blogeditor · 24 de julio de 2020
“Nuestras maletas maltrechas estaban apiladas en la acera nuevamente; teníamos mucho por recorrer. Pero no importaba, el camino es la vida“.
Jack Kerouac
El más entusiasta compañero de uno de los sitios en que colaboro suele comenzar el día escribiéndonos a todos, a través del chat laboral, un mensaje luminoso cuya parte final es infortunadamente ficción hasta el momento. Entre otras cosas relacionadas con la carga de trabajo del día que inicia, el mensaje de referencia casi siempre concluye diciéndonos: “ánimo todos, ya mero termina esta pesadilla”. No tengo idea de dónde saca mi compañero la noción de que este momento del mundo está a punto de resolverse en favor de la humanidad, pero la buena vibra siempre se agradece.
Uno de los aspectos que se extrañan enormemente de la vida como fue hasta antes de la pandemia es, indiscutiblemente, el que tiene que ver con viajar. Italo Calvino ya exploraba de alguna forma la placenterísima sensación del viaje y el traslado a otras culturas a través de su ficcional compendio de “Las ciudades invisibles” y siempre recuerdo un viejo cuentario de Alejandro Aura dedicado, un poco como el trabajo del italiano, a celebrar la dicha de emprender un viaje: “Cuentos para leer en los aviones”, publicado a principios de los años noventa, casualmente, por la misma editorial que en esta ocasión aporta un nuevo libro al que le da por los viajes para agitar nuestras añoranzas y estimular nuestros recuerdos.
“Ligeros de equipaje” reúne una selección de textos compilados por Mónica Lavín y Jorge Abascal que parten, como barco que zarpa con ruta definida, de una premisa: ubicar el viajar como el centro de todas las historias. Viajar de muchas formas. Se trata de un volumen constituido por catorce relatos firmados por autores como Ana Clavel, Edson Lechuga, Paola Tinoco, Rosa Beltrán, Omar Avilés, Alberto Chimal y Raquel Castro, entre otros, que presenta ante el lector diversas aristas relativas al hecho de estar en un lugar en un momento y no estar poco después, como, parafraseando, reflexionaba Saramago con respecto a la existencia.
“Entre ella y Martín bajaron la cortina metálica del local de tatuajes. Después de colocar los candados, echaron a andar por la calle de Brasil, que aún bullía de gente por ser sábado. Era una noche cálida, así que los vendedores de los Portales de Santo Domingo se abanicaban con los folletos y muestras de invitaciones que ofrecían a los paseantes, deseosos de convertirlos en los últimos clientes del día”, arranca en su texto Ana Clavel, quien a través de los tatuajes establecerá en su relato una sublimación que aproxima el viaje tradicional -en este caso, usando el transporte público- con la auténtica expedición que para una vida implica la tinta marcada sobre la piel y el aroma de las pieles.
“Llegué amodorrada al aeropuerto de Tegel y esperaba en la banda mi maleta cuando sentí la vibración del teléfono en la bolsa. Sentí un vuelco en el estómago. A esa hora, en ese momento, sólo podía ser él. “Mira para atrás”, decía la notificación. Ahí estaba, saludando con un movimiento de dedos y un beso dibujado en los labios, en medio de un montoncito de personas que a su lado me parecían manchas”, comparte Paola Tinoco en su desencantado pero igualmente pasional “Berlín-Oaxaca”, relato en que los viajes, digamos “exteriores” se convierten también en sustento para viajes más profundos y personales.
Vivimos una pausa en la historia en la que, entre otras cosas, la gente no se traslada a ningún otro lugar o se está trasladando muy poco. Nada en la experiencia de cualquier peregrinaje actual recompone la melancolía que supone recordar cómo o qué tanto se exploraba antes el mundo. A este hito involuntario apuesta con fortuna un libro como “Ligeros de equipaje”, ideal para agitar nuestros recuerdos en este punto en el que de alguna forma, todos nos encontramos detenidos en medio del viaje.