Amor y amistad para los árboles

Daniel Gershenson · 14 de febrero de 2011

Amor y amistad para los árboles

Todo comenzó con los turibuses en Reforma: debió ser a principios de 2001 si la memoria no falla. Al cliente: en este caso, ADO, había que darle lo que quería. Si las inmensas ramas de los árboles gigantes que se encontraban en la ruta original -en su mayoría, Fresnos- tenían que ser amputadas para que pasaran los camiones sin que ningún turista despistado sufriera el más mínimo topetazo, ni remedio. Había que acabar con ese riesgo. Que esto implicaba deformar a esos emblemas vivos de la ciudad, no era un problema que incomodaba a las autoridades recién llegadas. Ya no eran épocas de pensar en lo bonito: para eso estaban los museos y en todo caso la publicidad. Quizá se pensó (falsamente) en que lo ético y lo estético debían contraponerse, en detrimento de este último valor. La ciudad requería inversiones vistosas. Había que cederla a los que sí saben.

El hermoso ‘arco’ natural, o dosel urbano que caracterizó durante décadas a esta avenida emblemática ahora era visto como una excrescencia. Algunos periódicos se atrevieron a sugerir que a los ‘técnicos’ que despejaron los fustes más de la cuenta se les había pasado la mano. La noticia, lamentablemente, pasó casi desapercibida. Fue el inicio de un conflicto por el corazón, la esencia y el alma del DF que no va a acabar hasta que nuestras áreas verdes consolidadas se vuelvan cosa del pasado. Si lo seguimos permitendo, claro.

La avalancha creció y fue avanzando en círculos concéntricos a ritmos enajenantes. Se manifestaba en distintas partes de la ciudad y el resto del país en todo caso. Los árboles perdían importancia y peso específico. Los funcionarios encargados, y sus facilitadores y publicistas alegaban que existían demasiados y eran un grave peligro. Estaban plagados casi todos según sus cálculos marcianos, y además estorbaban la visibilidad. Eran, por así decirlo, redundantes.

Los nuevos ordenamientos decretados para cuatro delegaciones centrales de la capital permitían la construcción de edificios, algunos de los cuales sustituirían inmuebles catalogados y de valor histórico irrepetible.. Joyas arquitectónicas que podrían haberse adaptado a las nuevas construcciones, muchas de las cuales eran verdaderos esperpentos urbanos. En esas casas –que pronto se irían derribando convenientemente, sin que ninguna autoridad se esforzara en salvarlas- también podía uno encontrar árboles bellos, útiles, enormes y perfectamente sanos pero susceptibles de ser derribados sin misericordia en cualquier momento y a la menor provocación.

Para mí la gota que derramó el vaso, fue el plan de ‘rescate’ del bosque de Chapultepec. Mal concebido y peor implementado, dejó en manos de Mario Schjetnan: un ‘arquitecto del paisaje’, el destino de grandes especies que nunca debieron haber sido sacrificadas. A su principal promotora Marinela Servitje, heredera de la fortuna Bimbo y directora del Museo del Papalote; se le ocurrió declarar ante los medios que técnicos de Central Park participarían en los trabajos. Un simple telefonazo a Nueva York desmintió la versión y prefiguró lo que vendría. Una simulación hecha para salir en los medios,. La herencia de los proyectos faraónicos de siempre, con pérdidas netas de biomasa pero políticamente correcta..La masacre indiscriminada de árboles y transformación de un bosque urbano en área pésimamente jardinada y sin ningún mantenimiento.

El espantoso aullido de las motosierras anunció y llevó a cabo la sentencia inapelable un fin de semana de enero, en 2005, y varias semanas siguientes. De nada sirvieron las súplicas y peticiones de decenas de vecinos: las peticiones para que se mostraran los permisos correspondientes y llamadas infructuosas a patrullas que prefirienon elegir otras rutas. Con celeridad pasmosa, cientos de leñadores espontáneos y sin supervisión alguna acabaron con más de la mitad del arbolado en parque Gandhi, y otras zonas estratégicas. Se mandó publicar un desplegado en el periódico Reforma, solicitando audiencia en las oficinas del Bosque y la suspensión temporal de los trabajos en tanto un grupo de especialistas externos valorara la pertinencia y alcances de la ‘operación’. Fuimos enterad@s que la decisión estaba tomada y que no había nada que hacer al respecto. Todo saldría muy bien: nuestras preocupaciones eran infundadas.

Como se puede constatar, la historia se repite en éste y otros ámbitos como el de la Supervía. La ciudad se convirtió en un botín de intereses mezquinos y venalidades exponenciadas. Siempre lo ha sido, pero ahora la asfixian constructores y empresas multimillonarias que invaden cada vez más espacio público sin perdir permiso, y menos perdón. Un tsunami especulativo que fue mermando las capacidades y paciencia de grupos ciudadanos que nunca encontraron el apoyo de gobiernos indiferentes o cómplices.

El círculo se iba cerrando en mi barrio o colonia, hasta que el aviso definitivo llegó, literalmente, a tiro de piedra de mi casa. He vivido en el mismo lugar desde los ocho años. Frente al departamento de mi familia, se erguía una casa viejísima que de la noche a la mañana fue demolida y habilitada para que iniciara una obra que iba a prescindir de varios árboles prodigiosos (de unos setenta u ochenta años de edad). Todo, en aras del falso utilitarismo de viviendas baratas y mal acabadas pero muy redituable para los promotores disfrazados de arquitectos que acometerían la tarea.

Los permisos para derribo y reposición de área verde (miles de arrayanes y pasto, a entregarse en los viveros de la delegación Miguel Hidalgo) ya estaban otorgados. Con muchos trabajos, pude conseguir el dato de los inversionistas y constructores. Había crecido con esos árboles. Quería platicar con los responsables. Tratar de rescatar esos baluartes ecológicos, o en su defecto tratar de sacarlos intactos de su lugar de origen. Colocarlos en sitios públicos. Evitar esas pérdidas irreparables. Salvar algunas especies emblemáticas, que se estaban tirando tan irresponsablemente a unos cuantos metros de distancia, en pleno Chapultepec. Sin ponderar las dimensiones trágicas del ultraje que ha seguido manifestándose en toda la República Mexicana.

La historia es larga y no ha terminado, pero en esa ocasión tuve suerte y pude contactar a los constructores. Resultaron ser conocidos míos, y más por vergüenza que solidaridad, accedieron a que se intentara un transplante con grúa, plataforma y personal especializado. Su apoyo se limitó a dejar que se extrajera una Palmera canaria, y todos los costos corrieron por cuenta de amigos y vecinos que se animaron a participar en el experimento. Contratamos al arborista que se encargó de ésta, y varias maniobras subsiguientes: un yaqui tenaz y taciturno, que terminó dejándome ‘colgado de la brocha’ en otros compromisos cuando asumió un trabajo en el extranjero u otro estado de la República: nunca supe con certeza. Para entonces, ya había formado una Asociación Civil sin afanes de lucro. Se llama ALARBO. La constituimos, un grupo de personas que compartían inquietudes y afectos, para tratar de rescatar Árboles Patrimoniales en peligro inminente de ser cortados de maneras legales o clandestinas. También, para tratar de educar a autoridades, iniciativa privada y los habitantes de la ciudad en la imperiosa necesidad de preservar la integridad de nuestros jardines, parques, bosques, camellones…por los resultados no sé qué tan fructífera haya sido la lucha, pero urge seguirla dando.

Convencí a los dueños del terreno que los departamentos terminados aumentarían de valor si otro de los árboles que pensaban eliminar (un Fresno inconmensurable, de veinte metros de altura y una copa que abarcaba la tercera parte de la propiedad) se incorporaba al diseño general del proyecto. Quién sabe por qué motivos, pero de milagro me hicieron caso. No deben haberse arrepentido, porque el árbol constituye una excepción en el diseño de este tipo de edificios: un añadido descomunal e impresionante, que sin duda incrementó el precio de las propiedades vendidas.

La Palmera fue ubicada justo enfrente del condominio, y puedo seguir observándola todos los días. Otros árboles gigantes, en distintas partes de esta ciudad, han sido reubicados desde entonces. Cuando fui chamaco (hace tantos años, que ya ni me acuerdo), era incapaz de imaginarme que en el futuro de esta ciudad que amo tanto, los árboles se transformarían en tumores extirpables y que los ‘matasanos urbanos’ –políticos, especuladores, burócratas, empresas- emplearían tanta saña en erradicarlos. Por eso vale la pena recordar y evitar su anulación de nuestras coordenadas mentales o físicas. Porque de lo contrario, triunfarán las guadañas y su devastador oportunismo.