De armas, aulas y otras omisiones: la violencia vive entre nosotros

Joel Aguirre · 6 de octubre de 2026

De armas, aulas y otras omisiones: la violencia vive entre nosotros

Por Ana Paula Hernández Romano*

El mundo debería ser un espacio habitable para niños, niñas y adolescentes. El barrio, la calle, la casa, la parroquia, el aula, la cancha deberían ser lugares compartidos. Com. Partidos. Ser parte. Pertenecer. Mirar. Ser mirados. Cuidar. Ser cuidados.

En México les hemos quedado a deber. Los espacios que por excelencia deberían ser seguros para la niñez y las juventudes, la casa y la escuela, en muchos de los casos están lejos de ser mundos en donde alguien quiere y puede vivir, en donde se puede crecer, aprender a ser con otros, a compartir el horizonte. Ocupamos el primer lugar, según la OCDE, en violencia escolar, con 28 millones de niños y niñas en riesgo. La violencia familiar, según el INEGI, tiene una prevalencia del 70 % a lo largo de la vida de un mexicano.

Las fronteras de la familia y aula son porosas y así deben ser, deben permitir el intercambio entre el afuera y el adentro, permitirlo protegiendo, claro, enseñando a ser parte, discerniendo, formando, reimaginando. Son espacios que reproducen lo que se vive afuera, que permiten el tránsito de lo bueno y de lo malo. Y en México vivimos en una realidad sumergida en la violencia, no solo en las redes sociales, el gran culpable que ahora se señala como responsable de que unos adolescentes sean capaces de matar dentro de su antigua escuela. Es fácil buscar un culpable difuso, un enemigo común, virtual, jabonoso detrás del cual diluir responsabilidades gubernamentales y sociales. Una razón más para censurar, para escudarnos detrás de enemigos prefabricados y no mirar la violencia que niños, niñas, adolescentes y jóvenes viven mucho más allá de las pantallas.

La violencia mora en todas partes

La violencia vive en las oportunidades que no tienen. En la educación de buena calidad a la que no acceden. En los servicios de salud que se les niegan. En los trabajos que sus padres no tienen y a los que ellos tampoco podrán acceder. En el tiempo de traslado que sus familiares sacrifican de las horas que comparten. En las burlas, el rechazo, la discriminación que sufren frente a la mirada de chicos y grandes que deciden no hacer nada. La violencia vive en el discurso de odio y polarización que se orquesta también desde el poder. En el empeño para ocultar una realidad que termina imponiéndose. En la indiferencia ante el dolor ajeno. Ante la incapacidad social para organizarse y defenderse. La violencia vive en las búsquedas de personas desaparecidas que tienen que hacer las familias en solitario por la enorme cadena de omisión, negligencia, corrupción, complicidad e impunidad que llevó primero a tener un ser querido reclutado, después desaparecido, para por último ser buscado con picos y palas en tierras rocosas y en fosas clandestinas.

La violencia también vive en nuestra incapacidad de acoger, de cuidar, de ser comunidad, de enseñar a compartir el mundo.

Es difícil crecer en donde imperan la sospecha, la persecución, la duda, la criminalización de la niñez y de las juventudes. Muy difícil, cuando no hemos creado las condiciones para su bienestar, cuando nosotros mismos somos incapaces de tejer redes de cuidado. Cuando guardamos silencio frente al creciente número de servicios, instituciones y derechos que se han ido encogiendo hasta casi desaparecer, desde la educación, hasta la democracia y el acceso a la justicia.

¿Y la ciudadanía capaz de exigir?

No nos desgastemos buscando culpables en las redes sociales. Tampoco en las campañas fallidas (y violatorias de derechos) de mochila segura, detectores de metales a la entrada de las escuelas, policías cateando adolescentes para ingresar al aula. Han demostrado una y otra vez una nula eficacia frente a la violencia escolar.

No caigamos en la trampa de que la solución está en censurar las redes, seguir encogiendo la libertad de expresión, en revisar mochilas, en perseguir sospechas.

La solución es mucho más compleja, requiere de una ciudadanía capaz de exigir, de denunciar, de comprometerse por el presente de una generación que se empeña en sacrificar a sus hijas e hijos. Requiere de un gobierno capaz de mirarse a sí mismo, de reconocer el daño profundo que sus acciones y omisiones están teniendo y seguirán teniendo en millones de niñas y niños que en el país crecen a la intemperie, sin un techo de derechos y cuidados que vele por su crecimiento y desarrollo.

En un libro sobre responsabilidad personal y colectiva, Hannah Arendt cita a Shakespeare, en Hamlet “el tiempo está fuera de quicio. ¡Maldita suerte que haya nacido yo para ajustarlo!” Arendt continúa diciendo que “ajustar el tiempo significa renovar el mundo y, si podemos hacerlo es porque todos, en algún momento, hemos sido unos recién llegados a un mundo que estaba ahí antes de nosotros y que seguirá ahí cuando hayamos depositado su carga sobre nuestros sucesores”.

Este es el mundo, el país, que estamos depositando sobre la espalda de la niñez y la juventud, este mundo desquiciado del que hablaba Shakespeare. La pregunta es si estamos dispuestos a renovarlo.♦ 

*Ana Paula Hernández Romano es coordinadora del Diálogo Nacional por la Paz.

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