blogeditor · 22 de febrero de 2016
WhatsApp ha superando ya la barrera de los 1.000 millones de usuarios. En la actualidad se puede mantener una relación con la pareja prácticamente en cualquier momento o lugar (basta que haya cobertura de internet y un celular). Esta aplicación ha dado lugar a muchas polémicas. Su función del doble check, es decir la aparición de dos palomitas azules después del envío de un texto, ha sido objeto de una infinidad de problemas.
Son sólo tres puntos los que nos separan de la locura total, los tres suspensivos que señalan que, al otro lado, alguien nos está “escribiendo…”. Esos interminables segundos de incertidumbre nos pueden convertir en un ser vuelto loco y, por lo visto, también engañado. Un estudio realizado por investigadores de las universidades estadounidenses de Arizona, Nebraska y Brigham concluye que, cuando alguien está demasiado tiempo elaborando un mensaje por medios digitales, es probable que el contenido de éste esté plagado de mentiras.
Pienso que pertenecemos a esa generación donde el WhatsApp representa hoy el medio más eficaz para mantener relaciones extramaritales o de infidelidad entre amantes, pero al final del día igual hay que mirarse a la cara y para tener un encuentro sexual aún es necesario el contacto físico. Nos ha tocado ver cómo a través de las redes sociales se incrementan conductas como los mecanismos de control hacia la pareja, conductas que se aceptan como pruebas de amor romántico.
Una historia
La entrada de la oficina, poner el saco en la punta del perchero. Presionar el botón del encendido de la computadora. Sacar los anteojos del estuche. Desplegar las patitas hacia los dos extremos. Dejarlos descansar entre mis orejas. Detenerme doce segundos en mi cabellera colocando la liga para hacer un chongo. Esperar el ruidito del celular para saber si se acordó de decirme buenos días. Sin que se note. Contener mi corazón que se acongoja, no hay mensaje.
Dar diez pasos hacia la cocina. Presionar la manija hacia abajo y hacia arriba. Estirar las piernas para alcanzar la tasa en lo alto del anaquel. Los muebles nuevos que relucen. Extender el brazo para abrir el cajón donde guardan las cucharitas de plástico. Poner dos cucharadas de café. Presionar el botoncito del contenedor de agua. Mirar el humo que emana de mi taza. Una cucharada de azúcar blanca que comienza a perder su identidad adquiriendo un color marrón. Girar hacia los lados sobre las ruedas que sostienen mi silla. Ctrol Alt Supr. Mi contraseña. Las máquinas piden letras y números iguales cada mañana. Click Click. El mouse. Me estremezco con el primer sonidito del teléfono. En medio de todos los sonidos que hacen al mundo más tolerable ése ocupa un mayúsculo lugar.
En la lista de los que hacen que aborrezca este exhalar de mi garganta, el tututum del celular se lleva el primer puesto. Debería existir un mecanismo eficaz para silenciar ese artefacto y extinguir ese sonido para siempre. Pienso en los más comunes y eficaces. Pienso qué tan hostiles serían las consecuencias que ese acto tendría.
Nada de lo que tiene esa voz para decirme del otro lado del ciberespacio me preocupa. Todo lo que tenga él para decirme en cambio, me conmueve. Me enternece, por ejemplo, que use los nudillos de los dedos para discriminar los meses de treinta y treinta y un días, que diga que es disléxico solo para leer números. Me rindo ante las suyas. Su paciencia abominable. La mía siempre a punto de estrellarse contra la pantalla del iphone. La tensión en mis dientes achicharrándome el estómago cuando el error 456 brilla en verde en mi pantallita.
Comienzan a sonar las notificaciones de los grupos del WhatsApp. Los líquidos de café resbalándose de las tasas. La alfombra que se arruina. Los guiños de mi torpeza, resultado de mis eternas abstracciones. La locura de creer que la vida puede desmoronarse sobre la textura de una alfombra. La gente que insiste en hablar con una amiga que no soy yo. Mi preocupación porque no contesta mis mensajes, volviéndose mi prioridad entre todas las miles prioridades de una jornada de trabajo. Los mails. Las gracias. Los atentamente. Las disculpas. Los buenos días que son malos porque sigue sin contestar. La satisfacción de mi risa jactándose de mis ocurrencias. La urgencia de todos. La mía por disputarle la asignación de un sitio en su lista de posibilidades escasamente probables. Los días corrientes. Las determinaciones que jamás tomaría en su nombre.
Los mensajes de mis amigas siguen molestándome. El mundo allá afuera. El letargo adentro. Los caprichos sin sentido de los poderosos. Yo sonrojándome ante los halagos infantiles que me escriben en el Instagram, previsibles frases de ocasión en bloque. “Qué guapa, amiga”. “¿Te cortaste el cabello?”. Otra vez el chirrido del WhatsApp interrumpiendo los cantos del silencio. La impresora que se atasca tan de prisa como mis pensamientos. Las máquinas que el hombre construye para sentirse a salvo. La desdicha anticipada de intuir que es inútil fantasear que la carita que manda un beso corresponde a su boca carnosa. Y yo con mis mensajes, regodeándome en mis minúsculos fracasos por conquistar su atención, con mi ejército de cabos sueltos, con los números desvalijando mi creatividad, con una inexistente capacidad de disimulo que igual insisto en hacer visible, con la fábula de mis delirios quijotescos.
Yo con los fastidios, los deseos en combustión, el esqueleto dando saltos, las rebeldías enquistadas, todo mi conjunto de fundamentos, un caudal de teorías acurrucado por ocho horas, con las muecas esperando en los bolsillos, con todo mi yo esperando siempre por el ruidito de la notificación del WhatsApp, solo para atropellar el mundo.
Lunes de pánico y locura en busca de sensaciones fuertes. Mi mejor amiga me dio un consejo por WhatsApp: “la depresión genera libido, canalízala como corresponde”.
Chequen este cortometraje, creo que quedó corto ¿o no?