AMLO, ¿el dictador?

blogeditor · 22 de octubre de 2020

AMLO, ¿el dictador?

El presidente tiene un cerco informativo sesgado por el deseo de complacencia y reconocimiento. “Vamos bien”, reza el proverbio mañanero que recita al pueblo mexicano, mientras el incendio social se vive en lo económico, lo sanitario, en la inseguridad que sigue creciendo, en la incapacidad de combatir la corrupción y en el descontento de los sectores científicos, académicos, artísticos, de defensores de derechos humanos, de organizaciones medioambientales y de muchos más. Mientras el presidente recita el mantra mañanero, ninguno de los funcionarios públicos cercanos de la oficina de la presidencia de la República ni de su gabinete se atreven a contradecirlo. Esa vanagloria sólo se la han ganado los grandes dictadores de la historia: Stalin, Hitler, Mao, Pol Pot o Trujillo.

Estos personajes privilegiaban, sobre todo, la lealtad, la disciplina y la obediencia a la autoridad, mientras que utilizan el miedo y el temor con sus adversarios. Quien no se alinea a la autoridad que marca el mandamás, se enfrenta, en el mejor de los escenarios, a recortes o controles presupuestales o pérdida de confianza y, en el peor, al ostracismo, a la confrontación directa y al uso de la estructura y los poderes del Estado en su contra. Acumular el poder por el poder es tan grave como la acumulación obscena de riqueza: ambas reflejan y profundizan la desigualdad y la corrupción de nuestro país.

Andrés Manuel acumula poder casi por deporte. Entre más, mejor. El cerco informativo es reflejo de ello. Quien lo contradiga, cuidado. ¿Estás en favor o en contra de la cuarta transformación? Léase ¿estás conmigo o contra mi? La tergiversación informativa la escucha de subalternos que ya han perdido toda dignidad política al contradecir al presidente y después autocorregirse porque “el Presidente tiene razón”. Como ejemplos basta mencionar al subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, Hugo López Gatell, con una cantidad absurda de contradicciones en el manejo de la pandemia; o a la titular de Conacyt, María Elena Álvarez-Buylla, justificando la eliminación de los fideicomisos para la ciencia, la tecnología, el cine, el arte, la defensa de periodistas y activistas de derechos humanos, el cambio climático y otros más. Estos ejemplos sobran en la vocería de la presidencia y en todas las Secretarías de Estado, pero reflejan con claridad la disciplina y la lealtad.

El otro lado de la moneda es más peligroso. Gobernar con el temor y el miedo siembra rencores, odio y división. Los gobiernos estatales y municipales temen ya no a perder privilegios sino a perder presupuesto y, por tanto, capacidad de gestión para resolver problemas públicos locales y garantizar la gobernabilidad de sus propios territorios. Los interlocutores de otros poderes o sectores temen ser flanco de un escarnio social sólo disentir, sin otro fundamento más que el ser adversarios. Ha logrado alinear a la mayoría del Congreso y presionar a los dos máximos tribunales constitucionales de nuestro país, la Suprema Corte de Justicia de la Nación y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. El presidente ha atacado a personas de la academia, a organizaciones de la sociedad civil, a representantes de organizaciones, a medios de comunicación, a periodistas, a defensores de derechos humanos, a integrantes de instituciones autónomas, a empresarios, a partidos políticos y hasta a personajes de su mismo partido político.

Vivir a expensas de los humores del presidente lo acercan más a los grandes dictadores de la historia que a los grandes demócratas reformadores. Dirigir ataques a periodistas, tuiteros o chefs por petición de tu esposa y dedicarles tiempo de discusión en la máxima tribuna de comunicación del país, parece tan absurdo como no usar tapabocas -ni por equivocación- en medio de la pandemia más fuerte de los últimos 100 años.

¿Hay alguna alternativa? Sí; la respuesta es sí. Tenemos que prender todas las alertas ahora y articular una propuesta política viable que le quite peso institucional al presidente en el Congreso de la Unión y en los gobiernos y congresos estatales. El mejor mecanismo para lograrlo por vías institucionales es el voto en 2021. Que las urnas nos demuestren que es posible recuperar y reconstruir las instituciones perdidas y que los valores de pluralidad, diálogo, igualdad, fraternidad y honestidad se imponen a los de lealtad, disciplina y miedo.

@luisffernandez