Redacción Animal Político · 26 de marzo de 2025
El pasado 5 de febrero fue inaugurada en la Antigua Academia de San Carlos la exposición La venida del Señor, del artista Fabián Cháirez. En ella se expone una serie de piezas con personajes sin nombre ni caracterización, que visten ropas de clérigos o religiosas. En su propuesta no sólo aparecen en escena las relaciones de poder, también el erotismo.
La difusión en las redes sociales de la exposición ha generado reacciones tanto a favor como en contra de la obra presentada. Entre estas últimas la de un grupo de personas católicas que se manifestaron con una serie de eventos religiosos en las inmediaciones del museo y un performance en el que han evidenciado su posición: el arte no puede criticar su experiencia religiosa. En otras palabras, el actuar de estas personas expone de manera clara que su perspectiva de fe es más importante que cualquier artefacto cultural que podría colocarse a debate.
Es así como un grupo de activistas católicos llamados Abogados cristianos denunció la exposición ante el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación con el argumento de que “la exposición presenta imágenes religiosas en contextos ofensivos y profanos, lo que constituye un agravio a la fe de millones de personas”. Con esto crean un discurso victimizante que ha colocado como bandera lo que llaman cristianofobia, noción que se podría cuestionar dado que no existe una persecución sistémica ni impedimento alguno para sus prácticas religiosas. En ese sentido, habría que distinguir el rechazo o discriminación que puedan vivir, ya que no responde a una estructura que les impida su realización personal o comunitaria. Similar situación sucedió con una obra de teatro titulada María maricón que se expondría en el Perú, la cual fue vetada por el mismo Estado debido a su título y gráfica promocional.
Estas expresiones se dan en el marco de lo que llaman “el ejercicio de su libertad religiosa”, que implica -sin duda- una afirmación de su autonomía. La bioética clásica ha establecido que este principio salvaguarda la integridad de la persona y de sus decisiones. Este principio, trasladado al campo social, coloca la autonomía en otro tipo de escenarios, donde ya no se encuentra en juego el ejercicio de la libertad personal frente a otras personas que deciden por ellas, sino que atraviesa una colisión de derechos entre la libertad religiosa y libertad de consciencia, basados en una comprensión de libertad de expresión.
Lo revisado hasta ahora se puede evaluar desde una perspectiva bioética social para cuestionar cómo es que aquella posición basada en la autonomía por parte de estos grupos puede ser ponderada por otros aspectos; por ejemplo, el ejercicio de su protesta podría ser respetada, aunque lo que no pueden hacer es impedir que otras personas asistamos a ver la muestra.
En ese sentido, lo que una sociedad laica exige es tener presente que la autonomía es relacional; es decir, se ejerce en el marco de derecho instaurado democráticamente por un pueblo soberano que impide injerencias religiosas institucionales, recordando que sus propuestas argumentativas no son determinantes en una sociedad como la mexicana. Hace más de 10 años, la doctora Griselda Gutiérrez 2 alertaba, de manera muy incisiva, en uno de sus textos que el debate no debe ser colocado entre libertad religiosa y su reconocimiento estatal; más bien, tendría que desarrollarse por parte del Estado una propuesta clara de libertad de consciencia, que permitiría a las personas dar cuenta de sí, 3 mucho más ante un escenario que no le pertenece sólo al catolicismo ni a las iglesias cristianas.
Es importante que como sociedad civil no sintamos lejanos los comportamientos de esos grupos religiosos, no para censurarlos, sino para dar pie a mayores diálogos sobre la laicidad y sus efectos en la sociedad compartida por creyentes y no creyentes. Junto a esto, debemos proponer pedagogías críticas que dejen a las comunidades expresarse, pero no considerarse el centro. En ese sentido, es menester recordarles a esos grupos que las jotas, lenchas, tracas, travas, etcétera también poseemos derechos y ejercemos nuestra ciudadanía desde allí, lo que implica buscar el reconocimiento como una tarea permanente. Lo que esos grupos reclaman como respeto no es sino un privilegio que ha tenido consecuencias nefastas en la historia de la humanidad.
Ante la arremetida neoconservadora en el mundo entero es fundamental prepararnos, apostando por una educación abierta y accesible, donde quizá lo espiritual o religioso tengan una voz, pero que no sea determinante como las religiones pretenden. El arte, más allá de Fabián Cháirez, puede ser una buena oportunidad para colocar temas que no son debatidos por la moral cristiana que lo censura todo. No dejemos que se metan con el arte, porque después lo harán con otros derechos.
* Enrique Vega-Dávila es doctor en Estudios Críticos de Género; bachiller, licenciado y maestro en Teología. Actualmente es profesor en el Colegio de Filosofía y de Estudios Latinoamericanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y realiza una estancia postdoctoral en el Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe. Pertenece al Sistema de Investigadoras e Investigadores de México como candidato y es acompañante espiritual de personas en cuidados paliativos.
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1 Joselevich, Camila. “Heresiología en los extractivismos: los antimineros”. Tabula rasa 24: 105-122.
2 Gutiérrez, Griselda. El Estado laico a debate. Universidad Nacional Autónoma de México, 2013.
3 Butler, Judith. Dar cuenta de sí. Sobre la violencia ética y responsabilidad. Amorrutu, 2005.