Joel Aguirre · 31 de julio de 2026
Por Dulce Torres*
En 2024, el año más reciente que reporta el portal de defunciones por homicidio del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), los homicidios cometidos con armas de fuego en México alcanzaron un porcentaje inédito: 73 % del total. Este aumenta a 74 % al tratarse de hombres y disminuye a 65 % al tratarse de mujeres. En el presente siglo, desde 2001, más de la mitad de los hombres asesinados en el país mueren a causa de un arma de fuego, mientras que para las mujeres esto no fue así sino hasta 2010.
La crisis de violencia armada en México no es nueva y, contrario a reducirse, aumenta año con año. No obstante, prestar atención a los patrones diferenciados por el sexo permite repensar, bajo un criterio más informado y con perspectiva de género, las acciones en torno al desarme y control de armas de fuego.
Aunque los datos sobre las armas de fuego en el país son limitados, el INEGI es una de las fuentes más completas. Su portal de defunciones por homicidio permite analizar variables sobre las características de la defunción y de la víctima, lo que ayuda a identificar patrones diferenciados entre sexos.
Con base en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10) de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el INEGI clasifica las defunciones por homicidio con armas de fuego en tres tipos de armas: 1) arma corta; 2) rifle, escopeta y arma larga; y 3) otras armas de fuego y las no especificadas.
Asimismo, cada caso se clasifica según el lugar donde ocurrió el homicidio: 1) vivienda; 2) institución residencial; 3) escuelas y otras instituciones o áreas administrativas públicas; 4) áreas de deporte y atletismo; 5) calles y carreteras; 6) comercios y áreas de servicios; 7) áreas industriales y de construcción; 8) granjas; 9) otro lugar especificado; y 10) otro lugar no especificado.
Así, el INEGI distingue 30 combinaciones posibles de homicidios con armas de fuego: tres tipos de armas para cada uno de los diez lugares de ocurrencia. Esta clasificación permite analizar qué tipo de arma se utilizó con mayor frecuencia en distintos espacios. Además, al cruzar esta información con variables como el sexo, es posible identificar patrones sobre el uso de armas en diferentes contextos.
En el presente siglo, entre 2001 y 2024, han ocurrido 357,332 homicidios con armas de fuego. En promedio, el 98 % corresponde a la categoría “otras armas de fuego y las no especificadas”. En 2024, por ejemplo, del total de 23,400 homicidios con armas de fuego, 23,248 (99 %) correspondieron a esa categoría. Es decir, en prácticamente todos los homicidios cometidos con armas de fuego en el país se desconoce el tipo de arma utilizada.
Ahora bien, de los diez lugares de ocurrencia que distingue el INEGI, tres concentran la mayor parte de los casos clasificados como “otras armas de fuego y las no especificadas”: calles y carreteras, vivienda y lugar no especificado. Sin embargo, este patrón presenta diferencias al desagregar la información por el sexo de la víctima.
Actualmente, las calles y carreteras constituyen el principal lugar de ocurrencia tanto para mujeres como para hombres; no obstante, al inicio del presente siglo el patrón era distinto. Entre 2001 y 2003, la vivienda fue el principal lugar donde las mujeres fueron víctimas de homicidio con “otras armas de fuego y las no especificadas”; aunque desde 2004 esta tendencia se invirtió, la vivienda no ha dejado de ser un espacio con un peso importante en la ocurrencia de homicidios de mujeres, como se observa en la siguiente gráfica.

En contraste, entre los hombres la vivienda nunca ha sido el principal lugar de ocurrencia ni ha superado a las calles y carreteras. Como se muestra en la Gráfica 2, las calles y carreteras se han mantenido de forma consistente como el lugar donde ocurre la mayor cantidad de homicidios de hombres con “otras armas de fuego y las no especificadas”

En otras palabras, en 2001 cuatro de cada diez mujeres eran asesinadas con “otras armas de fuego y las no especificadas” en vivienda, mientras que en 2024 la proporción disminuyó a dos de cada diez (al tiempo que aumentó en calles y carreteras). En cambio, entre los hombres esta proporción se ha mantenido en uno de cada diez durante todo el periodo.
Este breve análisis con los datos del INEGI permite identificar al menos dos puntos relevantes para repensar las acciones en torno al desarme y control de armas de fuego.
El primero recae en el hecho de que, en promedio, el 98 % de los homicidios con armas de fuego en el país se cometen con armas no identificadas. Esto resulta preocupante porque, al desconocer el tipo de arma utilizada en la mayoría de los casos, se dificulta el rastreo de su origen, limitando el diseño de estrategias específicas para combatir el tráfico ilícito y reducir su disponibilidad.
Además, comprender por qué no se ha logrado identificar el tipo de arma utilizada exige revisar el funcionamiento del Sistema Integrado de Identificación Balística (IBIS, por sus siglas en inglés) en México, coordinado por la Fiscalía General de la República (FGR), y del que, por cierto, no se dispone de información pública.
El segundo punto consiste en reconocer que la violencia armada no ocurre bajo el mismo contexto para hombres y mujeres. Mientras que entre los hombres los homicidios con armas de fuego se concentran históricamente en las calles y carreteras, entre las mujeres la vivienda ha ocupado un lugar mucho más relevante. Aunque estos datos por sí solos no permiten explicar las causas, sí son consistentes con otras investigaciones, como la liderada por Data Cívica e Intersecta, que han documentado el papel de la violencia familiar y de pareja en los homicidios de mujeres.
Históricamente, la posesión y el uso de armas de fuego han estado asociados a la masculinidad: la idea del hombre como protector y la legitimación del uso de la fuerza para resolver conflictos. Por ello, repensar la construcción de identidades diferenciadas de género resulta fundamental.
En este sentido, el programa “Sí al desarme, sí a la paz”, coordinado por la Secretaría de Gobernación en conjunto con otros actores, representa un esfuerzo positivo al promover el canje de juguetes bélicos por juguetes educativos, lo que puede contribuir en la reconstrucción de las identidades de género.
Finalmente, es preciso señalar que el mayor reto en el estudio de la violencia armada en México sigue siendo producir más y mejores datos. En la conferencia mañanera del 13 de agosto de 2019, el entonces secretario de la Defensa Nacional, el general Luis Cresencio Sandoval, declaró “no [tener] datos con precisión [sobre la cantidad de armas que ingresan y circulan de manera ilegal en el país]”. Hoy, tras la reforma a la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos (LFAFE) de mayo de 2025, que estableció el control total de las armas de fuego a cargo de esta secretaría, resultaría difícil justificar una afirmación de esa naturaleza.
Sin datos precisos, transparentes y accesibles es imposible conocer con exactitud la magnitud del problema, comprender sus características y diseñar, implementar y evaluar las acciones necesarias para atenderlo. La generación de información de calidad debe convertirse en una prioridad.♦
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*Dulce Torres es investigadora del Seminario sobre Violencia y Paz de El Colegio de México y miembro de la alianza Desarmando el Miedo.