Joel Aguirre · 9 de septiembre de 2026
Por Fernanda de Blas López*
Hay preguntas que aparecen cuando una etapa de la vida que imaginamos de una manera comienza a tomar una forma diferente. Durante mucho tiempo pensé que mi incomodidad con la soltería tenía que ver con no tener una pareja; con la ausencia de alguien con quien compartir planes, rutinas o proyectos. Sin embargo, con el tiempo entendí que quizás el problema no era la falta de una relación romántica, sino una sensación más profunda: la de no ser prioridad para ninguno de mis vínculos. Y esa diferencia importa, porque una cosa es desear compartir la vida con alguien desde el amor y la elección, y otra muy distinta es sentir que nuestra existencia ocupa siempre un lugar secundario en la vida de las personas a quienes nosotros sí elegimos poner en el centro.
Vivimos en una cultura que nos ha enseñado a organizar nuestros afectos en una especie de jerarquía donde primero está la pareja, después la familia, luego las amistades. La pareja es el espacio en el que se construyen proyectos, se hacen promesas, se habla de futuro. Las amistades, en cambio, suelen quedar atrapadas en una idea romántica, pero también problemática, ya que creemos que “los amigos están ahí para siempre”; como si la permanencia fuera suficiente; como si el cariño pudiera existir sin acuerdos; como si aquello que no se nombra no necesitara ser cuidado.
Pero una idea importante que debemos cuestionar es que los vínculos que consideramos “incondicionales” son precisamente aquellos a los que normalmente se proporciona menos compromiso.
Los enunciados “la familia siempre estará ahí” o “los amigos de verdad no necesitan verse para seguir siendo amigos” pueden sonar reconfortantes, pero también pueden convertirse en una excusa para no cultivar relaciones profundas, porque muchas veces damos por sentado aquello que más valoramos. Asumimos que quienes nos aman comprenderán nuestras ausencias, esperarán nuestros tiempos y estarán disponibles cuando finalmente tengamos espacio para ellos. Y quizás ahí hay una contradicción, pues exigimos presencia, comprensión y amor de esos vínculos, pero no siempre les ofrecemos la misma prioridad que sí buscamos recibir.
La ética también atraviesa la amistad, pues hablar de amistades éticas no significa convertir cada relación en un contrato rígido ni exigir que todas las personas cumplan exactamente las mismas expectativas. Significa reconocer que los vínculos importantes necesitan cuidado, conversación y responsabilidad; que elegir a alguien como parte de nuestra vida también implica construir espacios donde, desde la libertad, esa persona pueda sentirse elegida. Porque el amor hacia las amistades no solo se demuestra con grandes gestos, también aparece en la capacidad de hacer espacio; en preguntar qué necesita el otro; en pensar juntos el futuro; en sostener una promesa incluso cuando la vida cambia.
Hace poco, conversando con mis amigas, nos preguntamos qué pasaría si, en lugar de esperar que nuestra vida se organice alrededor de una pareja futura, comenzáramos a reconocer nuestras amistades como proyectos de vida legítimos, no como una alternativa cuando elegimos estar solteros, no como un “mientras tanto”, sino como una elección consciente. Esta posibilidad no es completamente nueva. La antropóloga Kath Weston¹ mostró, a partir del estudio de comunidades que construyen redes de apoyo más allá de los modelos familiares tradicionales, que las personas pueden construir formas de parentesco más allá de los vínculos biológicos o legales, mediante redes afectivas basadas en la elección, el cuidado y la reciprocidad.
Sabemos que la vida transforma los planes, podemos cambiar de trabajo, mudarnos de ciudad, enamorarnos, formar otras familias. Pero justamente por eso la pregunta es importante: ¿qué compromisos estamos dispuestas a construir para que nuestros vínculos sobrevivan a esos cambios? Porque la prioridad no siempre significa estar primero en todo. Significa saber que existe un lugar reservado para ti en la vida de algunos, y esa certeza también puede ser una forma de cuidado.
A veces pensamos que pedir más de nuestras amistades es exigir demasiado. Que hablar de necesidades afectivas con nuestros amigos puede sonar como reclamo, drama o una demanda injustificada. Hemos aprendido que las amistades deben ser ligeras, que no deben tener demasiadas expectativas, que hablar de lo que duele puede poner en riesgo el vínculo. Pero quizá lo que realmente pone en riesgo una relación de amistad es nunca hablar de aquello que necesitamos.
Hay amistades en las que, por circunstancias de la vida, empezamos a sentirnos desplazadas; personas que atraviesan procesos complejos, cambios importantes o nuevas prioridades, y es comprensible, ya que cada persona está viviendo su propia historia. Sin embargo, comprender las circunstancias del otro no significa dejar de reconocer nuestras propias necesidades.
También existe una responsabilidad hacia quienes nos acompañan. La idea de que “si me quieres, entenderás” puede funcionar en algunos momentos, pero llevada al extremo termina colocando toda la carga emocional en una sola persona, aquella que espera, quien comprende, la que está disponible.
La amistad también requiere reciprocidad. Tal vez necesitamos ampliar nuestra idea de familia, de hogar y de futuro. Tal vez necesitamos aceptar que no todas las personas que serán fundamentales en nuestra vida llegarán con una promesa romántica, un anillo o una estructura reconocida socialmente. Hay quienes construirán nuestra historia desde la amistad. Personas que estarán en nuestras decisiones, en nuestras crisis, en nuestros logros y en nuestra vejez. Personas con quienes compartiremos una vida, aunque no exista una etiqueta tradicional para nombrarlo. Reconocer esto no significa negar la importancia de las parejas, sino dejar de asumir que son el único espacio donde merecemos poner nuestros sueños. Porque quizá una de las preguntas más importantes que podemos hacernos es: ¿a quiénes estoy eligiendo para caminar conmigo? Y después de responderla, preguntarnos algo todavía más difícil: ¿estoy construyendo con esas personas el tipo de vínculo que espero recibir?
Las amistades éticas nacen precisamente de la decisión de no dar por sentado el amor que recibimos; de entender que la presencia también se acuerda; que el cuidado también se planea, y que la prioridad no debería ser un privilegio reservado únicamente para el amor romántico.
*Fernanda de Blas López es licenciada en Fisioterapia, especializada en Fisioterapia Neurológica; es maestra y doctora en Ciencias por la UNAM en el Programa de Maestría y Doctorado en Ciencias Médicas, Odontológicas y de la Salud, campo disciplinario en Bioética. Actualmente se desempeña como profesora de asignatura de la Facultad de Medicina de la UNAM y como investigadora y docente de tiempo completo de la Universidad de la Salud de la Ciudad de México.
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Referencias:
¹ Weston, K. Families we choose: Lesbians, gays, kinship. Columbia University Press, 1991.