminada, pero no hay opción: o beberla o morir”, narra Abedallh.

Sandra reconoce que su salud mental se ha visto afectada durante estos meses que no ha soltado la mano a los Borbar-Wasen. Afortunadamente, Instagram le permitió encontrarse también con otras personas que, como ella, han “adoptado” otras familias gazatíes tras decidir no hacer scroll-down a una primera llamada de auxilio aleatoria. Tejen una red de apoyo a través de Telegram, en la que las alrededor de 60 personas que hoy la conforman, en su gran mayoría mujeres, se brindan contención, soporte emocional e impulsan unidas la recaudación de fondos. Son ciudadanas que, desde distintas latitudes, cargan sobre sus hombros responsabilidades que pertenecen a sus Estados, quienes no han sido capaces de frenar la escalada genocida.
Mientras tanto, Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel —sobre quien pesa una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra y de lesa humanidad cometidos durante la ofensiva militar en Gaza—, ha anunciado a Donald Trump que lo ha postulado al Premio Nobel de la Paz. El contexto: una cena en la propia Casa Blanca, donde el presidente de Estados Unidos lo ha acogido esta misma semana, agradeciéndole públicamente el gesto.
Abedallh atestigua que desde que se habla de las nuevas negociaciones entre Israel y Hamás para un alto al fuego, la intensidad de los bombardeos en la franja ha aumentado. “Nuestro único deseo es que pare la guerra y podamos reconstruir nuestra casa., finaliza este padre de familia, aun aferrado a la esperanza de un mejor mañana.
* Daniela S. Valencia (@dany_svalencia) es directora de la agencia internacional Vibrante Comunicación y Máster en Estudios de Mujeres, Género y Ciudadanía por la Universidad de Barcelona. Instagram: @danoax LinkedIn