Joel Aguirre · 7 de julio de 2026
La Selección Mexicana de Futbol fue derrotada por su similar inglesa y, con ello, quedó eliminada del Mundial 2026. Con eso, además de terminar la participación del representativo nacional, termina también la participación de los estadios mexicanos en la gesta futbolística del verano (los eventos públicos continúan hasta el 19 de julio). Más allá de lo deportivo, me gustaría reflexionar sobre una cuestión social de importancia que no debemos dejar pasar.
Me refiero al ánimo social que nos deja el Mundial. La afición mexicana demostró durante las últimas semanas no solo entrega, sino confianza en el desempeño de la selección. Ya sea por cuestiones futbolísticas solamente, pero lo cierto es que la gente demostró cierta comunidad y solidaridad al celebrar y condolerse del destino futbolístico de nuestro país. A pesar de la derrota, el cambio de ánimo entre el antes y después del Mundial es palpable y la pregunta es: ¿qué hacemos con él?
Las ciudades sede asediaron a sus habitantes para adecuarlas a los requisitos técnicos y de infraestructura (en general una simple maquillada sin resolver los problemas reales que ya existían y que fueron agudizados por el Mundial). En los meses previos al torneo distintos medios documentaron las denuncias y las deficiencias de una planeación responsiva antes que preventiva. El temor constante era que las ciudades colapsaran por los fallos en transporte y otros servicios.
Por fortuna no pasó, pero eso no significa que los problemas terminen. En realidad, esos se quedan, y es importante construir desde el ánimo social y la solidaridad que forjó el futbol para exigir que se solucionen. Más allá de la afición, del apoyo mutuo ante un partido de 90 minutos, es importante aprender a construir y politizar esos lazos para reconstruir el tejido social. Tampoco quiero decir que la solidaridad deportiva sea virtuosa, pero sí considero que puede servir de puente en esta tarea.
¿Cuáles son los obstáculos para lograrlo? Primero, no debemos de ignorar las protestas en las ciudades sedes por distintos colectivos y organizaciones: madres buscadoras, profesores de la CNTE u organizaciones antigentrificación, por mencionar las más mediáticas. Lamentablemente, vimos los videos de aficionados que se enfrentaron con las madres buscadoras después del primer partido de México. Hay quienes solo les interesa la solidaridad en lo deportivo y es un flanco insorteable.
También no podemos olvidar las responsabilidades al momento de festejar. Conforme creció el festejo por la Selección, aumentaron no solo los videos de celebraciones eufóricas, sino también los reportes de incidentes, de basura sin recoger y de daños al mobiliario urbano. El punto crítico fue la muerte de cuatro personas durante los festejos tras el partido contra Ecuador, donde México venció 2-0. Aunque es cierto que la responsabilidad gubernamental es clara, también es cierto que existe responsabilidad por parte de la afición.
Los festejos masivos son espacio de una contradicción del lado de la afición y la sociedad. Por un lado, son un ejercicio de comunidad, de reunión donde las emociones nos convocan a la plaza pública. En ellos la extrañeza da lugar a la fraternidad. Por el otro, el anonimato de la masa se presta para cometer diversas actividades contrarias a las celebraciones, como el hurto menor o el daño de propiedad pública, así como la mencionada contaminación.
Si queremos construir desde el ánimo social que nos deja el Mundial, es importante trabajar desde este lado para saber canalizar las emociones y los deseos que genera el ocupar la plaza pública para crear comunidad. Contra la experiencia de mundiales previos, ahora existe un ánimo positivo y de expectativa. Después de un inicio de año donde la molestia social y el agravio público fueron constantes por parte de todos los órdenes de gobierno, tenemos una emoción pública que nos convoca. Queda en nosotros politizarla.♦