Amor y depresión

Mayra Zepeda · 28 de febrero de 2014

Amor y depresión

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A ella, por hablar. A él, por escuchar.

 

La tercera vez que la idea de suicidarse se le metió en la cabeza surgió cuando le dieron trabajo en un laboratorio farmacéutico. Fue ahí que, después de dos meses de trabajar con una nueva pastilla, comenzó a robar una todos los días. Su objetivo era recolectar tantas para, cuando decidiera tomarlas, anular toda posibilidad de vivir. Le aterraba cometer un error y ser una de esas mujeres que atentan contra su vida y fallan. Las hospitalizan, las internan en un psiquiátrico y siguen con una pesada losa en la espalda. No. Ella quería morir y se aseguraría de lograrlo.

Lo había intentado todo, terapias psicológicas, psiquiátricas, ejercicio, pero al parecer las ganas de morir jamás habían desaparecido. Ni cuando se casó con Jaime ni cuando tuvo a su primer hijo.

Ella vivía con un secreto desde que tenía unos 6 o 7 años. Un secreto que compartió a ciertas personas que jamás le creyeron. Pero Jaime…Jaime le creyó. Fue él quien la animó a tomar terapia psicológica, a hablar sobre aquel trauma que le marcó la vida, a decirle a su padre lo que su medio hermano le había hecho.

Un día, Jaime regresó de trabajar y la encontró escondiendo un frasco grande debajo del fregadero. Se miraron. Con los ojos ella le reveló que algo andaba muy mal. Así fue como Jaime descubrió el frasco donde ella guardaba cada una de las pastillas que había robado del laboratorio farmacéutico. Ahí, sentados en el piso, ella le confesó el plan que le había comido la cabeza desde hacía varios meses.

A partir de ese día comenzaron las múltiples visitas a doctores, psiquiatras; la compra de antidepresivos; las largas pláticas sobre la vida y la muerte; la pérdida del deseo sexual; la pérdida de planes.

A Jaime le mataba el dolor de verla así, pero jamás se echó para atrás. Si me preguntan, puedo asegurar que Jaime fue una persona fundamental (y lo sigue siendo) para la recuperación de Tamara.

Jaime entendió, como nadie, que la lucha de Tamara era exclusivamente de ella; entendió con especial maestría que las expresiones como “no estés triste”, “échale ganas” y “seguro se te pasará pronto, ya verás” puede romperle las pelotas a cualquiera que esté en depresión; entendió la importancia de escuchar las historias.

Jaime podría tener muchos defectos, pero una de sus mayores virtudes es que sabe escuchar sin fabricar juicios, sabe preguntar y retar para que obtengas respuestas.

Escuchar. La importancia de realmente escuchar. En octubre de 2012, Andrew Lawes escribió precisamente sobre este tema en The Goodmen Project. ¿Qué hacer cuando le diagnostican depresión a tu pareja, a tu hermano, a tu madre?

Lawes tiene razón, lo he vivido: cuando tu pareja está en depresión una de nuestras primeras reacciones es intentar “arreglarlos”. Lo único que podemos, y debemos hacer, es escucharlos, dice. Andrew sabe de lo que habla. Cuando tuvo un breakdown emocional  que casi lo deja fuera de la jugada todos hablaron, opinaron, aconsejaron, pero “nadie realmente escuchó”.

You will never be able to lead someone out of the dark tunnel, all you can do is stay in the tunnel with them until they feel strong enough to lead themselves out.

Y aquí es pertinente hacer una advertencia: cuidado con hacer de su túnel, el tuyo. Jaime no lo hizo, nunca lo ha hecho, por eso sigue con Tamara (y porque la ama, por supuesto). Ésta es una de las experiencias más dolorosas que se pueden vivir. Intentas “arreglarlo”. Fallas. Fallas y tiempo después eres tú el que está en el maldito túnel.

La Secretaría de Salud ya considera la depresión como un problema de salud pública que afecta a entre 12 y 20% de la población entre 18 y 65 años de edad.

Un estudio de la organización Voz Pro Salud Mental reveló que las mujeres sufren casi el doble de depresión en comparación con los hombres, según los diagnósticos, por supuesto.

Nunca nadie sabrá sobre los casos silenciosos.

Hablemos.