blogeditor · 8 de mayo de 2015
A mí los días de la elección me emocionan muchísimo. Me encanta ver a los ciudadanos recibiéndote, diciéndote en dónde te tienes que formar, buscando escrupulosamente tu nombre, repartiendo cuidadosamente las boletas, entregando un día de su vida para vigilar honestamente que todos se vayan con el dedo manchado para que no haya trampas. Me emocionan mucho esos días porque creo, sobre todo, en la democracia y en la participación ciudadana. Me pongo nerviosa cuando voto, como si de mí dependiera el futuro de este país. Me gusta creer que sí, depende de mí y de todos los ciudadanos que participan y eligen.
[contextly_sidebar id=”gl3ya3aSKStuTbLmYycj0jhA6TZldc19″]Anular también es elegir. Anular es mandar un mensaje ciudadano: creemos en la democracia, ejercemos nuestro derecho y cumplimos con nuestra obligación de votar, pero no avalamos las opciones políticas que tenemos. Los anti- anulistas argumentan que hay que ejercer el voto útil, elegir al menos peor para generar “contrapesos”, pero resulta que para muchos de nosotros todos son igual de “peores”. No encontramos ninguna diferencia entre que gane el PAN, el PRI o el PRD, ni en los contrapesos que estos mismo partidos puedan representar. Los tres han gobernado en distintos estados y la corrupción impera en todos lados. Los principales argumentos antianulistas se basan en que las reglas del juego están diseñadas para que los votos nulos beneficien a los partidos con mayor votación ya que los escaños plurinominales, el financiamiento a partidos y los tiempos de radio y televisión se reparten proporcionalmente según los votos que cada partido haya recibido.
Vamos por partes: estos argumentos aplican únicamente en las votaciones a diputaciones ya que la votación emitida para gubernaturas, presidentes municipales y delegaciones no es tomada en cuenta ni para asignar financiamiento a los partidos, tiempos de radio y televisión, ni mucho menos plurinominales. Para la elección de estos cargos el voto nulo no afecta ni beneficia a ningún partido y en cambio sí puede representar un mensaje ciudadano importante.
Pienso por ejemplo, en los habitantes de Cuajimalpa, donde los dos partidos con posibilidades reales de gobernar la delegación -PRI y PRD- se pelean a golpes hasta sangrar y romperse los huesos para defender que sus caras de plástico sigan colgadas en los postes. Los partidos que prometen librar a los ciudadanos de la violencia han demostrado ser violentos. Y lo mismo pasa en muchos lugares de México: estamos saturados de delitos y escándalos de corrupción en las campañas ¿Qué opción real tienen los habitantes de aquellos lugares para generar un contrapeso? Desde mi punto de vista votar por el menos violento, el menos corrupto, el menos negligente, el menos ladrón, no es una opción.
La anulación demuestra el interés ciudadano en la política y el no apoyo al candidato electo sea quien fuere. No es lo mismo ganar una gubernatura, una delegación o una presidencia municipal con el 60% de los votos que con el 30%. Es mucho más complicado gobernar con la ciudadanía en contra que a favor. Los candidatos ganadores tendrán que trabajar en ganar legitimidad y generar confianzas y credibilidad. Ellos probablemente no quieran entender el mensaje y gobiernen para sus cúpulas y sus intereses, pero les haremos la tarea más tediosa, sabrán que no gobiernan a incondicionales sino a ciudadanos inconformes e informados.
En cuanto al argumento sobre que anular el voto en candidaturas a diputados genera que los partidos punteros reciban más financiamiento y más plurinominales y con ello se afecten a otros partidos que pudieran generar contrapesos, tiene sus asegunes. Como les decía, el pastel se lo reparten de acuerdo con el porcentaje obtenido por cada partido. En este sentido el voto nulo tampoco beneficia a ningún partido, lo que hace es conservar la ventaja que los partidos punteros hayan logrado en la elección.
La historia nos ha demostrado que los partidos chicos se alían con los grandes y no son en los hechos opciones políticas distintas y los legisladores de partidos que pueden generar una oposición real al partido en el poder se esfuman. En decisiones trascendentales ellos mismo se abstienen de votar y no generan los “contrapesos” esperados. El ejemplo más reciente lo dieron los Senadores del PRD que no votaron en la elección de Eduardo Medina Mora para Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, facilitando con esto la imposición presidencial.
Si se lograra un porcentaje alto de votos nulos tendríamos más argumentos para exigir a los partidos un cambio de reglas. Podríamos, por ejemplo, exigir que el financiamiento a partidos no se divida conforme a la votación recibida por los partidos sino por la votación total emitida y que los votos nulos cuenten para disminuir el financiamiento a los partidos. Esto puede sonar romántico y difícil, pero si no hay presión ciudadana es mucho menos probable que suceda.
Las experiencias pasadas sobre el voto nulo han conseguido algunas cosas, ahora hay candidaturas ciudadanas y aunque su regulación sigue siendo insuficiente para llevar al gobierno a nuevas opciones políticas, debemos seguir presionando para abrir espacios reales de poder a ciudadanos no partidistas. Lo ideal es ejercer el voto por candidatos que nos convenzan con sus propuestas –hay pocos, pero los hay- y si tenemos la fortuna de vivir en un estado o distrito donde existan candidatos así, sin duda hay que votar por ellos. Pero si nadie nos convence, anular es siempre una opción. Independientemente del reparto de financiamiento o plurinominales, al anular lo que nos importa es ejercer nuestro derecho al voto y nuestra libertad de expresión para decir que no nos acostumbraremos a votar eternamente por el menos peor. No votaremos por ninguno hasta tener a los partidos y los candidatos que nos merecemos. Si no expresamos lo que pensamos, entonces sí nos anulamos.