Redacción Animal Político · 20 de marzo de 2024
Para Ixquic, Kuma, Chucho y Dulce.
El amor por los perros lo heredé de mi padre. En casa siempre tuvo cabida un perro. El primer recuerdo infantil que atesoro es la foto que encabezaba la primera página de nuestro ya perdido álbum familiar: la imagen deslavada de Lobo, el pastor alemán de mi padre. Lobo antes que la foto de la boda de mis padres, cómo tiene que ser. Viejas leyendas cuentan que, desde que los lobos menos agresivos comenzaron a vivir en asentamientos, se formó un poderoso vínculo entre los humanos y los caninos, que permanece invicto hasta nuestros días. La fascinación ha sido mutua por miles de años. Una notable característica de los perros es que son de las contadas especies animales no xenófobas en términos generales, todo lo contrario: los canes son xenófilos. Su naturaleza hospitalaria los convierte en mejores criaturas que nosotros, humanos imperfectos. A diferencia de la forma en la que los humanos brindamos/condicionamos nuestro afecto, los perros nos aman sin juicios ni expectativas. Su conexión con nosotros es simple: su amor es absoluto, desprovisto de consecuencias ni rivalidad.
Quise muchísimo a todos los perros que adoptaron mis padres y mis hijos. Pero nunca elegí por mí misma un compañero canino. Todo cambió cuando conocí a Ixquic, la perra filosófica. Ixquic es la incomparable mascota de Xiomara, mi mejor amiga y desde que tuve la fortuna de dejarme abrazar por su afecto, le pedí que, si algún día decidía cruzarla, yo estaba en la lista para adoptar un cachorro. Tuve que esperar 5 años para que Ixquic decidiera regalar su virginidad a Micky, un perro que conoció casualmente en el Parque de las Américas. Amy nació hace seis años un cinco de noviembre. Estuve pendiente del parto y desde que la vi en la primera foto que le tomaron al nacer, supe que era perfecta para mí. De una camada de siete, nunca tuve dudas que la pequeña rata moteada con una corona en el lomo sería la compañera y heredera del amor más puro que soy capaz de dar. Mis hijos lo saben y aceptan con estoicismo: Amy es mi hija favorita, y elegirla como parte de la familia vino a corroborar que mi instinto se mantiene intacto para ciertos sectores en la línea de producción de mis afectos. No sólo heredó la belleza de su madre, también trajo consigo una capacidad de amar a extraños inaudita y generosa, así como una inteligencia envidia de la NASA. No hay miembro de la familia o amigos cercanos que no la ame y no hay persona con un gramo de alma que no sonría cuando realiza alguno de sus célebres actos circenses. Amy pudo pasar a la historia como la perra perfecta, pero no le alcanzó la tela. Tiene dos defectos que impiden su coronación internacional. El primero de ellos es su carácter medroso. Desprecia desproporcionadamente los espacios cerrados, la soledad, y al agua. Y el segundo: es una pésima madre.
El verano pasado hice maletas a Madrid, ciudad que se convertiría en el hogar definitivo para nuestra fragmentada familia; Amy nos acompañó en la travesía para que yo aprendiera a descubrir su inusitado talento para ejercer la maternidad de malas y sin tino.
Mitos griegos antiguos afirman que el destino de los bebés espartanos dependía de la perfección y fortaleza que trajeran consigo al nacer y, aunque no existen registros contundentes que me convenzan de la imagen de griegos dejando morir a recién nacidos, según César Fornis, historiador especialista en la historia y mito de los espartanos, en la antigua Grecia los niños eran meticulosamente examinados y se les sometía a complejas pruebas que los calificara aptos para integrarse a la comunidad guerrera, porque de no calificar dentro del estándar eran abandonados o lanzados desde una colina para que murieran antes de consumir la perfección de su pueblo. Si los espartanos se erigieron como modelo de comportamiento social y evolutivo para un raudal de sociedades posteriores, ¿por qué nadie está aventando al Bordo de Xochiaca a sus hijos escuálidos, pendejos y con ojos bizcos? No tengo respuestas a mis propias preguntas, pero la reciente maternidad de Amy comenzó a germinar en mí la convicción que los putos griegos lo supieron todo y mejor que nosotros.
Fiel a la tradición materna, Amy le entregó su virginidad a un perro que conoció en la terraza de un bar, justo al lado del veterinario al que acudimos para esterilizarla. Durante los dos meses de gestación se comportó de manera normal y no presentó cambios significativos, excepto el zepelín en el que se convirtió su barriga. Llegado el momento del parto, descubrí que nada iría bien. La perra rechazó el nido que fabricamos para ella y a pesar del inminente momento de la expulsión, su cuerpo no cooperaba. Corrimos a urgencias para enterarnos que ella sería incapaz de parir por sí sola y nos indicaron que la única opción posible era la cesárea. Accedimos sin dudar a la cirugía. Horas después nos entregaron a cinco cachorros, de los que se distinguían dos: el primero y el último en nacer. De acuerdo a los veterinarios, el primer perro suele representar la mayor fortaleza e inteligencia de la camada, mientras que el último lleva el gorro del tonto de la familia. Y pues sí, qué les puedo decir. Sancho obtuvo todos los dones helénicos, mientras que Mr. Spock jamás ganaría un certamen, excepto el del rey feo del Carnaval de Veracruz. Es la verdad.
Lo curioso es que yo aprendí a identificar las características de estos dos perros al mes de crianza compartida, pero Amy lo supo desde el día uno.
Es natural que las perras que son sometidas a cesárea y se pierden por completo el proceso del parto, no desarrollen inmediatamente apego a sus cachorros. Algunas incluso los rechazan por completo, o los agreden a niveles fatales; y lo anterior es atribuible a la nula segregación de las hormonas del parto, o como se le conoce a la oxitocina: explosión química de amor y felicidad.
La pobre perra se vio de la noche a la mañana en la necesidad de alimentar a cinco fieras insaciables que no tenía peregrina idea de dónde habían salido. Etólogos podrán decirme todo un tratado que contradiga estas líneas, porque es sabido que las perras conectan con su maternidad antes del parto. Pero esas perras no tienen el gusto de conocer a Amy, ni la aconsejaron para atender como es debido a lo que venía creciendo en su interior. No le hizo gracia alguna amamantar, y si alguno se prendía con mayor fruición que el resto, lo apartaba y lo aventaba con sus fauces al otro lado del camastro que adaptamos como paridero. Tuvimos que comprar leche especial, biberones y ocuparnos día y noche de la alimentación de unos pequeños que no hacían otra cosa más que llorar de hambre.
Pero nada nos preparó para el profundo rechazo que ejerció Amy sobre Mr. Spock, el más tonto de sus hijos. Ojalá su rechazo se hubiera limitado a las labores de alimentación. Amy quería a Spock muerto a toda costa, y aprovechaba cualquier momento de despiste para tomarlo con sus fauces por el cuello y llevarlo a enterrar. Existe una escena memorable en la cinta de Drácula, de Francis Ford Coppola, en la que los locos de Dios esperan agazapados el retorno de Lucy Westenra a su mausoleo para clavarle una estaca al corazón. En esta escena, Abraham Van Helsing (Antony Hopkinks) corta el camino de la vampirizada Lucy (Sadie Frost) con un crucifijo en la mano. Lucy voltea, y al descubrir a la pandilla de mata vampiros, suelta en el aire a una niña pequeña que se estrella en el frío mármol. Bueno, pues Amy y un recién nacido Spock representaron ese número tres veces. Tres veces fue descubierta con el perro en el hocico con rumbo conocido: el jardín. En verdad temíamos muchísimo por la supervivencia de ese perro que, si no le tocó la carta de la tontera con la genética, se lo estaba ganando a pulso a fuerza de golpes en la cabeza cuando Amy lo dejaba caer al suelo para que rebotara como pelota de basket ball. Del primogénito Sancho tampoco podríamos decir que gozara de afectos especiales o deferencias maternas. También era enviado a volar -literal- si chupaba demasiado fuerte, o era mordido si no recitaba el himno a la bandera, cuando el pobre aún no abría los ojos. Amy no tenía piedad con él, ni con los otros tres, quienes gozaban del privilegio de una absoluta y bendita desatención. La actividad favorita de mi perra era subirse al reposet que se encuentra al costado del camastro de los cachorros y colocarse en posición de esfinge con las orejas en modo ataque, mientras los miraba como a la presa a punto de destrozar la yugular. Podía permanecer en ese lugar durante horas con el propósito de observar a sus cachorros moverse y llorar desesperados por un poco de calor, afecto o alimento. Con mi perra aprendí que con una madre tirana, la mejor de las bendiciones es cuando eres ignorado e invisible.
Al momento de escribir estas líneas los cachorros han cumplido un año y su momento de separarse de su madre llegó con una ráfaga de dolor en el pecho para todos. Todos tienen una familia y hogar que los cuidarán con el amor que merecen, excepto dos: el primogénito y el tonto. Ambos quedarán bajo mi cuidado, para desgracia de la perra que los parió. Pero no lo hago por maldad, al contrario. Spock demostró fuerza y carácter para sobrevivir. Hacerlo aprender a beber leche del biberón me costó lágrimas de frustración. Abrió los ojos antes que nadie, tiene la mecha corta y sus brincos del sillón al infinito lo convierten en un potencial perro cirquero. En esta familia amamos mucho a Spock porque aprendió a ganarse el amor de su madre a fuerza de carácter y de poner a raya a las bestias que lo acompañaron al nacer mordiendo, gruñendo y amenazando. Suponemos que finalmente se ganó su amor a fuerza de demostrarle que sobrevivir contra corriente es de dragones. Y el pequeño Spock lo es.
El tiempo y el amor por la jauría me han enseñado a detestar los cumpleaños de cualquier perro, propio o ajeno. Pero sobre todo, el de Amy, porque sé que cada año es una resta. Duerme más que antes, y gruñe cuando se le intenta sacar a pasear en la mañana, cuando de pequeña, el paseo matutino era su navidad y día de reyes. Le veo esa carita otrora llena de color, para descubrir una pelusa blanca que comienza a tomar plaza de la pigmentación de su cabeza y se me quiebra el corazón. Observo con tristeza sus dificultades para alcanzar los muebles con una falta de agilidad y creciente torpeza; sé lo que se avecina en poquísimos años y lloro como la niña que fui. Le he pedido perdón tantas veces al verla enferma, o aquella vez que se le complicó la herida de la césarea, porque merezco la cárcel por cada día que mi perra subra una maldita hora a causa mía o del mal tiempo. Para la familia, Amy, nuestra madre de dragones, es prioridad absoluta para cualquier necesidad, trabajamos muy duro para convertir sus días especiales, porque vamos contra reloj, y porque el día que se vaya, mi corazón perderá su paraguas contra el mal tiempo del alma. De alguna manera sé que me sentiré profundamente traicionada con su partida, por dejarme sin sus orejas que tienen vida propia y que me enseñaron a conocer más del amor incondicional y la compasión, que la mitad de la humanidad, incluida mi numerosa familia.
Disculpen ustedes que me retire apresuradamente, pero hoy hay festejo triple en casa, y es el único que vale la pena celebrar una vez, y pedir el imposible deseo de congelar el tiempo por los años que nos queden por habitar la tierra. Feliz cumpleaños a la jauría de mamá.