Redacción Animal Político · 31 de octubre de 2025
La mayoría de las veces (si no es que todas), hablar, escribir o reflexionar sobre antipunitivismo implica realizar ciertas advertencias: este enfoque no pretende negar o invalidar las violencias y abusos que hemos vivenciado, mucho menos a quienes hemos sido víctimas o sobrevivientes de las mismas, al contrario, implica colocar esas vivencias en el centro no sólo para nombrarlas y visibilizarlas, también para acompañarlas y buscar o crear definiciones de justicia y reparación más humanas, más colectivas y más nuestras. Por otro lado, hablar sobre antipunitivismo implica plantear más preguntas que respuestas, pero, sobre todo, implica plantear reflexiones que la mayor parte del tiempo resultan incómodas y desafiantes.
La lucha antipunitivista ha sido sostenida y planteada desde las luchas antirracistas que buscaban y continúan buscando el abolicionismo. Es importante diferenciar el concepto de “abolicionismo” -que ha sido tergiversado y desfigurado por las posturas feministas hegemónicas que parten desde la blanquitud y las herencias esencialistas del colonialismo relacionadas a cuestionamientos, señalamientos violentos y dinámicas de control en torno al género, el trabajo sexual y los cuerpos de las mujeres y disidencias- del concepto de abolicionismo al que estoy haciendo referencia: el que históricamente ha surgido de las luchas antirracistas para la abolición de la esclavitud, del sistema racista y de todas las instituciones sustentadas en el mismo, entre ellas, las prisiones.
Sin embargo, no es el objetivo de este escrito dialogar o reflexionar sobre el contexto histórico y actual de las luchas abolicionistas, propongo más bien reflexionar sobre la manera en que hemos interiorizado estas dinámicas del sistema racista a partir del punitivismo y cómo lo hemos llevado a nuestras cotidianidades. Valeria Angola, activista antirracista, menciona que “adoptar una postura antipunitivista no solo se trata de estar en contra de las cárceles, sino también de todo aquello que las sostiene”.
De acuerdo con Estefanía Vela, directora de Intersecta, organización feminista que se dedica a la investigación y a la promoción de políticas públicas para la igualdad, el punitivismo se define como una “forma de resolver conflictos o de responder a situaciones dolorosas o a daños, reales o percibidos” a partir de distintas acciones como “encerrar, apartar, castigar y/o hacer sufrir a quien se percibe que causó ese daño”.
En este sentido, valdría la pena preguntarnos: ¿qué pasa cuando hablamos del conflicto y cómo hablamos de él? Y ¿Por qué hablar del conflicto regularmente implica una asociación negativa, incómoda o incluso dolorosa?
Ser “conflictiva” o “problemática” es una categoría que me ha habitado durante mucho tiempo. En su mayor parte, esa categoría ha sido percibida como algo negativo o como una característica que se debe evitar, no solo por la sociedad que la señala, sino también por mí misma. Al cuestionar esa categoría, encontré que las respuestas tienen relación con el hecho de que la sociedad que habitamos es punitiva y nos ha enseñado que el principal (o el único) lugar para habitar la respuesta ante el dolor y el daño es el del castigo.
Es común que en nuestras dinámicas de gestión y respuesta ante los conflictos esté presente la evasión, la negación o la confrontación que en ocasiones escala a violencia. Esto, en ocasiones, resulta en que nuestro accionar ante los mismos sea el castigo y el señalamiento, principalmente a partir de mecanismos como la funa, el escrache o la cancelación. Cuando se habla de una “cultura de la cancelación” habría que repensar esta definición, pero no para cuestionar a las personas que señalan o denuncian hechos y conductas problemáticas o incluso violentas, sino para cuestionar la manera en la que estamos gestionando el conflicto a partir de la vigilancia y el castigo y la efectividad en la lógica de “devolver” los daños causados para responder a las lógicas de reparación de daños para las personas dañadas, víctimas o sobrevivientes, y a la lógica de aprendizaje y reflexión por parte de las personas que causan daño o agreden.
El concepto de “justicia” ha sido monopolizado por el ámbito jurídico y los marcos legales, es decir, es el Estado bajo sus lógicas el que define qué es justo, qué no lo es y, como menciona Luz Piedad, experta en asuntos de género, efectos de la política de drogas en las mujeres y violencia contra las mujeres, decide la manera en que se enjuicia y sentencia a quienes considera delincuentes, sin tener presente en sus objetivos la protección a las víctimas. Al ser adjudicado este concepto, el Estado también adjudica la posibilidad de imaginar y crear nuestras propias definiciones de justicia y, sobre todo, nuestros propios mecanismos para acceder a la misma. Dentro de nuestros vínculos, colectivos, comunidades, relaciones cercanas y sociales, optamos por adoptar el papel del Estado, aunque no esté presente; performamos entonces el rol de jueces y verdugos en cuanto alguien daña o comete un error.
La gestión del conflicto a partir del punitivismo implica muchas problemáticas que nos retrasan en la construcción de horizontes distintos, principalmente por el hecho de que individualiza situaciones que están basadas en construcciones colectivas, pero sobre todo, en opresiones sistémicas y estructurales que, al individualizarse, deslindan de la responsabilidad de combatirlas o erradicarlas. La escritora y autora de varios textos, Adrienne maree Brown, habla de que las funas surgieron como una estrategia de las personas marginalizadas para hacer frente a quienes ocupan lugares de poder y detener la injusticia a partir de poner el foco en sus comportamientos inhumanos, pero no nos sirven para abordar malentendidos, críticas o contradicciones. Si bien dentro de nuestros colectivos y comunidades también existen las dinámicas de poder, estas no existen ni se movilizan de la misma forma.
Esta reflexión, nuevamente, no pretende invalidar a quienes han hecho uso de las denuncias autónomas y las funas como mecanismos de reivindicación, de protección y de sobrevivencia. Valeria Angola menciona que la funa y el escrache siguen siendo una opción para quienes se rebelan ante las injusticias de los grupos poderosos, para quienes no tuvieron una respuesta por parte de los mismos y, yo añadiría, para quienes propusieron e intentaron encontrar mecanismos de justicia restaurativa, pero no encontraron respuestas o disposiciones. La intención de esta reflexión es cuestionar los mecanismos del punitivismo como nuestra primera y única opción de respuesta ante los conflictos que tenemos y ante los daños que causan las personas con quienes compartimos y construimos en cotidianidad. Además de que estos mecanismos, a su vez, surgen como una respuesta ante la exigencia de inmediatez de un sistema capitalista que no nos permite detenernos, en este caso, para reflexionar, sentir, reconocer, acompañar, reparar y pensar en otras maneras de habitar las diferencias.
Estas reflexiones son importantes y necesarias, por una parte, desde un lugar y objetivo preventivo de la discriminación y la violencia a partir de la gestión de conflictos, en tanto que el escalamiento de estos puede desencadenar en una o ambas. Por otra parte, porque el sistema punitivo justifica y sostiene sistemas estructurales que reproducen la discriminación y la violencia. También, como menciona la novelista y dramaturga estadounidense Sarah Schulman, en tanto que el conflicto está enraizado en la diferencia y que las personas son y siempre serán diferentes, por lo cual, tendríamos que aprender a habitar la diferencia desde lugares distintos, en donde no confundamos incomodidad con amenaza y la ansiedad interna con peligro exterior. Adrienne maree Brown menciona y cuestiona el movernos con los dientes afilados entre nosotres mismes, pues destruir a una persona que hace daño, no destruye todas las estructuras que permiten que ese daño exista.
La canción La pregunta de Babasónicos me resulta una invitación a cuestionarnos la posibilidad de equivocarnos, de ser personas heridas y que hieren, personas que lastiman y comenten errores, es decir, a la posibilidad de ser humanes y de habitar el miedo de serlo, así como el lugar para responsabilizarnos de ello. Las personas que me invitaron a escucharla dirían que también es una invitación a habitar el compromiso de acompañarnos en esta construcción.
El antipunitivismo no es sinónimo de impunidad, no busca que las personas no respondan ante los daños que causaron ni que evadan su responsabilidad a partir de una cultura del “perdón y olvido”; implica que reconozcan, que se hagan cargo y que este hacerse cargo sea sostenido colectivamente. Además de colocar a las personas víctimas o sobrevivientes en el centro, el antipunitivismo busca que también las comunidades y colectividades se coloquen en el centro, pues el daño ocasionado también es colectivo. Al mismo tiempo, busca que todas nos involucremos en la gestión del conflicto, en el acompañamiento durante la reparación de daños y, por tanto, en la búsqueda y creación de una justicia restaurativa y transformativa, pues, según Adrienne, la justicia transformativa es relacional y se produce a escala de la comunidad.
Para poder contemplar el antipunitivismo como un horizonte de lucha, tenemos que comenzar por habitarlo en nuestros círculos y colectividades más cercanas, lo cual implica pensar en la manera en que gestionamos y habitamos los conflictos, los problemas, las diferencias y el error. Mirar, entrar y meter las manos al conflicto implica buscar e intentar nuevas maneras de gestionarlo, maneras que no deshumanicen a ninguna de las personas involucradas, lo cual implica mirarles en toda su posible complejidad. Implica comprender que no siempre y no todas las personas que nos dañan tienen la intención de hacerlo y, en ese sentido, que muchas veces estamos haciendo lo mejor que podemos con las herramientas que tenemos, al mismo tiempo que nuestras historias y heridas personales no justifican los daños que causamos. Hacernos cargo también implica estar presentes para acompañar, para sostener y cuidar. Implica no dejar a las personas víctimas o sobrevivientes solas en sus intentos, espacios y mecanismos para sobrevivir.
Lorena Elizondo, pedagoga con un enfoque de teatro educativo, diseñadora y facilitación de talleres y actividades de consultoría, menciona que criticar y resistir al punitivismo implica atreverse a lo que el trabajo colectivo y la diversidad suponen. Flor Acosta, artista argentina, nos invita a apostarle a la colectividad, al mencionar que habitar en colectivo implica disponernos a “sentir, llorar y probar a que no salga, celebrar cada meta lograda, agotarnos por intentar lo imposible sabiendo que la letra chica dice -darlo todo-”.
Si bien los horizontes y propuestas antipunitivistas pudieran resultar idílicos o utópicos, las comunidades y pueblos originarios los han habitado desde tiempos inmemoriales; negar su posibilidad y efectividad también sería negar los saberes y prácticas a partir de las cuales estas comunidades han resistido históricamente a las violencias sistemáticas del Estado, del racismo y el capitalismo.
Christian Gruenberg, abogado antipunitivista, afirma que lo que el enfoque antipunitivista busca es brindarnos opciones y que, al momento de gestionar los conflictos, los abusos y las violencias, estemos informades de que la vía punitiva no es la única disponible, para que tengamos opciones de decidir y, en lo ideal, que el castigo y el punitivismo sean la última opción, al no ser mecanismos que se centren en la reparación ni en la justicia transformativa.
Ante este conjunto de reflexiones, comparto una última para resignificar y reapropiarme de la categoría contradictoria de ser conflictiva: en algún momento ser conflictiva puede implicar sentir la necesidad de castigar, de devolver el dolor de ser herida por no saber en qué lugar colocarlo y, sobre todo, no querer mirar el lugar desde el que viene y desde el cual me habita. Pero también ser conflictiva implica el no ceder ante la deshumanización, problematizar las interacciones que nos dañan y lastiman, darle un lugar y un espacio colectivo a los dolores que nos habitan al relacionarnos, al construir en conjunto. Implica apostarle a la construcción de horizontes distintos en donde no tengamos que destruirnos con la promesa de estarnos protegiendo, sino de cuidarnos, sostenernos y resistir juntes ante estructuras y sistemas que ya intentan destruirnos. Resignificar el conflicto resulta necesario, pues según Sarah Schulman, el cómo lo entendemos y cómo respondemos ante él determina si tenemos o no justicia y paz colectiva.
* Karly Corral Linares es asesore de la Subdirección de Educación del COPRED.