blogeditor · 6 de enero de 2021
Platón se preguntaba hace 2,400 años ¿cómo conocemos? ¿El conocimiento es innato o adquirido? ¿Qué debemos conocer? Vienen a mi mente estas interrogantes al ver la noticia del asesinato de una jirafa bebé, cuyo cuerpo inerte fue despedazado para después alimentar a unos leones; todo esto ocurrió en vivo frente a los ojos de varios adultos y niños hace seis años en un zoológico de Dinamarca, cuyo director, Bengt Holst, explicó el asesinato como “una señal positiva y una garantía de que en el futuro contaremos con una población sana de jirafas en los zoológicos europeos”.
De acuerdo con ello, Marius, la jirafa, no debía vivir para evitar “defectos reproductivos” por su consanguinidad. Me pregunto ¿por qué? ¿En qué momento del “salto evolutivo” nuestra especie aprendió a alejarse de la naturaleza y los seres vivos, a rechazarla, evitarla, recluirla, asesinarla? Pareciera que hemos aprendido que no dependemos o formamos parte de la naturaleza. Olvidamos nuestro propio olor, que olemos a cuerpo, evitamos tener vellosidades y todo lo que nos recuerda a un ser vivo, perdimos el contacto con nuestra imagen natural. Ahora vemos a la naturaleza como algo ajeno y extraño en nuestra vida cotidiana.
La naturaleza, que siempre había sido peligrosa, hostil, es para nuestra especie objeto de todo: conocimiento, experimentación, diversión, alimentación, destrucción, recursos para nuestro “beneficio”. La naturaleza y sus habitantes son nuestros, los animales no humanos ya no tienen lugar a dónde ir o estar sin nuestra mirada o determinación respecto a sus vidas.
Se llama antropocentrismo a la creencia de que todo gira alrededor de nuestra especie, de que ésta es el centro de todo lo existente, la “mejor” entre todas, porque somos seres “racionales”, “inteligentes”, “únicos” y muy valiosos para nosotros mismos. Tanta ha sido nuestra “valía” en nuestra breve existencia en el planeta, iniciada hace sólo dos millones de años, que hemos extinguido todo tipo de seres vivientes y causado graves daños a los ecosistemas que sostienen la vida. Todo resulta insuficiente para satisfacernos, siempre queremos más, sin importar cuánto daño y sufrimiento provoquemos. Nuestro impacto sobre la naturaleza es devastador por decir lo menos. Marius es sólo un ejemplo de esta situación; ha habido más casos de muerte cotidiana de animales en las diversas “jaulas educativas” que supuestamente son los zoológicos.
La bioética irrumpe precisamente ante la necesidad de replantear una actitud diferente ante la vida en general, porque hay algo malo, enfermo, triste, desolador, horroroso, cuando, por ejemplo, se mata a una jirafa y se argumenta que es algo positivo. ¿Para quién es positivo? ¿Qué es positivo? ¿Qué está pasando? ¿No hay comunión entre nosotros y la naturaleza? Al alejarnos de la naturaleza olvidamos hacer propio lo que a otros seres vivientes y sintientes les sucede, si no es común a nuestra especie. Pero si como animales humanos somos terribles entre nosotros, cualquier explicación se queda corta para comprender nuestro actuar ante otros seres vivos. La violencia de los animales humanos no tiene finalidad ni sentido. La violencia humana daña e irrumpe en todo.
Conceptos como solidaridad, respeto, ayuda, valoración, humanismo, derechos, compasión, etcétera, deben ponerse bajo la lupa porque ya no son suficientes para interpretar nuestra vida en común, y menos la de otros seres vivientes, porque siempre viene la interpelación de qué significan para unos y en beneficio de quiénes. Tenemos responsabilidad coevolutiva hacia los otros seres vivos, les debemos respeto, amor, consideración. Cualquier niño o niña que tiene algún animal no humano como mascota sabe que siente, percibe, tiene preferencias y emociones. También ha habido niños que dañan a animales no humanos y los hacen sufrir, porque saben que conocen el dolor. ¿Cómo llegaron a eso?
¿Qué sucede cuando la violencia y el asesinato son una conducta aprendida? Cuando enseñamos sin ningún reparo que dañar, encerrar y matar a otros seres vivos es positivo, con seguridad estamos reproduciendo patrones morales cosificadores. ¿Por qué lo hacemos? ¿Podemos cambiar? Esta pregunta fue puesta en la mesa por Platón, quien intentó dar respuesta en su República, planteando toda una paideia, esa angustia de cómo hacer que otras personas aprendan el bien, que tal vez sea insuperable. Él se preguntaba ¿cómo explicamos el aprendizaje de lo bueno, si los mejores hombres no han conseguido transmitir su bondad a otros? 1 Pero observemos con qué facilidad podemos enseñar que el horror es positivo. Me pregunto qué sintieron esos niños al ver a una jirafa pequeña, como ellos, ser asesinada, y además ante la complacencia de los adultos; qué sintió la jirafa ante el horror de su propia muerte, sin poder defenderse de este superdepredador que es el ser humano.
La educación tiene que apostar por un cambio sin máscaras, tiene que cambiar de esquemas humanocéntricos y especistas -que van de regreso y no consideran que los animales no humanos tienen valor en sí mismos- a enseñar que no sólo los animales humanos pensamos, sentimos, somos personas. Tenemos que redescubrir la sensibilidad y el asombro ante la vida y la vida de otros seres vivos, pero también enseñar que el planeta es el hogar de todos y de cada uno de los que lo habitamos, que debemos respeto a sus vidas por el simple hecho de existir, y que no debemos dañar tampoco los ríos, mares, selvas, ni cada piedra que nos sustenta. Educar en mirar la vida como aquel Homo sapiens que decidió en algún momento no comerse a la flor o al animal que veía y sí contemplarlos en su belleza con una sonrisa.
* Angélica Santiago Pedro. Licenciada en Pedagogía con mención honorífica por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Segundo lugar en IX Premio Anual de Servicio Social Universitario “Gustavo Baz Prada” por la UNAM.
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1 Platón, Menón, 87bd, 89e.