blogeditor · 20 de abril de 2022
Las acciones del ser humano han perjudicado a los seres que no pertenecen a la especie homo sapiens. Durante mucho tiempo hemos instrumentalizado y cosificado al medio ambiente con fines utilitarios. Por ello, Peter Singer, filósofo australiano, publicó en 1975 una de sus obras más conocidas, Liberación animal, donde profundiza sobre la definición de un término que tomó de Richard Ryder: especismo. Esta palabra hace referencia a “un prejuicio o actitud parcial favorable a los intereses de los miembros de nuestra propia especie y en contra de los de otras”. 1 El especismo es una forma de discriminación fundada sobre la idea de que los intereses de los seres humanos tienen mayor valor que los de cualquier otra especie. El hecho de que haya salido a la luz este tipo de discriminación ha provocado que muchas personas luchen por un trato digno hacia los animales no humanos, pues se sabe que poseen sensibilidad gracias al sistema nervioso central, y esto, a su vez, nos indica que tienen intereses. Además, varias pruebas muestran que éstos se derivan de un interés primordial: la supervivencia.
Para sobrevivir en este mundo es importante saber qué nos beneficia y qué nos perjudica, y para ello necesitamos hacer uso de nuestro sistema nervioso central y de nuestros cinco sentidos, ya que sin ellos no podríamos identificar amenazas (como fieras o alimentos en mal estado) ni beneficios (como agua o alimentos en buen estado). Los cinco sentidos también los podemos encontrar en los animales no humanos y es fácil comprobarlo: sólo necesitamos observarlos. Por esta razón, Singer dedica su obra a los animales sintientes y no a otras especies, como las plantas, porque no se ha demostrado su capacidad sintiente. Sin embargo, resulta interesante preguntarnos si debemos considerar moralmente a otros seres vivos que no tienen la capacidad de sentir dolor y placer.
Stefano Mancuso, botánico italiano, sostiene que las plantas poseen cierto tipo de inteligencia que nos llevaría a considerar sus intereses. Ésta se basa en los sentidos mencionados (e incluso más). Es difícil pensar y aceptar que una planta tenga vista, tacto, oído, gusto y olfato, pues carecen de todos los órganos que creemos necesarios para ello. Además, cada vez que apreciamos una planta no notamos algún tipo de movimiento local (salvo determinadas y parciales excepciones, como los heliotropos), es decir, no advertimos respuesta alguna ante las diversas dificultades que enfrentan. Esta aparente inmovilidad es la que podría hacernos pensar que no tienen intereses dignos de respetarse.
Pese a las complicaciones anteriores, Mancuso, en el libro Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal, 2 nos dice que, aunque las plantas carezcan de los órganos propios de nuestros cinco sentidos, poseen ciertas moléculas y células que las ayudan a cumplir las mismas funciones. Por ello, podemos apreciar cómo una planta identifica la luz como si la viera; desprende diversos olores como si buscara que otras plantas la olieran; busca nutrientes debajo de la tierra y evita sustancias químicas como si los probara; mueve sus raíces y esquiva obstáculos como si tanteara el terreno, y se beneficia con las vibraciones transmitidas por la tierra como si las escuchara. Si las plantas no realizaran estas acciones, entonces su supervivencia dependería de eventos fortuitos; sin embargo, hacen lo posible para sobrevivir, como los demás seres vivos. Esto demuestra que las plantas, al igual que los animales, tienen intereses.
No obstante, no podemos hablar con exactitud de sensibilidad en las plantas, pues para ello es necesario el sistema nervioso; empero, vemos que sí persiguen el interés primordial: la supervivencia. Esto quiere decir que sus intereses, aunque no se basen en la sensibilidad, podrían ser considerados. Así que es concebible considerar especistas a los actos que, para favorecer a los humanos, afecten no sólo los intereses de los animales no humanos, sino también los de las plantas. Ahora, como se mencionó, el interés esencial de cada especie es sobrevivir en su ambiente, por lo que una acción es especista no sólo cuando las daña físicamente, sino también cuando evita que puedan llevar a cabo ese interés primordial.
Para explicar esto de mejor manera podemos tomar como ejemplo la producción de las galletas Oreo. La organización People for the Ethical Treatment of Animals (PETA) afirmó que éstas son aptas para veganos, ya que en su producción no se ven afectados los intereses de ninguna otra especie; sin embargo, eso no es verdad. Nanqui Soto, en un artículo que publicó en el 2018 para Greenpeace, nos dice que uno de sus ingredientes es el aceite de palma, por cuya obtención se han destruido más de 70 mil hectáreas de selva tropical, afectando los intereses tanto de algunos animales no humanos como de algunas plantas. Por un lado, se destruye el hábitat de los animales, creando dificultades para que puedan sobrevivir; por otro, la deforestación es la destrucción directa de las plantas. Todos estos daños son provocados en favor de los intereses del ser humano, por lo que el cultivo del aceite de palma y, en consecuencia, la producción de las galletas Oreo son especistas.
No sólo la producción de las galletas mencionadas es especista, sino las de una gran cantidad de productos que hay en el mercado, ya sea porque su fabricación implicó el daño directo a animales y plantas, o porque afectó el ambiente creando dificultades para el cumplimiento de sus intereses. En el primer caso tenemos diversos ejemplos: la ganadería, los monocultivos, la deforestación, la prueba de fármacos en animales, la tala de árboles para aprovechar la madera, etcétera. En el segundo caso también tenemos ejemplos: la contaminación del agua, el aire y la tierra, la destrucción de hábitats, etcétera.
Con todo lo expuesto hasta ahora podemos decir que todos los seres vivos que tienen como interés principal la supervivencia poseen un valor que les es inherente por el hecho de estar vivos. Así, cuando evitamos que puedan perseguir ese interés estamos negándoles su valor. No obstante, no debemos olvidar que los seres vivos dependemos los unos de los otros, lo cual hace que en ocasiones debamos interferir en el cumplimiento del interés de vivir de otro ser. Por ello, el filósofo Holmes Rolston III nos dice que “El valor intrínseco es una parte del todo y no ha de fragmentarse valorándose aisladamente”. 3 Es decir, los vivientes no sólo poseen valor inherente, sino también un valor instrumental; esto no quiere decir que podamos hacer uso de ellos para cualquier finalidad, sino sólo para aquellas que exija la naturaleza. Así, por ejemplo, no sería aceptable arrancar plantas con la finalidad de usarlas como adorno en algún lugar, pero sí lo sería si las utilizamos para alimentarnos.
En conclusión, podemos decir que el antiespecismo debe abogar no sólo por los animales no humanos, sino también por las plantas. Además, debe pensar cuándo la instrumentalización de algún ser vivo se vuelve un acto especista y cuándo no. Esta ampliación en las consideraciones del antiespecismo nos conduciría a llevar una relación de cuidado y respeto hacia otras formas de vida, y eso, a su vez, nos ayudaría a evitar problemas ambientales generados por el uso y explotación de animales, plantas y sus respectivos hábitats. En consecuencia, es necesario que cambiemos nuestra relación con nuestro entorno natural, lo cual implica que las actividades que provocan daños ambientales tienen que ser reducidas.
* Adrián Vega Márquez es pasante de la Licenciatura en Filosofía en la Facultad de Estudios Superiores, Acatlán. Actualmente se encuentra realizando su tesis sobre la ampliación de las consideraciones del antiespecismo hacia las plantas. Contacto: [email protected]. Jaqueline Alcázar Morales es doctora en Ciencias en el área de Bioética de la Facultad de Medicina de la UNAM. Es profesora de asignatura en las facultades de Ciencias y de Estudios Superiores, Acatlán. Su área de especialización es en Bioética y Ambiente. Contacto: [email protected].
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1 Singer, P. (1999). Liberación animal. Trotta, p. 42.
2 Mancuso, S. y Viola, A. (2015). Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal. Galaxia Gutenberg.
3 Rolston III, H. (2004). Ética ambiental: valores en el mundo natural y deberes par con él. En M. M. Valdés (comp.), Naturaleza y valor. Una aproximación a la ética ambiental. (pp. 69-98). F.C.E, p. 96.