Aprendizajes de una privación

blogeditor · 23 de noviembre de 2020

Aprendizajes de una privación

Era domingo. Estaba en Mazatlán y me disponía a leer un rato café en mano. La llamada entró pasadas las 10 de la mañana. “Tenemos una broncota”, me dijo Guille, directora editorial de Noroeste a bocajarro, “Se llevaron a Carlos, uno de nuestros fotógrafos anoche”. Pregunté qué sabíamos y me dijo que no mucho, salvo que se lo habían llevado hombres armados de su domicilio, junto a otros dos jóvenes, a eso de las 11 de la noche.

Carlos no estaba trabajando cuando sucedió y por eso no podíamos activar nuestro protocolo de reacción rápida sin la autorización de la familia. Tampoco teníamos ningún elemento que relacionara su plagio con el trabajo periodístico.

Nos habíamos enterado porque la familia contactó a una de nuestras reporteras y ella nos avisó. Le pedimos discreción hasta hablar con la familia. Guille se encargó de eso y, afortunadamente, logró convencerlos de la importancia de poner la denuncia y activar nuestros protocolos institucionales de visibilización y reacción. También estábamos ante una crisis inédita para Noroeste: nunca antes se habían llevado a un reportero nuestro.

Yo di aviso al gobernador, quien me canalizó con la secretaría de seguridad y la fiscalía de inmediato. Nos atendieron rápido y diligentemente aún cuando era domingo de puente; por eso pudimos interponer la denuncia en la vicefiscalía de la zona sur en Mazatlán a eso del mediodía. Ya habíamos perdido 12 horas, eso me pesaba enormemente porque la experiencia nos ha enseñado que esos casos se resuelven normalmente la misma madrugada y de la peor manera. La “buena noticia” era que ese domingo no teníamos reporte de hallazgo de cuerpos en la ciudad.

Una parte fundamental de nuestro protocolo es publicar el caso con la información que tenemos para darle visibilidad y generar presión en las autoridades. Así lo hicimos en cuanto pudimos.

La apuesta era una sola: que quien tenía a Carlos supiera quién era y, en un remoto cálculo de costo/beneficio, lo soltara si aún seguía vivo. Al igual que con los otros dos jóvenes.

Otra acción clave es vincular con organizaciones como Artículo 19 y el Comité de Protección de Periodistas, Quienes se pusieron a la orden de inmediato y levantaron alertas.

Algo similar pasó con medios y periodistas locales y nacionales que me mandaron mensajes preguntando sobre el caso para publicar y apoyar. La solidaridad fue abrumadora y sin regateos. Gracias otra vez por eso a todos y cada uno.

Mención especial a Raquel Zapién, periodista mazatleca del Colectivo de Periodistas por La Paz, quien me llamó para decirme de la organización de una protesta pacífica a las 4 pm de ese domingo en pleno malecón. Recuerdo perfecto sus palabras: “Si Carlitos está vivo tenemos que salir ya a exigir que nos lo regresen”.

Ahí estuvimos puntuales y ahí estuvieron colegas, amigos y la familia de Carlos, con quienes pude hablar y explicarles lo que estaríamos haciendo para apoyarlos. Les pedí que nos compartieran cualquier información que pudiera ayudar. Como le dije a los medios que nos dieron voz ese día: la prioridad era recuperar a Carlos sano y salvo. El tiempo corría mientras los turistas montados en pulmonías nos preguntaban por el reportero al ver nuestras pancartas fosforescentes. Uno de ellos con acento chilango dijo: “¡Cierren todo hasta que aparezca!”.

Para el atardecer, el caso de Carlos era tendencia nacional en redes y miles de personas habían leído la nota y visto su foto.

Aun así regresé al departamento con el ánimo pequeño. Pasaban las horas y no sabíamos nada más. Las familias de los otros dos jóvenes habían decidido no denunciar. Tampoco hubo alguna llamada pidiendo rescate. Por eso siempre llamamos al caso una “privación de la libertad” y no un secuestro. En Noroeste no usamos el término “levantón”.

A eso de las 8 pm toqué base de nuevo con las autoridades de seguridad y la Fiscalía: seguíamos sin tener nada. No quería irme a la cama con esa zozobra porque sabía que no dormiría ni un minuto. Carlos llevaba ya 23 horas desaparecido. Visualicé el peor escenario: que Carlos no apareciera nunca. Ese desenlace que viven más del 70 por ciento de los casos de desaparecidos en Sinaloa y que ya son más que los homicidios diarios. Se me revolvió el estómago y preferí pensar en otro desenlace aferrándome a la esperanza.

Entonces llegó el mensaje que me devolvió el alma al cuerpo: “ya apareció” me confirmó la tía de Carlos. Luego hablé con Guille quien ya había entablado comunicación con Carlos por teléfono. Estaba golpeado, pero estaba bien; contra todo pronóstico lo habían liberado.

Después la Fiscalía me confirmó la liberación de los otros dos jóvenes, pero en el caso de Kevin no estaba tan claro. Al parecer se había ido a otro lugar por el miedo y no tenían plena identificación de él. Para la mañana del lunes su liberación también se confirmó afortunadamente.

El lunes hablamos un buen rato con Carlos. Nos contó su traumática experiencia. Lo primero que le dije es que era muy afortunado: es una de las pocas personas y periodistas en este país que puede contar haber librado con bien una privación de la libertad. Afectado física y emocionalmente por el plagio, pero es un joven fuerte que lo habrá de superar poco a poco. Será atendido con terapia psicológica y contará con el respaldo de Noroeste en todo ese proceso.

Durante trece años en Noroeste me ha tocado vivir de todo: desde amenazas hasta balazos. Pero lo de Carlos fue diferente, hay más impotencia y más incertidumbre cuando no eres tú el que está en riesgo. Te falta más información y te sientes más responsable.

Fue una experiencia personal muy dura y un aprendizaje institucional importante. Hemos hablado largo y tendido del caso con la redacción. De ahí surgió la necesidad de (otra vez) actualizar y socializar nuestros protocolos de seguridad. La denuncia se seguirá a través de la representación legal de Noroeste.

Y sobre todo hemos aprendido que la solidaridad del gremio y la sociedad puede hacer la diferencia en una situación así. Gracias a todos Carlos está de regreso para hacer lo que sabe y le gusta hacer. No debería ser extraordinario, pero en un México de inseguridad e impunidad para el periodismo, lo es.

@AdrianLopezMx