blogeditor · 29 de abril de 2016
El fin de semana pasado miles de mujeres compartimos bajo el hashtag #MiPrimerAcoso nuestras historias de violencia sexual. Todas tenemos una. Unas son peores, unas son historias de abuso sistemático, de violación; otras, son historias de acosos o abusos menos graves, pero no por eso perdonables, no por eso menores. Ninguna mujer debe ser abusada, acosada, violada, ultrajada, lesionada, asesinada. Nuestros cuerpos no son públicos y nos pertenecen a nosotras. La dimensión de la violencia varía, lo que se comprobó es que es sistemática.
El domingo salimos a marchar en el Estado de México y la Ciudad de México para acabar con esta violencia normalizada, para llamar la atención de que las mujeres no podemos vivir así, que se nos debe respetar como personas y que nadie tiene derecho a dañar o usar nuestro cuerpo. Que las mujeres tenemos derecho desde niñas a vivir sin miedo, a vivir una vida libre, donde nadie tenga el derecho de “meternos mano” solamente porque somos mujeres.
Desde mi perspectiva la marcha, y las historias que la han acompañado con el hashtag, han sido una catarsis social que más que segregar, nos ha unido. Todas hemos sido víctimas del machismo, muchos de los hombres de nuestras vidas abrieron los ojos a esta violencia que vivimos a diario desde que somos niñas y que quizá no habían dimensionado. Muchos lo veían como algo lejano, algo que no le pasa a su novia, a su hermana o a su compañera de oficina. El movimiento ha logrado abrir los ojos, poner el tema sobre la mesa, iniciar la conversación con datos, con historias.
Finalmente, al leer las miles de historias muchos se dieron cuenta de que no eran cuentos, no eran exageraciones, no somos “una bola de viejas histéricas”. Y muchas se dieron cuenta de que no estaban solas y de que no tenían por qué seguir callando. Sobre todo, muchas nos dimos cuenta de que callar significa seguir abonando en esta cultura que culpa a las víctimas de la violencia que sufren.
Hemos comprendido que si bien no todos los hombres nos violentan, sí todas hemos sufrido esa violencia.
La lectura de las historias es desgarradora, pero más es la edad de todas las mujeres.
Catalina Ruiz-Navarro, quien convocó a la narración de #MiPrimerAcoso, dice que calcula que la edad promedio de las mujeres que compartimos historias ronda los 7 años.
¡En promedio las niñas mexicanas de 7 años ya han sufrido algún tipo de violencia por ser mujeres!
Esto me lleva a la historia de Ángela.
Una historia que me tiene el corazón roto, y que fue una de las razones por las que marché el domingo.

El pasado 25 de abril, después de que su cuerpo pasara un año en el forense del TSJDF, Ángela fue sepultada.
Hace un año, su cuerpo de aproximadamente 2 años de edad fue encontrado en la Zona Rosa, metido en una maleta. La niña murió como resultado de golpes que recibió tanto en el cuerpo, como en la cabeza. Además, los médicos concluyeron que Ángela había sufrido abuso sexual. A sus dos años, Ángela ya había sido una víctima más de la violencia de género.
La tragedia no concluye ahí, el cuerpo de Ángela no fue reclamado durante los más de 12 meses que permaneció en espera de sus familiares en la morgue. Nadie perdió una chiquita de 2 años. NADIE. No hubo familia que la echara de menos.
El Presidente del TSJDF puso empeño en localizar a los familiares de la niña, ¿quizá sus mismos agresores?, inclusive fue quien la nombró “Ángela” para que dejara de ser “la niña de la maleta”. Durante un año, personal del Tribunal se dio a la tarea de localizar a la niña en las listas de niños extraviados en todo el país, así como en delegaciones diplomáticas. Se envió a muchos lados su foto, y la información sobre su ADN. Sin éxito.
Ángela no solamente sufrió violencia feminicida a su cortísima edad, sino que además estaba sola.
La investigación por el homicidio y abuso de Ángela sigue abierta y por esta razón comparto su foto.
El cuerpo de Ángela fue reclamado por el propio Presidente del Tribunal, Edgar Elías, para darle una digna sepultura en el Memorial de Naucalpan y que no fuera enterrado en una fosa común, lugar donde son depositados los cuerpos no identificados ni reclamados.
Se puso como fecha límite el 25 de abril, día que se conmemora el día internacional de la lucha contra el maltrato infantil. Ese día Ángela, acompañada por magistrados y personal del Tribunal fue velada y sepultada entre rosas blancas y crisantemos.

Ángela se convierte en el símbolo de lo que no queremos como humanidad. Una humanidad que viola y mata niñas, una humanidad que no echa de menos a una niña de dos años, una humanidad que tortura, que usa y abusa del cuerpo de una niña como si fuese desechable, una humanidad que la abandona en la calle, adentro de una maleta.
Afortunadamente, el TSJDF mostró otra cara de lo que somos capaces los seres humanos, una humanidad que más allá de regulaciones institucionales es capaz de honrar la corta vida de una niña, una humanidad que es capaz de acompañar a Ángela y llenarla del cariño que aparentemente nunca tuvo, y de un adiós digno.
Al menos ahora Ángela descansa en paz.
Para honrar a Ángela comparto lo que podría haber sido su tuit:
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@SoyÁngela #MiPrimerAcoso Tengo 2 años, me torturaron y abusaron sexualmente de mí. Me abandonaron en una maleta. Nadie reclamó mi cuerpo.
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Los índices de violencia infantil en México son verdaderamente alarmantes. Aquí dejo algunas cifras para que reflexionemos. Ya basta.