<i>Amour</i>, vejez y soledad

Mayra Zepeda · 26 de enero de 2013

<i>Amour</i>, vejez y soledad

2012, LOVE; AMOUR

 

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En la sala de cine sólo se escuchaba un llanto ahogado. De pronto se sonaba la nariz con la incomodidad de alguien que se siente solo llorando. En la pantalla se proyectaba Amour del director austriaco Michael Haneke.

Ella salió del cine sin poder hablar. No comprendía por qué había gente que podía abandonar la sala hablando de cualquier cosa menos del filme.

¿Por qué salían normales, felices, después de haber visto semejante película, muestra de lo inexorable del tiempo, la vejez y la muerte?

Amour le despertó uno de sus monstruos y le hizo recordar lo que el escritor israelí Amos Oz dice en las primeras páginas de Una historia de amor y oscuridad: “el espacio que el buen lector prefiere labrar durante la lectura de una obra literaria no es el terreno que está entre lo escrito y el escritor, sino el que está entre lo escrito y tú mismo”.

Lo que hizo Haneke con Amour fue obligarla a mirarse en la vejez, envidiar la relación de Georges y Anne –una pareja de profesores de música clásica, de más de 80 años de edad, independientes- y terminar por entender que nunca nada está dicho, que la vida puede dar malas sorpresas y hacerte actuar como nunca lo hubieras hecho en circunstancias regulares porque todo hombre tiene un monstruo que espera las circunstancias perfectas para salir disparado.

Amour también le hizo preguntarse por el futuro. Ahí estaban Georges y Anne, escuchando música, cenando juntos, platicando y lavando los trastes en tiempo de bonanza; después, juntos en la enfermedad, uno cuidando del otro, procurándole comida, pequeñas caminatas, historias a lado de la cama…

Ahí están su mamá y su papá, quienes como Georges y Anne se cuidan. Primero fue papá y sus ojos. Ahí estuvo mamá siempre, con las gotas a tiempo, con la cena en la cama. Después fue su turno de padecer vértigo recurrente y entonces fue papá quien la levantó de la cama, la bañó, la llevó al doctor, le dio sus medicinas y la llevó a pasear para que volviera a tomar confianza en sus piernas, en su equilibrio.

Las preguntas que inevitablemente llegaron: ¿quiere que la cuiden cuando envejezca?, ¿quién quiere que la cuide?, ¿a quién quiere cuidar?, ¿está dispuesta a pasar la vejez sola?, y si sí, ¿cómo manejaría una situación como la que plantea Haneke en Amour? Es decir, no tendría a su Georges para que la procurara y para ese entonces sus padres ya habrán muerto y sus hermanos quién sabe.

La idea de pasar una vejez en soledad, aterra. Darse cuenta de ello es aceptar que llegará un momento en que nuestro cuerpo estará imposibilitado para seguir adelante y que entonces, sólo entonces (no cuando la lozanía todavía nos habita), se hará doblemente necesaria la ayuda y el amor incondicional de alguien.

Cuando vayas a ver Amour (o si ya tuviste la fortuna de verla) te recomiendo que hagas esto que propone Amos Oz:

“En lugar de preguntar: Cuándo Dostoievski era estudiante, ¿de verdad asesinó y robó a ancianas viudas? Prueba tú, lector, a ponerte en el lugar de Raskolnikov para sentir en tus carnes el terror, la desesperación y la perniciosa miseria mezclada con arrogancia napoleónica, el delirio de grandeza, la fiebre del hambre, la soledad, el deseo, el cansancio y la añoranza de la muerte, para hacer una comparación (cuyo resultado quedará en secreto) no entre el personaje y del relato y los distintos escándalos de la vida del escritor, sino entre el personaje del relato y tu yo secreto, peligroso, desdichado, loco y criminal, esa terrible criatura que encierras siempre en lo más profundo de tu mazmorra más oscura para que nadie pueda adivinar jamás la esencia de tu existencia, ni tus padres, ni tus seres queridos, no sea que se aparten de ti con espanto igual que se huye ante un monstruo”.

¿Qué harán si alguna vez se convierten en Georges o Anne?

¿Qué harán si no llegan a la vejez con un Georges o una Anne de la mano?

Su respuesta quedará en secreto.