Aprender a convivir con la casa (y por qué eso es un derecho)

blogeditor · 13 de abril de 2020

Aprender a convivir con la casa (y por qué eso es un derecho)

Nuevamente el encierro. Entre noviembre y principios de enero tuve que permanecer irrestrictamente en casa por un asunto médico que llegó para cancelarme todos los cierres de 2019. Retomé actividades y continué el 2020 con esa ingenuidad compartida con muchas personas frente a la entonces imprevisible pandemia que se aproximaba. De los cinco últimos meses, tres los he pasado en casa. Si uno de los principales objetivos de las disciplinas centradas en la meditación es adquirir plena conciencia del cuerpo y del ser propio, el encierro involuntario puede llevar a un proceso similar no sobre nuestra persona sino sobre nuestra casa. Para muchas personas esta experiencia es un momento de reencuentro con lo que amamos del espacio que habitamos, así como tiempos de confrontación por aquello que nos desagrada.

(Por cierto, mi sala necesita plantas. Siempre lo he sabido, pero hoy más que nunca lo entiendo).

Si bien la vivienda ha sido reconocida como un derecho humano y, por lo tanto, como un asunto jurídico, el mayor desarrollo alrededor de su concepto se ha dado no desde el derecho, sino desde áreas como la arquitectura. Y es en esa disciplina donde encontramos un amplio panorama para entender la relación que tiene aquel lugar que llamamos “hogar” con nuestro derecho a la identidad, al proyecto de vida e incluso a la integridad personal. Y en tiempos como estos, en los cuales las calles son remplazadas por un par de pasillos, las plazas públicas por algunas ventanas -y si se tiene suerte, algún balcón-, bien vale la pena abrazar ese reencuentro y recordar qué es lo que realmente buscamos proteger –que no es la propiedad- cuando decimos que la vivienda es un derecho. ¿Cuál es el verdadero “objeto del deseo jurídico”, por decirlo de un modo?

(He descubierto que nunca llego realmente a casa hasta que no me acuesto en la hamaca, sin algún otro pendiente por qué preocuparme).

Si hay posibilidad para ello, recomiendo leer durante estos días el imprescindible “Los ojos de la piel” de Juhani Pallasmaa, finlandés y teórico de la arquitectura que, sin pretenderlo, ha realizado uno de los más importantes desarrollos teóricos de lo que es la esencia del derecho a la vivienda. Pallasmaa es un gran crítico de la arquitectura desde la vista y para ser vista,1 así como de la concepción fordiana de producción de casas únicas y en serie planteada en el siglo pasado por Charles-Édouard Jeanneret-Gris “Le Corbusier”.2 Pallasmaa hace una crítica al fetichismo por lo visual en el mundo occidental y -advirtiendo cómo éste ha influido en el trabajo de gente como el mismo Le Corbusier-3 plantea la posibilidad de experiencias arquitectónicas que apelen a todos los demás sentidos, principalmente desde el tacto.

(El sonido de los vehículos en las calles solían llegarnos como un enjambre de quincallas que no dejaban concentrarnos en el comedor. Hoy es un escaso arrullo que nos recuerda el inquietante silencio de afuera).

El Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU ha reconocido desde 1997 que el derecho a la vivienda no consiste únicamente en tener “un techo sobre la cabeza”, sino que es un prerrequisito para derechos como la seguridad, la salud, la intimidad, el libre desarrollo de la personalidad y el desarrollo del proyecto de vida.4 De manera paralela, Pallasmaa ha llegado a conclusiones similares. Confesando préstamos al psicoanálisis, concluye que el hogar original es el que define, en gran medida, la forma en que buscamos habitar un nuevo espacio para considerarlo nuestra vivienda: “El hogar es el escenario de la memoria personal”.5 Además, sostiene que esa vivienda original buscada edípicamente es estructurada a partir de los significados y los valores que se reflejan en lo colectivo y en lo individual, ya sea de forma consciente o inconsciente.6 Así concluye que el hogar no consiste en un objeto o edificio sino –y aquí considero vale la pena transcribir- un “estado difuso y complejo que integra recuerdos e imágenes, deseos y miedos, pasado y presente. El hogar es también un escenario de rituales, de ritmos personales y de rutinas del día a día. El hogar no puede producirse de una sola vez. Tiene una dimensión temporal y una continuidad, y es un producto gradual de la adaptación al mundo de la familia y del individuo. (…) Nos enfrenta a cuestiones de identidad y memoria, de lo consciente y lo inconsciente, a los remanentes del comportamiento biológico y de las reacciones y los valores condicionados por la cultura”.7

(Sospecho que me he negado a deshacerme de varios libros no por su utilidad actual, sino porque me recuerdan las etapas de mi vida en las que fueron leídos).

¿Qué podríamos esperar de la pérdida o ausencia de aquel espacio que, como señala Pallasmaa, es el “refugio de nuestro cuerpo, de nuestra memoria y de nuestra identidad”?8 Desde la cultura popular, la experiencia de la pérdida de la casa es concebida como una de las peores desventuras que pueda padecer una persona. Pensemos cómo esa experiencia está presente, por ejemplo, en películas como El inquilino de José Antonio Nieves Conde (España, 1957), La estrategia del caracol de Sergio Cabrera (Colombia, 1993), Homebodies de Larry Yust (Estados Unidos, 1974), Up de Pete Docter y Bob Peterson (Estados Unidos, 2009) y Sueño en otro idioma de Ernesto Contreras (México, 2017). La pérdida de la casa no es solo la pérdida de una propiedad, sino de todo el capital simbólico, afectivo y de sustento que en ella habita. Ejemplo irresistible es este pasaje de la novela Celestino del alba de Reinaldo Arenas:

“(S)i se llega a caer la casa, tendríamos que mudarnos para otra, y entonces habría que empezar a nacer de nuevo, y a buscar de nuevo otra palabra que me haga reír a carcajadas. (…). No, no puede haber otra casa que sea como ésta, y que esconda todas las cosas secretas que yo he hecho en ella. La otra será extraña para mí, y yo también le seré extraño”.

(Me pregunto si los perros también extrañarán las casas pasadas).

Cuanto la pandemia amaine y las estampidas vehiculares vuelvan a desbocarse en las avenidas, probablemente mucha gente pierda sus viviendas. Ya sea por incapacidad para pagar la renta o algún crédito o deuda que genere un embargo. Ojalá el pronóstico sea errado y no sea así. Un estudio de 2017 realizado por la Universidad de Grana en torno a los procesos de desahucios en medio de la crisis de vivienda española reveló que el 88% de las personas desalojadas presentaban ansiedad y nueve de cada diez sufrían de depresión.9 Más que cuatro paredes, la vivienda posee un valor simbólico y psicológico por el cual no es posible reducirla a un mero objeto de propiedad. Es también un elemento componente de nuestra salud mental y emocional. Sobre todo en estos momentos, el alcance con el que accedemos a ese derecho define la posibilidad de soportar incluso un encierro involuntario como éste.

(Este 2020 iba a ser igual un año de mudanza. Tras el aislamiento social tocará despedirme de esta casa. Me quedaré con la duda de lo que hubiese sido la sala con un par de arecas y cactus. Al menos podré regar por última vez las del balcón).

 

1 Aísa, Isabel; “Arquitectura y sensibilidad: filosofía en la arquitectura de Juhani Pallasmaa”, Thémata: Revista de Filosofía, Número 45, Sevilla 2012, p. 13.

2 Le Corbusier, “Mensaje a los estudiantes de arquitectura”, Décima Edición en Castellano, Traducción de Nina de Kalada, Ediciones Infinito, Buenos Aires 2001, pp. 20 y 21.

3 Pallasmaa, Juhani, “Los ojos de la piel”, Editorial Gustavo Gili, Segunda Edición, Méixco 2014.

4 Comité DESC, Observación general Nº 4: El derecho a una vivienda adecuada (Art.11, párr. 1); 13 de diciembre de 1991, 6° período de sesiones (1991), párr. 7.

5 Pallasmaa, Juhani, “Habitar”, traducción de Alex Giménez Imirizaldu, Editorial Gustavo Gili, Barcelona 2016, p. 21.

6 Pallasmaa, Juhani, “Habitar”, traducción de Alex Giménez Imirizaldu, Editorial Gustavo Gili, Barcelona 2016, p. 61.

7 Pallasmaa, Juhani, “Habitar”, traducción de Alex Giménez Imirizaldu, Editorial Gustavo Gili, Barcelona 2016, p. 19.

8 Pallasmaa, Juhani, “Los ojos de la piel”, Editorial Gustavo Gili, Segunda Edición, Traducción de Moisés Puentes, Barcelona 2014, p. 76.

9 Robles-Ortega, H., Guerra, P., González-Usera, I., Mata-Martín, J.L., Fernández-Santaella, M.C., Vila, J., Bolívar-Muñoz, J., Bernal-Solano, M., Mateo-Rodríguez, I. & Daponte-Codina, A. (2017). Post-Traumatic Stress Disorder Symptomatology in People affectedby Home Eviction in Spain. The Spanish Journal of Psychology, 20, e57.